José Réyez
Que nadie se llame a engaño. El reciente informe del Departamento de Guerra de Estados Unidos no es un documento técnico; es una declaración de principios disfrazada de estrategia militar.
Y lo que revela no es sólo una hoja de ruta geopolítica, sino la radiografía de un imperio que ha dejado de disimular: la “paz mediante la fuerza” que promueve Donald Trump no es más que la fuerza sin la paz.
El documento describe a los adversarios tradicionales con un tono que oscila entre el desdén y la suficiencia. Menciona por su nombre tres territorios clave: el Canal de Panamá, Groenlandia y el Golfo de América (SIC).
No es retórica. No es hipérbole. Es una hoja de ruta. Y viene convalidada por operaciones militares reales: Operación Resolución Absoluta contra el régimen de Nicolás Maduro, Operación Martillo de Medianoche contra el programa nuclear iraní, Operación Rough Rider contra los hutíes en Yemen. El documento no sólo describe un mundo: celebra haberlo transformado por la fuerza.
Irán: “El Eje de la Resistencia está devastado”. El programa nuclear, destruido. Hezbolá y Hamás, “gravemente debilitados”. Los hutíes, forzados a pedir la paz.
Rusia: una amenaza “persistente pero controlable”. Su economía, eclipsada por la de Alemania. Su poder militar latente, muy por debajo del de la OTAN europea.
Corea del Norte: una amenaza para Corea del Sur y Japón, sí, pero crecientemente vulnerable.
No hay aquí la ansiedad existencial que dominaba los documentos de la Guerra Fría. Hay, más bien, la convicción de que estos adversarios han sido gestionados, contenidos, degradados. No derrotados del todo, pero sí neutralizados como amenazas estratégicas de primer orden.
El texto reconoce sin ambages que China es ya la segunda potencia mundial, que su poder crece y que su ejército se ha modernizado a una velocidad, escala y calidad históricas. Hasta ahí, un diagnóstico realista.
Pero lo que viene después es el giro tramposo: Estados Unidos no buscaría —dicen— dominar, humillar ni estrangular a China. Sólo quiere “establecer un equilibrio de poder” que garantice “una paz decente”. ¿Decente para quién?
Porque cuando uno blinda la Primera Cadena de Islas, presiona a sus aliados para que hagan “más por la defensa colectiva” y negocia “desde una posición de fuerza”, lo que está diseñando no es un equilibrio, es una jaula con candado estadounidense.
El documento habla de “disuasión, no confrontación”. Pero la disuasión armada hasta los dientes, sostenida sobre bases militares y flotas desplegadas en el patio trasero de China, no es una invitación al diálogo: es una amenaza permanente vestida de traje.
Es la misma lógica del “palo grande” de Roosevelt, pero sin la capacidad —o la voluntad— de hablar en voz baja. Y el resultado es previsible: una región que será campo de pruebas de la nueva Guerra Fría, con aliados convertidos en peones y un enemigo al que se le exige moderación mientras se le niega espacio.
Pero hay algo aún más inquietante: el trato a Europa y Rusia. Moscú es descrita como una amenaza “persistente pero controlable”. Una guerra en Ucrania que se minimiza, un arsenal nuclear que se menciona de pasada.
El mensaje es claro: Europa ya no es prioridad. La OTAN europea, se lee, “eclipsa a Rusia” y puede encargarse sola. Así, de un plumazo, Washington degrada el flanco oriental de la Alianza y traslada el centro de gravedad estratégico al Pacífico. Es el “Estados Unidos Primero” llevado a su extremo: ustedes defiéndanse, nosotros miramos a China.
Lo más grave, sin embargo, es lo que no dice. No hay ni una línea sobre diplomacia activa, sobre construcción de confianza, sobre mecanismos multilaterales que eviten el choque. Todo es disuasión, negación, equilibrio de fuerzas. La paz se mide en misiles, la estabilidad en portaaviones, las relaciones en tonelaje de acero desplegado. Es la visión de un mundo donde el diálogo es un adorno y la fuerza, la única lengua franca.
El informe del Departamento de Guerra —nombre que ya de por sí es toda una declaración de intenciones— no busca equilibrar, sino contener. Y al hacerlo, siembra en el Indo-Pacífico exactamente lo que dice querer evitar: confrontación, desconfianza y una carrera armamentista que nadie podrá controlar.
Estados Unidos, dice este documento, ya no quiere cambiar el mundo. Sólo quiere que el mundo no lo cambie a él. Y está dispuesto a pelear para conseguirlo.
El guerrero ha vuelto. Y no viene a construir imperios. Viene a defender lo suyo. El resto del mundo haría bien en leer estas páginas con la misma atención con que se lee una declaración de guerra.
La paz no se construye con murallas navales. Se construye con reglas compartidas, con canales abiertos y con la humildad de aceptar que el mundo ya no es unipolar. Este documento, por el contrario, es un canto nostálgico a la hegemonía perdida. Y como toda nostalgia mal gestionada, puede terminar muy caro.


