Bad Bunny contra el muro invisible

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POR KUKULKAN

DONALD Trump nunca entendió el ritmo. Ni el musical ni el social. Para él, el mundo se divide en fronteras rígidas, idiomas sospechosos y pieles que deben explicar su presencia. Por eso no sorprende que la aparición de Bad Bunny —con su mensaje explícito a favor de los latinos— haya incomodado más que cualquier protesta con pancartas frente a la Casa Blanca. Lo que enfurece no es el espectáculo: es el espejo.

MIENTRAS el trumpismo desempolva la doctrina del garrote —redadas, muros, balas ‘legales’ y deportaciones exprés—, Bad Bunny hace algo infinitamente más peligroso para la supremacía anglosajona: convierte el orgullo latino en fenómeno cultural global. No dispara, no encarcela, no amenaza. Canta. Y eso, para ciertos sectores conservadores, es imperdonable.

EL REGGAETON y el Latin trap —esos géneros que los guardianes de la moral califican como ‘ruido’— se han convertido en el caballo de Troya de una identidad que se niega a pedir permiso. Bad Bunny no habla inglés cuando no quiere, no suaviza su acento y no traduce su mensaje para hacerlo digerible al votante blanco molesto. Y aun así, llena estadios, domina plataformas y se cuela hasta en el evento más patriótico del calendario estadounidense: el Super Bowl.

AHÍ ESTÁ el verdadero agravio. No es la música, es el símbolo. En un país donde los migrantes latinos son perseguidos con todo el peso de la ley —y a veces con plomo—, un puertorriqueño multimillonario se planta en el escenario más visto del planeta y recuerda que los latinos existen, resisten y, peor aún para Trump, triunfan.

LA REACCIÓN fue predecible. Voces conservadoras acusaron ‘politización’, agenda woke y hasta ‘ataque a los valores americanos’. Como si el silencio obligado de millones fuera neutralidad. Como si la exclusión no fuera, desde siempre, una política de Estado. Lo que molesta no es el mensaje, sino que no haya miedo. Que en lugar de bajar la cabeza, Bad Bunny la levante al ritmo de un bajo profundo.

TRUMP, que construyó su carrera política criminalizando al migrante, entiende perfectamente el poder del relato. Por eso reacciona. Porque sabe que ningún discurso de odio compite con tres minutos de orgullo transmitidos a millones. Que ninguna consigna xenófoba sobrevive cuando la cultura popular decide de qué lado está el futuro.

Y ES QUE mientras el trumpismo promete orden a punta de expulsión, Bad Bunny propone identidad sin pedir perdón. Mientras unos legislan para borrar acentos, otros los convierten en bandera. La diferencia es brutal: unos necesitan armas y leyes; el otro sólo necesita una bocina.

LA IRONÍA es deliciosa. El mismo país que levanta muros físicos y legales para frenar a los latinos, los celebra cuando producen espectáculo, dinero y rating. Se les quiere como mano de obra, como público, como mercado… pero no como voz. Bad Bunny rompió ese pacto hipócrita: habló desde el escenario, no desde la cocina.

Y eso explica el enojo. Porque la música urbana latina —esa mezcla irreverente de reggaeton, trap, pop y herencia caribeña— ya no es marginal. Es central. Es dominante. Y no pide visa cultural.

TRUMP y los suyos pueden seguir prometiendo grandeza a fuerza de exclusión, pero el ruido ya cambió. No el ruido de las botas, sino el de los parlantes. En la guerra cultural que define esta época, el trumpismo dispara miedo; Bad Bunny dispara autoestima.

AL FINAL, esa es la verdadera amenaza: que los latinos dejen de verse como invitados temporales y empiecen a asumirse como protagonistas permanentes. Sin permiso. Sin traducción. Y con música a todo volumen. En el Nido de Víboras, queda claro: los muros caen antes por ritmo que por decreto.

@Nido_DeViboras

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