Se llevan chambelanes al baile a Morena

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POR KUKULKAN

QUINCE años no se cumplen todos los días y Morena llegó a los suyos con vestido largo, pastel, recuerdos de infancia y una lista de invitados tan abultada que aquello parece más boda de cacique que fiesta de quinceañera. La niña que nació jurando acabar con los excesos llegó a sus XV bastante obesa y con la noticia de que el vestido ya no le cierra. Y no precisamente porque se haya comido solita todo el pastel.

MORENA pasó de las plazas al Palacio Nacional, de asociación civil a partido gobernante y de denunciar los vicios del poder a cargar con los pecados propios, los heredados y hasta los que llevaron de regalo sus invitados. Porque en toda fiesta de quince años hay chambelanes. Y a esta quinceañera le sobraron.

AL PRINCIPIO eran los fundadores: los que caminaron, organizaron comités, repartieron periódicos y juraban amor eterno a la transformación. Pero cuando la muchacha heredó Palacio, gubernaturas, congresos, alcaldías y candidaturas, comenzaron a aparecer pretendientes que jamás habían figurado en el álbum familiar.

PRIISTAS arrepentidos. Panistas conversos. Perredistas reciclados. Verdes de ocasión. Petistas de toda la vida. Todos descubrieron, milagrosamente, que siempre habían amado a la quinceañera. Sobre todo, desde que supieron cuánto traía de dote. Y comenzó el pleito por bailar el vals. Los fundadores reclamaron haber pagado el salón; los recién llegados presumieron saber bailar mejor, y los aliados exigieron que les reservaran mesa, botella, candidaturas y hasta gubernaturas.

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LA REALIDAD es que algunos chambelanes no quieren bailar con Morena por amor, sino que quieren bailar a Morena, en el mexicanísimo sentido de llevarla al baile. El Verde entendió hace tiempo que acompañar a la quinceañera resulta un negocio políticamente rentable. Y el PT tampoco llegó precisamente con las manos vacías de exigencias. Ambos saben que sus votos pueden resultar necesarios en determinados momentos legislativos y electorales, mientras Morena sabe que la familia unida luce mejor en la fotografía.

ASÍ QUE sonrían. Aunque debajo de la mesa se estén pateando. El detalle incómodo es que la festejada nació prometiendo que su fiesta sería diferente. Nada de corrupción. Nada de privilegios. Nada de influyentismo. Nada de clasismo ni racismo. Nada de aquellos vicios que durante décadas denunció como patrimonio del antiguo régimen, aunque quince años después descubre que es mucho más sencillo condenar las mañas desde la banqueta que impedir que entren al salón cuando uno controla la lista de invitados.

Y ALGUNAS entraron. Unas disfrazadas de pragmatismo. Otras de gobernabilidad. Varias con invitación de los aliados. Y algunas se colaron directamente por la puerta de Morena. La quinceañera engordó. De votos, cargos, presupuesto, gobiernos, tribus, intereses, aspirantes y contradicciones. El vestido color morena que alguna vez simbolizó austeridad y rebeldía ahora debe alcanzar para cubrir una familia política gigantesca donde conviven idealistas genuinos con oportunistas profesionales.

Y AHÍ comienza el verdadero problema de los XV. No es llegar. Es crecer sin convertirse precisamente en aquello contra lo que uno se rebeló durante la adolescencia. Por eso la insistencia en la unidad suena menos a brindis y más a recomendación del padre de familia antes de comenzar la fiesta: “Por favor, hoy no se peleen”. Pero ya se pelean. Por 2027. Por las candidaturas. Por las gubernaturas. Por quién entra en la foto. Por quién baila primero. Por quién reparte el pastel. Y, sobre todo, por quién se queda con la rebanada más grande.

MIENTRAS tanto, la quinceañera contempla su álbum: López Obrador convocando al movimiento, la victoria de 2018, Sheinbaum recibiendo la estafeta y una maquinaria política que quince años después posee un poder que aquellos primeros militantes difícilmente imaginaron. El miércoles habrá fiesta grande en el Auditorio Nacional. Habrá discursos, aplausos, abrazos y seguramente muchas fotografías familiares. Pero entre vals y vals alguien debería acercarse al oído de la festejada y recordarle algo: cumplir quince años significa dejar de ser niña.

YA NO BASTA culpar al pasado, a los anteriores, a los adversarios ni a los malos amigos.

MORENA ya creció. Y si después del vals descubre que los chambelanes le vaciaron la mesa, se llevaron los regalos y hasta le empeñaron la corona, tampoco podrá decir que no sabía con quién estaba bailando. A estas alturas de la fiesta, más que preocuparse por quién quiere bailar con la quinceañera, habría que preguntarse quién terminará bailándose a quién. Quince velitas para Morena. Que pida un deseo. Aunque algunos de sus chambelanes ya pidieron gubernaturas.

@Nido_DeViboras

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