El sueño americano tenía fecha de caducidad

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POR KUKULKAN

DURANTE más de dos siglos, Estados Unidos vendió al mundo una de las campañas publicitarias más exitosas de la historia. No la diseñó Madison Avenue ni alguna agencia de marketing de Nueva York. Fue algo mucho más poderoso: el llamado “Sueño Americano”. La promesa era simple. Venga. Cruce el océano, el río o el desierto. Deje atrás la pobreza, las guerras, las hambres y las persecuciones. Aquí hay tierra, trabajo, industria, progreso y una oportunidad para que sus hijos vivan mejor que usted.

Y MILLONES le creyeron. Irlandeses, italianos, alemanes, judíos, polacos, chinos, japoneses, mexicanos, latinoamericanos y prácticamente cualquier persona con suficiente desesperación para abandonar su hogar terminaron alimentando la maquinaria económica más poderosa que haya conocido la humanidad. Estados Unidos no se convirtió en potencia mundial porque sí. Se construyó con oleadas interminables de migrantes. Con brazos extranjeros que levantaron vías férreas, ciudades, fábricas, puentes, campos agrícolas y corporaciones multimillonarias.

POR DÉCADAS esa fue la invitación abierta. Mientras hubiera espacio para crecer, producir y consumir, siempre había lugar para alguien más. La Estatua de la Libertad no levantaba una antorcha para espantar migrantes. Era justamente lo contrario. Pero algo ocurrió en el camino. La nación que convirtió la migración en motor económico ahora parece convencida de que los migrantes son el problema. Como si de pronto hubiera olvidado quién construyó buena parte de su riqueza.

EN LA ACTUALIDAD las redadas del ICE recorren ciudades enteras. Las deportaciones se multiplican. Los discursos políticos presentan al extranjero como amenaza. Y la misma sociedad que durante generaciones enseñó a millones a perseguir el sueño americano ahora les informa que el sueño terminó y que la salida está por la puerta trasera. Lo curioso es que los problemas que enfrenta Estados Unidos difícilmente pueden atribuirse a quienes recogen sus cosechas, limpian sus hoteles o construyen sus viviendas.

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LA CRISIS de vivienda no la provocó el jornalero mexicano. La epidemia de opioides no la creó el migrante centroamericano. La obesidad, la diabetes y las enfermedades crónicas no llegaron escondidas en una mochila cruzando el Río Bravo. Tampoco fueron los migrantes quienes dispararon los costos universitarios hasta niveles absurdos o quienes transformaron el sistema educativo en una fábrica de deuda para millones de jóvenes. Sin embargo, resulta más sencillo culpar al extranjero que revisar décadas de errores estructurales.

SIN DUDA la realidad es incómoda. Estados Unidos enfrenta una crisis habitacional que deja fuera del mercado inmobiliario a millones de personas. Tiene una generación completa de profesionistas endeudados que descubrieron que un diploma universitario ya no garantiza empleo ni prosperidad. Posee regiones devastadas por la adicción a los opioides y otras drogas legales e ilegales. Y observa cómo amplios sectores de su clase media comienzan a experimentar un deterioro económico que hace apenas unas décadas parecía impensable.

ES BRUTAL La paradoja. La primera potencia mundial no está expulsando a los migrantes porque ellos provocaron la crisis. Los está expulsando porque encontró en ellos un chivo expiatorio políticamente rentable. La historia demuestra que cuando las sociedades enfrentan incertidumbre económica suelen buscar culpables visibles. Y pocas figuras son tan útiles electoralmente como el extranjero. Lo verdaderamente irónico es que mientras Washington endurece sus políticas migratorias, México comienza a convertirse en el receptor de las consecuencias.

MÁS DE 203 mil mexicanos han sido repatriados desde el inicio de la nueva administración Trump. Miles de extranjeros expulsados por Estados Unidos permanecen ahora en territorio mexicano. Decenas de miles de refugiados buscan construir aquí el futuro que les cerraron más al norte. Estados Unidos exporta personas mientras México importa responsabilidades. Y así, el país que alguna vez se presentó como la tierra de las oportunidades parece empeñado en desmontar uno de los pilares que lo hicieron grande.

QUIZÁ el problema no sea la migración. Quizá el problema es que el sueño americano tenía fecha de caducidad y nadie se molestó en avisarlo. A estas alturas, cómo explicarse que después de décadas invitando al mundo entero a participar en la fiesta del progreso, ahora el anfitrión parece sorprendido de que el salón esté lleno. Y cuando no se sabe resolver los problemas de la casa, siempre queda la vieja salida de culpar a los invitados.

@Nido_DeViboras

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