Hollywood en Palacio y el berrinche en la taquilla neoliberal 

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POR KUKULKAN

EN LA CARTELERA política nacional hay estrenos que duran lo que un tráiler y polémicas que se inflan como superproducción veraniega. El reciente ‘espaldarazo’ de Salma Hayek a la presidenta Claudia Sheinbaum fue tratado por cierta crítica como si se hubiera anunciado la secuela de una saga apocalíptica: música de suspenso, luces rojas y reseñas indignadas antes de ver la película completa.

PERO lo verdaderamente fascinante no fue el cameo diplomático, sino la reacción —o mejor dicho, el guion selectivo— de los opinadores de siempre. Cuando una estrella internacional decide aparecer en escena junto a la Presidenta, la derecha activa el modo ‘cine de autor’: todo es simbolismo, propaganda, complicidad ideológica.

Y CUANDO otros actores, como Eugenio Derbez, protagonizan constantes conferencias de prensa con tintes políticos y denuncias virales con ganas de desprestigiar —algunas sustentadas, otras no tanto—, entonces la crítica de la derecha mexicana guarda un silencio digno del mejor cine mudo.

EN EL Nido de Víboras uno ya aprendió a reconocer los géneros. Está el drama épico sobre la ‘libertad amenazada’ cuando una actriz aplaude políticas públicas. Y está la comedia ligera cuando un comediante se convierte en vocero accidental de causas amplificadas por think tanks, fundaciones y hashtags patrocinados. A unos se les acusa de hacer propaganda; a otros se les aplaude el “valiente ejercicio ciudadano”. Cuestión de lentes… o de productores.

EL REVUELO por la foto entre Hayek y Sheinbaum fue tratado como si el cine mexicano hubiera cambiado de dueño. Se habló de ‘alineamientos’, de ‘mensaje político’, de ‘uso simbólico del talento’. Curioso, porque la industria cinematográfica mexicana lleva décadas debatiéndose entre subsidios, estímulos fiscales y fideicomisos que sobrevivieron sexenios enteros bajo el aplauso discreto de quienes hoy rasgan vestiduras.

RECORDEMOS que durante administraciones pasadas —de Felipe Calderón a Enrique Peña Nieto— la cinematografía recibió miles de millones de pesos vía fondos como Foprocine y Fidecine, además del estímulo fiscal Eficine. Entre 2006 y 2012 se presupuestaron más de 3,900 millones de pesos para el sector. Nadie montó entonces un thriller sobre ‘captura cultural del Estado’. Al contrario, la narrativa oficial era de alfombra roja: crecimiento histórico en producción, premios internacionales y discursos sobre la ‘edad de oro recargada’.

HOY, cuando la conversación gira en torno a la reconfiguración de apoyos y a la desaparición de fideicomisos bajo la bandera de austeridad y combate a la opacidad, el libreto cambia. Si una actriz global sonríe en Palacio, es complicidad. Si un actor con millones de seguidores denuncia —con mayor o menor rigor— proyectos emblemáticos, es heroísmo civil.

LA CRÍTICA más severa vino de voces como la de Denise Dresser, quien interpretó el encuentro como un gesto político que no puede leerse en clave inocente. Y quizá tenga razón: en política nada es inocente. Pero tampoco lo es el silencio selectivo frente a campañas mediáticas que repiten, con timing casi perfecto, los argumentos de oposición más beligerantes.

EN ESTE set nacional, el problema no es que los artistas opinen. Faltaba más. El problema es la doble moral del jurado. Si el talento aplaude al gobierno, es ‘oficialismo cultural’. Si lo cuestiona, es ‘conciencia crítica’. La coherencia, como muchas óperas primas, rara vez consigue financiamiento.

MIENTRAS tanto, el cine mexicano mantiene un estatus internacional respetable: presencia constante en festivales, coproducciones crecientes y figuras consolidadas en Hollywood y Europa. Esa reputación no nació ayer ni depende de una foto. Se construyó con inversión pública, talento privado y, sí, con políticas de Estado que atravesaron colores partidistas.

QUIZÁS lo que molesta no es la imagen, sino el encuadre. Que una figura como Hayek no se sume al coro de condenas automáticas rompe la expectativa del casting ideológico. En cambio, cuando Derbez aparece en conferencia o video viral cuestionando megaproyectos, la escena se celebra como si fuera un plano secuencia de denuncia social.

EN EL FONDO, el debate no es cinematográfico sino narrativo: ¿quién escribe la historia? ¿Quién decide qué es activismo legítimo y qué es propaganda? En el Nido de Víboras sospechamos que más de un crítico quisiera dirigir la película completa… y además quedarse con los derechos de distribución.

NO CABE duda de que en esta industria política, como en cualquier rodaje, lo que más importa no es sólo quién actúa, sino quién edita. Y ahí, queridos cinéfilos, es donde se corta —o se salva— la película.

@Nido_DeViboras

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