POR KUKULCÁN
EN MÉXICO, el poder tiene una curiosa cualidad: una vez que se prueba, cuesta soltarlo, incluso cuando ya no existe. José Antonio Romero Tellaeche acaba de comprobarlo. Destituido como director del CIDE, con una comunidad académica celebrando su salida y una nueva directora interina designada, decidió hacer lo impensable: avisar por escrito que no se va. Como si la historia pudiera congelarse por decreto personal.
EL EPISODIO no es sólo un berrinche administrativo. Es el retrato fiel de cómo la ciencia mexicana se ha contaminado de las peores prácticas de la política: la negación de la realidad, la obsesión por el cargo y la idea de que la institución es una extensión del ego del dirigente. Si esto ocurriera en un partido político nadie se sorprendería; que suceda en un centro de investigación dice mucho del deterioro del ecosistema académico.
BAJO una nube de cuestionamientos sobre la legalidad de su nombramiento, Romero Tellaeche llegó al CIDE en 2021. Desde entonces, su gestión no logró normalizarse ni reconciliarse con la comunidad. Cuatro años después, su salida no sólo no genera duelo, sino alivio. Investigadores celebran públicamente, sindicatos reconocen a la nueva directora y especialistas hablan sin rodeos de daño institucional.
EL MENSAJE es brutalmente claro: el problema no era el CIDE, era su conducción.
Aun así, el exdirector insiste. Alega que no hay procedimiento legal para removerlo antes de tiempo, como si la legitimidad se redujera a un tecnicismo y no a la aceptación de la comunidad que se supone debe dirigir. Es el mismo argumento que utilizan los políticos cuando pierden respaldo, pero conservan el cargo: mientras no me saquen con policías, sigo aquí.
LA ACADÉMICA Alma Maldonado lo dijo sin rodeos: no le importa la institución. Y es difícil refutarla. Aferrarse al puesto frente a una comunidad que lo repudia, publicar documentos para justificar lo injustificable y prolongar el conflicto sólo confirma que el objetivo nunca fue fortalecer al CIDE, sino controlarlo.
DURANTE su administración, el CIDE dejó de ser lo que era: un think tank reconocido, con redes internacionales y peso en el diseño de políticas públicas. Más de 30 académicos de alto nivel se fueron. No por capricho, sino por desgaste, hostigamiento y pérdida de condiciones mínimas para hacer investigación. Eso no es una reestructura: es una desbandada.
EL SALDO incluye acusaciones de plagio académico —con un artículo retirado de El Trimestre Económico—, señalamientos de violencia de género y acoso laboral, órganos colegiados desmantelados, contrataciones sin perfil académico suficiente y derechos laborales erosionados. Todo bajo el paraguas discursivo de una supuesta “transformación” que, en los hechos, se pareció más a una toma hostil.
AQUÍ la comparación con la política es inevitable. Llegan con la bandera de la renovación moral, estigmatizan el pasado —“neoliberal”, “elitista”, “corrupto”— y una vez en el poder aplican manual de autoritarismo básico: concentran decisiones, eliminan contrapesos y colocan leales. La diferencia es que en la ciencia eso no sólo es reprobable, es letal.
El CIDE fue señalado desde Palacio Nacional como símbolo del neoliberalismo académico. El resultado fue su conversión en campo de batalla ideológica. Hoy, como advierte Maldonado, ya es objeto de estudios académicos sobre destrucción institucional bajo gobiernos populistas. No como ejemplo a seguir, sino como advertencia.
LA DESIGNACIÓN de Lucero Ibarra como directora interina abre una ventana, pero no garantiza nada. Reconstruir el CIDE no será un acto administrativo, sino un proceso largo y doloroso. Habrá que revisar cuentas, decisiones, nombramientos y daños colaterales. Habrá que recomponer confianzas y, sobre todo, reinstalar una idea olvidada: que la ciencia no se gobierna como partido ni se dirige como campaña.
EL SINDICATO ya tomó postura y reconoce a la nueva Dirección. La comunidad académica exige pasar la página. Sólo uno parece no haberse enterado de que el capítulo terminó. Quizá el problema de fondo es este: en México, incluso los científicos aprendieron a confundir liderazgo con permanencia y proyecto con control. Y cuando eso pasa, el conocimiento deja de avanzar. Se estanca. Como un director que ya fue destituido, pero insiste en quedarse.


