Rodolfo El Negro Montes
En las sombras de la frontera y en los pasillos de cristal de las dependencias de seguridad, se está cocinando un cambio de narrativa que pocos vieron venir. Durante años, el fentanilo fue el “fantasma imbatible”, una molécula maldita que no sólo inundó las calles de Estados Unidos, sino que empezó a carcomer el tejido social de nuestro México. Pero hoy, los números —fríos y tercos— sugieren que el monstruo está perdiendo terreno.
No es coincidencia. Detrás de esta tendencia a la baja, que la reciente Encuesta Nacional de Consumo de Drogas (ENCODAT 2025) sitúa en una disminución del 0.2% al 0.1% en el consumo no médico, hay un nombre que se repite en los informes de inteligencia: Omar García Harfuch.
Desde que asumió el control de la estrategia de seguridad, Harfuch ha operado con la precisión de un cirujano. Ya no se trata sólo de quemar plantíos o de posar para la foto con soldados. La estrategia ha mutado hacia el debilitamiento financiero y logístico. Los datos del gabinete de seguridad son reveladores:
Entre octubre de 2024 y junio de 2025, se han sacado de circulación más de 3.5 millones de pastillas de fentanilo; más de mil 200 laboratorios clandestinos han sido inhabilitados, golpeando el bolsillo de las organizaciones criminales donde más les duele: en su capacidad de producción masiva.
Bajo su mando, esta iniciativa ha logrado detener a más de 2mil 500 operadores vinculados a delitos de alto impacto, cortando los tentáculos que llevan el veneno hacia el norte.
Lo que periodistas curtidos en la nota roja entendemos es que el fentanilo no se combate sólo con fusiles. La columna vertebral de este “golpe de timón” ha sido la combinación de inteligencia naval en altamar —donde la Marina ha interceptado toneladas de precursores— y un despliegue táctico en las zonas urbanas liderado por la Secretaría de Seguridad y Protección Ciudadana.
La disminución del consumo en adolescentes (que bajó de 6.2% en 2016 a 4.1% en 2025 en el uso de drogas ilegales en general) es un síntoma de que el cerco está funcionando. El “veneno azul” ya no fluye con la misma impunidad. Harfuch parece haber entendido que al narco no se le vence sólo con balazos, sino asfixiando sus rutas de suministro y quitándole a sus clientes potenciales antes de que toquen la primera pastilla.
“La destrucción de estos laboratorios representa cientos de millones de pesos que no llegarán a las organizaciones criminales… recursos que ya no se usarán para comprar armas ni reclutar jóvenes”. — Omar García Harfuch, Informe de Seguridad 2025.
Sin embargo, en este oficio no podemos pecar de optimistas. Si bien el fentanilo muestra signos de fatiga en el mercado interno, las metanfetaminas siguen siendo la asignatura pendiente. La estructura criminal es resiliente y, como un virus, busca mutar.
La gestión de García Harfuch ha puesto la vara alta. Por primera vez en mucho tiempo, parece haber un capitán que conoce los sótanos del crimen y no teme ensuciarse las manos con inteligencia de campo. El imperio del fentanilo tiene una grieta profunda, pero en el mundo del narco, las treguas no existen y la vigilancia no puede permitirse un solo parpadeo.


