Somete Trump a Columbia, regirán nuevas reglas a Universidad

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  • Columnistas y expertos en educación ya advierten que el caso Columbia podría convertirse en un modelo replicable de extorsión gubernamental.
STAFF / LUCES DEL SIGLO

NUEVA YORK.- En la era de la hipervigilancia y el discurso del enemigo interno, Donald Trump ha encontrado un nuevo frente de batalla: las universidades. Y su más reciente trofeo no fue menor: la rendición institucional de Columbia University, una de las joyas académicas más prestigiosas del mundo, que aceptó reescribir su política interna, rediseñar su vigilancia y sacrificar su autonomía intelectual… todo para mantener a salvo 400 millones de dólares en fondos federales.

La decisión, tomada en marzo de 2025 tras meses de presiones directas de la Casa Blanca, no fue simbólica. Fue estructural. Columbia reformó sus normas de protesta, prohibió el uso de máscaras en manifestaciones, centralizó la disciplina estudiantil, aceptó una supervisión federal de cinco años sobre su Departamento de Estudios del Medio Oriente y, quizás lo más polémico, adoptó medidas que desprotegen explícitamente a profesores y alumnos extranjeros, especialmente de origen árabe, musulmán o palestino.

Para muchos, se trató de una capitulación ideológica disfrazada de “acuerdo institucional”. Para otros, fue la confirmación del nuevo rostro autoritario del poder en EE. UU.. El presidente Trump había advertido que ninguna universidad que permitiera “el antisemitismo disfrazado de activismo político” recibiría un centavo federal. Lo que omitió decir es que el blanco real eran los estudios islámicos y los espacios críticos al poder de Israel, anidados en departamentos como MESAAS (Middle Eastern, South Asian, and African Studies).

La respuesta no tardó. La AAUP (American Association of University Professors) denunció lo ocurrido como una “traición cobarde”, una renuncia a la libertad académica y a la defensa de sus estudiantes. La NYCLU advirtió sobre el precedente de normalizar la intervención estatal en los contenidos y políticas universitarias. Y el Consejo de Relaciones Americano-Islámicas (CAIR) fue más directo: lo calificó como una rendición racista al supremacismo institucional.

Uno de los gestos más elocuentes vino del profesor emérito Rashid Khalidi, una de las voces más respetadas en estudios árabes modernos, quien canceló su curso de otoño como acto de protesta. En una carta abierta publicada en The Guardian, acusó a Columbia de convertirse en un satélite moral del gobierno federal, incapaz de proteger a sus propios académicos frente a la represión ideológica.

A la par, estudiantes como Mohsen Mahdawi, activista egresado y reciente detenido por ICE, denunciaron que la universidad no solo abandonó su deber de proteger, sino que habilitó mecanismos de criminalización hacia quienes piensan distinto. Mahdawi, quien cumplía con todos los requisitos legales y académicos, fue arrestado tras participar en una manifestación por Palestina en el campus, y posteriormente liberado gracias a una medida judicial de urgencia.

La erosión va más allá del campus. Columnistas y expertos en educación ya advierten que el caso Columbia podría convertirse en un modelo replicable de extorsión gubernamental, donde universidades se ven obligadas a elegir entre sobrevivir financieramente o resistir políticamente. Y en un entorno en el que cada beca, cada fondo y cada matrícula cuenta, el dilema es casi imposible.

Lo que está en juego no es solo un plan de estudios. Es la posibilidad de pensar críticamente, de disentir sin represalias, de ser extranjero sin sospecha. La vigilancia extendida a los estudiantes internacionales, el desmantelamiento de las políticas de inclusión (DEI), y la centralización de la disciplina universitaria crean un entorno que hace del campus un lugar de obediencia, no de pensamiento.

Mientras tanto, en la Casa Blanca, Trump se apunta una victoria. Ha demostrado que puede someter incluso a las instituciones más liberales y prestigiosas. Que puede modificar currículos, apagar voces y moldear el discurso académico nacional bajo el pretexto de la “unidad y el orden”.

En Columbia, la cúpula calla. Los pasillos murmuran. Y muchos alumnos musulmanes o de Medio Oriente hoy asisten a clase sabiendo que, aunque pagaron sus cuotas y cumplieron con los requisitos, están solos ante un sistema que ya no los reconoce como parte del nosotros.

La pregunta no es si habrá otra universidad que se rinda. La pregunta es: ¿quién se atreverá a resistir?

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