Leona Vicario arriesgó la libertad por hacer llegar información verdadera a quienes la necesitaban. Esta semana, esa misma pregunta —¿quién decide qué sabemos y cuándo lo sabemos?— se juega en la arena, literal, de Quintana Roo.
El martes pasado, en la mañanera, la secretaria de Medio Ambiente, Alicia Bárcena, dijo la palabra que rara vez se usa desde el atril: “gravísimo”. Están llegando hasta 9 mil toneladas de sargazo al día a las playas de Quintana Roo.
El volumen de este año es 27 veces el promedio histórico, cuatro veces más que el récord del año pasado. “Este ha sido un año realmente difícil, atípico”, reconoció.
Y aquí hay que ser precisas, porque esto no es un castigo de la naturaleza: es contaminación con nombre y apellido. Estudios de la Universidad del Sur de Florida, la UNAM y organizaciones como Greenpeace coinciden en que el sargazo se dispara por el exceso de nutrientes agrícolas que llegan al Atlántico a través de ríos como el Congo, el Amazonas y el Orinoco, combinado con deforestación y el uso masivo de fertilizantes químicos para alimentar al mundo.
No es “madre naturaleza” desatada: es el costo ambiental de un modelo agrícola industrial que nadie en esa cadena está pagando, excepto las costas que reciben el alga.
Y no sólo las nuestras. Miami Beach y Hollywood Beach, en Florida, viven récords históricos de sargazo este mismo verano. El condado de Miami-Dade gasta cerca de 3.9 millones de dólares al año sólo en limpieza, y estimaciones del sector turístico calculan pérdidas de hasta 13.5 mil millones de dólares para la economía turística de Florida. El sargazo no distingue pasaporte: pega igual en dólares que en pesos, en inglés que en español.
Quintana Roo ya está pagando caro. La ocupación hotelera, en plena temporada alta de verano, no llegó ni al 60%, cuando normalmente ronda el 80-90%. Tulum cayó a 41.5%, Costa Maya a 31.9%. En Playa del Carmen, los pequeños hoteles reportan apenas 32% de ocupación —15 puntos por debajo del año pasado— y uno de cada seis ya cerró, temporal o definitivamente. Los restaurantes de la zona reportan caídas de ganancias hasta del 30%, con despidos ya en marcha. La temporada que debía ser alta se convirtió, para miles de familias que viven del turismo, en la más baja que se recuerda.
Aquí hay que reconocer algo con justicia: la gobernadora Mara Lezama lleva meses insistiendo en que el verdadero reto no es sólo recoger sargazo en la playa, sino interceptarlo en altamar antes de que llegue a la costa. Bajo su gestión, Quintana Roo opera un buque transoceánico que recolecta sargazo en altamar —y viene otro con el triple de capacidad—, y empuja usos productivos de la macroalga como biofertilizante, biogás y hasta adoquines. Es ella quien ha estado insistiendo, una y otra vez, en que esto no se resuelve con escobas en la arena.
Se trata de sumar esfuerzos, como ella misma lo ha dicho. El problema es que esos esfuerzos, por más reales que sean, nos siguen rebasando: turística, cultural y económicamente.
Porque ahí está el fondo del asunto. Entre inversión federal y estatal, México ya ha destinado un presupuesto considerable a este problema. El 1 y 2 de octubre, Cancún será sede de un encuentro internacional con países del Caribe, España, Alemania, la Unión Europea, Brasil y Japón para intercambiar estrategias. Y aun con todo eso sobre la mesa, la pregunta que sigue abierta es: ¿alcanza lo que ya se invirtió para sostener una solución de años, no de una temporada? ¿Necesitamos más investigación propia para depender menos de barcos prestados? Nadie tiene todavía la respuesta completa.
Al final, esta no es sólo una historia de toneladas y presupuestos. Es una pregunta que Quintana Roo no puede seguir posponiendo: ¿aguantará el estado otra temporada como ésta, con hoteles cerrando y restaurantes despidiendo gente? ¿Y volveremos a ver, de verdad, esas playas de mar turquesa que durante años definieron a este destino ante el mundo, o ese recuerdo se va a quedar sólo en las fotos de antes?
Leona no pidió permiso para informar. Nosotras tampoco.




