POR KUKULCÁN
DURANTE semanas, el Partido Verde y el PT amagaron con hacer berrinche legislativo: que si la reforma electoral de la presidenta Claudia Sheinbaum los asfixiaba, que si les quitaban pluris, que si el financiamiento, que sí sin ellos no había mayoría. Amenazas infladas como sapos en temporada de lluvias. Mucho siseo, poco veneno real. Pero cuando llegó la hora de la verdad —esa que no se negocia en conferencias ni se filtra a columnistas amigos—, la alianza siguió intacta. Ni boicot ni ruptura ni rebeldía. Apenas un tímido recordatorio de que existen… gracias a Morena.
LA PRESIDENTA fue clara, y eso fue lo que más les dolió: la reforma electoral no es un ‘toma y daca’, no es un trueque de cuotas, no es un mercado persa de curules y prerrogativas. Es, dijo Sheinbaum, una exigencia ciudadana. Y en la lógica de la Cuarta Transformación una exigencia ciudadana es mandato. No se regatea, no se chantajea, no se subasta. Y ahí fue donde al Verde y al PT se les cayó el teatrito. Porque una cosa es lanzar advertencias cuando hay micrófonos, y otra muy distinta es morder la mano que les ha dado de comer desde hace más de un sexenio.
CONVIENE no perder de vista un detalle incómodo para ambos partidos: si hoy conservan registro, si crecieron en militancia, si tienen bancadas visibles y si alguien los toma en serio, no es por una súbita revelación ideológica del electorado, sino por el arrastre electoral del obradorismo. Sin Morena, el Verde volvería a su tamaño natural: un partido bisagra especializado en cambiar de camiseta según el clima político. Y el PT regresaría a su vocación testimonial, esa donde se habla mucho de principios, pero se gana poco en las urnas. Por eso las amenazas sonaron huecas. Porque nadie muerde el salvavidas mientras está en altamar.
LA REFORMA electoral, con todo y sus puntos incómodos —menos plurinominales, menos dinero público, menos privilegios—, tocó una fibra sensible: el negocio de la política. Ese que algunos partidos defienden con más pasión que cualquier causa social. De ahí el amago, el pataleo y la súbita preocupación por la ‘representatividad’. Pero bastó que Sheinbaum pusiera el tema en su lugar para que la valentía se evaporara. No es un favor para Morena, dijo en esencia; es una deuda con la ciudadanía. Y en ese marco, cualquier partido que intente sabotearla quedará exhibido no como aliado crítico, sino como defensor del viejo régimen de cuotas.
EL CÁLCULO fue rápido. Muy rápido. Romper con Morena en este momento sería un suicidio político. Lo saben en el Verde, lo saben en el PT y lo saben hasta sus bases. La supuesta ruptura habría significado competir solos, sin la locomotora electoral que garantiza triunfos, cargos, presupuestos y sobrevivencia. Y eso, en un sistema que todavía castiga a los partidos pequeños, es jugar a la ruleta rusa con todas las balas puestas. Así que todo quedó en amenazas. En filtraciones interesadas. En titulares diseñados para presionar. En el viejo arte del chantaje suave.
CUANDO el mensaje desde Palacio fue que no había negociación posible sobre un mandato ciudadano, el rugido se convirtió en maullido. Hoy, la alianza sigue ‘más fuerte que nunca’, dicen. La frase ya es un clásico del cinismo político. Lo cierto es que sigue porque no hay alternativa viable para quienes dependen del cobijo guinda. No por convicción democrática, sino por instinto de supervivencia. Y mientras tanto, la derecha observa desde la grada, confundida. Apostaban a una fractura, a un choque interno, a una rebelión que nunca llegó.
OTRA profecía fallida que se suma a la larga lista de ‘ahora sí se rompe la 4T’. La moraleja es simple y cruel: en la política mexicana, las amenazas de los aliados suelen durar lo que tarda Morena en recordarles quién los llevó hasta ahí. Y quien, si quisiera, podría dejarlos donde estaban antes. En el Nido lo tenemos claro: mucho colmillo de utilería, mucha serpiente de plástico. A la hora buena, nadie se atreve a morder al árbol que les da sombra, registro y presupuesto.


