Rueda la pelota: EU, campeón mundial… en racismo y xenofobia

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El juego se ha convertido en espectáculo… y el espectáculo se ha convertido en uno de los negocios más lucrativos del mundo, que no se organiza para jugar sino para impedir que se juegue

Eduardo Galeano

Zósimo Camacho

El Mundial de Futbol ha sido presentado siempre como una fiesta que hermana naciones, derriba barreras y celebra la diversidad y pluriculturalidad. Sin embargo, la edición de 2026, a celebrarse a partir de hoy en Estados Unidos, México y Canadá, amenaza con convertirse en el más sombrío recordatorio de un planeta que vive todo lo contrario: imperialismo, muros, supremacismo y desigualdad.

Mientras la Federación Internacional de Futbol Asociación (FIFA) y el gobierno estadunidense intentan vender en redes sociales y medios de comunicación una imagen de hospitalidad y paz, la realidad documentada –con fechas, nombres y hechos verificables– revela una verdad inocultable: Estados Unidos se perfila como el campeón mundial en racismo, xenofobia y doble moral.

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La “bienvenida” a los indeseables

Hace tres días, a la selección de Senegal, campeona de África, no la recibió una alfombra roja sino el asfalto hirviente de la pista de aterrizaje en San Antonio, Texas. Allí, bajo el sol, los jugadores fueron sometidos a registros con detectores de metales y sus equipajes fueron requisados en plena vía pública. La escena, grabada y viralizada, fue calificada por la prensa senegalesa como “indignante e inaceptable”.

Pero no fue un caso aislado. Ese mismo lunes, la delegación de Uzbekistán, liderada por el técnico italiano Fabio Cannavaro, fue interceptada por agentes con perros rastreadores al bajar de su autobús, en Nueva York. Sus bolsas, apiladas en la calle, pasaron por revisiones minuciosas.

¿A las selecciones de Europa occidental y la península escandinava también las revisaron así? ¿O la hostilidad sólo es para los equipos de piel oscura, origen musulmán o considerados “aliados” de Rusia o China? Claramente, el talante autoritario y racista del gobierno de Donald Trump es tan profundo que es incapaz de disimularlo en medio del acontecimiento deportivo más grande del mundo.

El árbitro somalí y la fianza de 15 mil dólares

El caso más emblemático de esta política de perfil racial es el del árbitro Omar Artan, quien iba a ser el primer somalí en pitar un partido mundialista. Hombre talentoso, disciplinado, considerado el mejor árbitro de África, arribó al aeropuerto de Miami, Florida, el martes pasado, donde fue interrogado durante 11 horas por la Oficina de Aduanas y Protección Fronteriza (CBP, por su sigla en inglés) y posteriormente deportado sin explicación clara. Le interrogaron sobre sus opiniones políticas. El propio Artan declaró al New York Times: “Creo que tienen un problema con mi país”.

Así, sin más, el gobierno trumpista acaba con el sueño de un atleta –en este caso, un árbitro– de ver coronada una dura carrera, en un contexto de carencias y obstáculos.

Mientras tanto, los aficionados de naciones africanas como Argelia, Senegal o Túnez deben pagar una fianza de 15 mil dólares para obtener la visa: una barrera económica imposible para la mayoría, un filtro clasista disfrazado de seguridad. Los fanáticos de Haití ni siquiera pueden solicitar el visado a menos que lo tuvieran antes de 2026. El mensaje es claro: ciertos colores de piel y ciertos pasaportes no son bienvenidos.

Irán, humillado desde el primer día

La saña contra la selección iraní fue particularmente cruel. A los jugadores se les concedió la visa, pero a 14 de sus directivos y personal administrativo –incluido el secretario general– se les negó la entrada. Y la humillación no terminó ahí: a la delegación iraní se le impuso la condición de no poder pasar la noche en suelo estadunidense. Se le obliga a volver el mismo día de cada partido y a establecer su base en Tijuana, México. La Federación Iraní lo calificó como “comportamiento vengativo” y “trato discriminatorio”. Y tiene razón.

Bien por la hospitalidad de México, donde incluso la afición le dio un recibimiento cálido.

El vergonzante premio de la paz de la FIFA

Muestra de que la FIFA está secuestrada como nunca por intereses de las oligarquías mundiales, resulta el impresentable “Premio de la Paz de la FIFA”. Tal galardón, sacado de la chistera, fue otorgado precisamente al mandamás estadunidense en diciembre pasado por el presidente de la organización de futbol. La ceremonia coincidió con el sorteo del Mundial en Washington, DC.

Las reacciones entonces no se hicieron esperar. Jackson Irvine, centrocampista de la selección australiana, declaró a Reuters que la decisión “convierte en una farsa la Carta de Derechos Humanos de la FIFA”. Lise Klaveness, presidenta de la Federación Noruega de Futbol, apoyó una denuncia formal ante el Comité de Ética de la FIFA, al acusar a Infantino de violar la neutralidad política que exige el reglamento.

Amnistía Internacional y Human Rights Watch emitieron un comunicado conjunto en el que advirtieron que el Mundial 2026 está siendo “instrumentalizado con fines autoritarios”. Y el Alto Comisionado de la Organización de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, Volker Türk, instó a una “reconsideración masiva” de las políticas migratorias estadunidenses por su “perfilamiento racial” y el “control migratorio abusivo”.

La hipocresía hecha sistema

La contradicción es grotesca. El mismo país que presume de ser “la tierra de la libertad” somete a registros degradantes a selecciones africanas, asiáticas y de Europa del este. El mismo gobierno que recibe un premio por “unir al mundo a través del futbol” ha bombardeado Venezuela y participado en ataques conjuntos con Israel sobre Irán, como recordó el propio Jackson Irvine. Amenaza con más agresiones impunes a Cuba, Colombia, México y otras naciones latinoamericanas.

La FIFA, por su parte, prefiere mirar hacia otro lado mientras se violan sus propios principios. No hay investigación, no hay disculpas, no hay rectificación. Sólo un silencio cómplice que legitima la discriminación.

El Mundial como espejo

La Copa del Mundo 2026 no será recordada sólo por los goles o las hazañas deportivas. Quedará en la historia como el torneo donde uno de los países anfitriones mostró sin pudor su rostro más racista y xenófobo: donde un árbitro somalí fue deportado sin pruebas; donde los campeones africanos fueron registrados en el asfalto; donde los iraníes fueron vejados… y donde la FIFA, en lugar de defender la dignidad del deporte, aplaudió al verdugo.

Mientras tanto, los aficionados de piel oscura o pasaporte musulmán viajarán con miedo. Y los jugadores, como confesó el exfutbolista Craig Foster, temen que hablar les cueste la visa o la seguridad de sus familias.

Ese es el legado. Esa es la verdad. Estados Unidos no será campeón del mundo en la cancha, pero ya ganó la medalla de oro en hipocresía, racismo y xenofobia. Y la FIFA, cómplice, celebra el espectáculo mientras se embolsa 9 mil millones de dólares sin invertir nada.

Que ruede el balón y que, a pesar de Trump, la FIFA y los empresarios y políticos de los tres países, la fiesta sea popular. Que, como también quería Eduardo Galeano, el juego ilumine los rostros: “…Y cuando el buen futbol ocurre, agradezco el milagro sin que me importe un rábano cuál es el club o el país que me lo ofrece”.

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