POR KUKULKAN
DE PRONTO, la derecha mexicana —esa misma que gobernó durante décadas como si el país fuera su herencia familiar— se ha puesto democrática. ¡Ahora sí! Resulta que Claudia Sheinbaum y su equipo están tramando el apocalipsis electoral con su reforma, y no faltan voces panistas, priistas y uno que otro opinólogo de café gourmet que jura que la democracia está bajo amenaza. Pobrecitos… sufren de memoria selectiva.
PORQUE hay que decirlo claro: en este país no se ha reformado el sistema electoral una, ni dos, ni cinco veces… sino más de una docena. Y adivinen quiénes encabezaron la mayoría de esos cambios: el PRI y el PAN. Sí, los mismos que hoy ponen cara de espanto. Desde 1946 hasta 2014, el sistema electoral mexicano fue una plastilina que los gobiernos moldeaban a su gusto: crearon el IFE, luego lo disfrazaron de INE, metieron y sacaron diputados pluris, inflaron el padrón, redujeron distritos… todo en nombre de la democracia, claro, pero sólo si eso significaba mantenerse en el poder.
AHORA, cuando el gobierno de Sheinbaum lanza un proceso de consulta nacional —con audiencias públicas, encuestas, mesas de diálogo y participación ciudadana— para rediseñar el sistema electoral, ¡ah, no! Eso sí es una amenaza. ¿Por qué? ¡Porque no son ellos los que la están proponiendo! Y qué decir del árbitro electoral. El INE, ese monumento nacional al gasto público con disfraz de independencia. Entre 2021 y 2025, el instituto ha recibido cerca de 120 mil millones de pesos. Sí, leyó bien: ciento veinte mil millones.
CON ESE presupuesto uno pensaría que mínimo logran que el 100 % de los mexicanos vote, ¿no? Pues no. El promedio histórico de participación electoral en este país es de 65%. Y la cifra más alta se alcanzó hace 30 años, en 1994, con 77.16 % de asistencia. Desde entonces, ni con comerciales, apps, influencers ni sorteos de funcionarios de casilla han logrado emocionar a toda la ciudadanía. Pero eso sí: el presupuesto sigue creciendo como si estuviéramos en Dinamarca. ¿Resultados? Moderados. ¿Justificaciones? Inagotables.
CLARO, esto no le quita el sueño al Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación (TEPJF), el cual también recibe su buena tajada del pastel: casi 4 mil millones de pesos en 2024, y más de 3,600 millones un año antes. ¿Y cuántos delincuentes electorales de alto perfil han metido a la cárcel? Cero. Ninguno. Ni un solo pez gordo. Sólo uno que otro charal por robar o quemar urnas, cuando la historia electoral de México está plagada de fraudes cometidos en tiempos del PRIAN, desde 1988 hasta 2006 y más allá.
CON ARGUMENTOS como “elecciones cerradas” misteriosamente se resolvían elecciones a favor del régimen, sistemas “caídos” que nunca se levantaban, padrones inflados y resultados mágicos. Fraudes descarados que hoy pretenden olvidar mientras se horrorizan por una reforma electoral consultada y abierta al pueblo. ¿Dónde estaba esa preocupación por la democracia cuando alteraban resultados con la venia de sus instituciones a modo? ¿Por qué antes nadie lloraba por la democracia cuando los partidos del régimen repartían distritos como cartas marcadas?
AHORA que se abre el debate nacional, ahora que se consulta al pueblo, ahora que se plantea revisar el tamaño del aparato electoral y su impacto en el erario, ahora sí están preocupadísimos por la legalidad, la autonomía y los equilibrios. ¡Qué chistoso! Cuando ellos mandaban, se hablaba de “modernización electoral”. Hoy, lo llaman “regresión autoritaria”.
PUES NO, señores. El país cambió. La ciudadanía ya no se chupa el dedo y no está dispuesta a seguir financiando un sistema caro, ineficiente y capturado por una élite que no se resigna a dejar de mandar. Así que chillen, pataleen, organicen marchas rosas o foros con corbata: la reforma electoral va porque este país no es de ustedes, aunque hayan gobernado como si lo fuera. Ahora toca escuchar al pueblo. ¡Y eso sí les duele!


