POR KUKULKAN
LOS PRESIDENTES de América Latina siempre han tenido una relación peculiar con el micrófono: algunos lo usan para gobernar, otros para evangelizar y unos cuantos parecen convencidos de que apagarlo constituye un atentado contra la democracia. Hugo Chávez tuvo Aló Presidente, ese maratón dominical donde lo mismo anunciaba una política pública que cantaba, regañaba ministros o contaba alguna anécdota. Rafael Correa hizo de Enlace Ciudadano su púlpito sabatino. Jair Bolsonaro encontró refugio en sus transmisiones digitales; Nayib Bukele prácticamente convirtió las redes sociales en oficina presidencial; Gustavo Petro llevó las cámaras hasta las reuniones de gabinete. Cada mandatario encontró su propia manera de brincarse al intermediario incómodo: la prensa. Andrés Manuel López Obrador tampoco inventó el hilo negro. Lo que hizo fue industrializarlo.
AQUELLA vieja tradición latinoamericana del presidente-comunicador, con la Mañanera se convirtió en una maquinaria diaria para imponer agenda. De lunes a viernes, temprano, largamente y con una constancia que terminaría haciendo palidecer a cualquier productor de televisión. AMLO entendió algo elemental: quien pone el tema de conversación a las siete de la mañana lleva ventaja durante el resto del día. Y funcionó. Tan funcionó que Claudia Sheinbaum no desmontó el aparato heredado. Lo rebautizó como Mañanera del Pueblo y continuó utilizándolo. Y ahora resulta que aquella conferencia que durante años fue denunciada por la oposición como instrumento propagandístico se convirtió en la nueva manzana de la discordia de la política mexicana.
LA DERECHA quiere entrar al paraíso. El PAN reclama derecho de réplica frente a señalamientos realizados desde Palacio Nacional y el oficialismo responde, palabras más, palabras menos: organicen su propia conferencia. El problema es que eso ya lo intentaron. Durante la campaña presidencial de 2024, Xóchitl Gálvez presentó su llamada Conferencia de la Verdad, concebida precisamente para disputarle la agenda matutina a López Obrador. El experimento terminó rápidamente abandonado como ejercicio cotidiano. La mañanera resultó más fácil de criticar que de copiar. Porque eso de instalar un atril y convocar reporteros no crea automáticamente una agenda. Se necesita disciplina, narrativa, información, espectáculo político y, sobre todo, conseguir que adversarios y medios hablen del tema presentado. AMLO dominó esa fórmula.
PARA desgracia de sus opositores, muchas veces ellos mismos fueron sus mejores promotores. Una declaración presidencial por la mañana generaba conferencia opositora al mediodía, debate televisivo por la tarde y discusión en redes durante la noche. Palacio Nacional ponía la música y sus adversarios bailaban indignados. El modelo terminó reproduciéndose además en estados y municipios, principalmente entre gobernantes morenistas. Gobernadores y alcaldes descubrieron las bondades de tener su propia versión del confesionario político matutino. Fuera de México también hay semejanzas. Luis Abinader instauró en República Dominicana LA Semanal con la Prensa: presidente, periodistas, cámaras, exposición gubernamental y preguntas. No es diaria, pero el parentesco resulta difícil de esconder.
LO QUE HACE la diferencia con la experiencia mexicana es precisamente la intensidad. Chávez tenía programa. Correa tenía programa. Bukele tiene redes. Petro tiene cámaras en el gabinete. Bolsonaro tenía sus lives. AMLO convirtió la conferencia de prensa en programa, tribunal, escaparate, agenda y ring político, todo antes del desayuno. Y Sheinbaum decidió conservar la arena. Ahí radica el dilema opositor. Pueden exigir regulación, réplica, equilibrio y condiciones distintas, debates perfectamente legítimos en una democracia. Lo complicado comienza cuando pretende combatir una herramienta de comunicación reclamando un pedacito de esa misma herramienta. Después de ocho años, la oposición todavía discute dentro de la agenda que pretende combatir. Tal vez ésa sea la verdadera herencia política de la mañanera. No que todos crean lo que ahí se dice. Sino que todos terminan hablando de lo que ahí se dice.




