Sergio León Cervantes
Quintana Roo es una potencia turística. 20.9 millones de turistas en un año. 32.7 millones de pasajeros. Más de 7 millones de cruceristas. Cerca de 20 mil millones de dólares en derrama anual.
Somos el gigante del Caribe, pero también somos el laboratorio de un modelo que nadie se atreve a cuestionar: el modelo del exceso.
El 78% del gasto del turismo internacional en México responde al motivo “vacaciones”. Y en Quintana Roo, vacaciones se traduce en sol, playa, anonimato y consumo intensivo. Donde hay alta liquidez y anonimato también prosperan mercados paralelos: fraude, narcomenudeo, extorsión, trata. No es discurso moral. Es economía del riesgo.
Un destino que concentra millones de jóvenes, alcohol accesible y vida nocturna intensa se vuelve inevitablemente atractivo para organizaciones que viven del flujo rápido de dinero. Y cuando eso ocurre, el costo lo pagan nuestras colonias, nuestros trabajadores, nuestros hijos.
La pregunta incómoda es esta: ¿Queremos seguir siendo el destino del exceso o aspiramos a convertirnos en el destino del equilibrio?
Existe un mercado global que México ha ignorado en el Caribe: el turismo religioso multi-fe. Entre 300 y 330 millones de viajeros al año se movilizan por motivos espirituales. Solo el segmento musulmán reportó 176 millones de viajes internacionales en 2024 y proyecta 245 millones para 2030, con un gasto global cercano a los 230 mil millones de dólares.
Si Quintana Roo captara apenas el 0.05% de ese flujo, estaríamos hablando de 88 mil visitantes adicionales y cerca de 88 millones de dólares nuevos cada año. Si estructuramos convenciones cristianas, retiros católicos, turismo judío organizado y experiencias familiares con certificaciones halal y kosher, el potencial en cinco a siete años podría alcanzar entre 150 mil y 250 mil visitantes adicionales, con una derrama superior a los 200 millones de dólares anuales.
Pero el verdadero beneficio no es solo financiero.
Es político.
Es social.
Es estratégico.
Un turismo con estructura familiar, con agenda, con valores y comunidad, reduce la volatilidad del consumo impulsivo y disminuye la rentabilidad de ciertos mercados ilegales. Cambia el perfil del visitante. Cambia los incentivos. Cambia la conversación.
¿Significa eliminar la fiesta? No. Significa dejar de depender exclusivamente de ella.
Esto exige decisiones valientes: aeropuertos con salas multi-fe, espacios de lactancia, áreas infantiles dignas; certificaciones internacionales; capacitación cultural; centros de convenciones preparados para eventos religiosos y familiares; una marca clara que diga al mundo que el Caribe Mexicano también es un destino seguro para la familia y la fe.
El problema de Quintana Roo no es el turismo. Es la concentración del modelo.
Todo monocultivo económico es vulnerable: a la inseguridad, a la volatilidad internacional y a su propia inercia.
Si no diversificamos el perfil del visitante, seguiremos compitiendo por quién vende la bebida más barata y la noche más larga.
Si evolucionamos, competiremos por reputación, seguridad y sofisticación.
La decisión no es religiosa. Es estratégica.
Y el tiempo para tomarla es ahora.
¡Hasta la próxima semana, con nuevos retos y oportunidades!
Sin miedo a la cima, que el éxito ya lo tenemos.
X: @Oigres14 | IG: @sergioleoncervantes | Email: sergioleon@sergioleon.mx


