Washington y su discurso simplón del benefactor y el beneficiario

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POR KUKULKAN

EN CIERTOS círculos del poder estadounidense se maneja una curiosa costumbre: presentar el comercio con México como si fuera una generosa obra de beneficencia internacional. Allá compran nuestros productos y acá deberíamos agradecerles de rodillas, enviarles flores y, de ser posible, colocar una placa conmemorativa en cada aduana. Y todo porque, según esa peculiar interpretación de la economía, Estados Unidos compra por generosidad y México vende por necesidad. Ellos hacen el favor; nosotros recibimos la bendición.

RECIENTEMENTE Marcelo Ebrard, secretario de Economía, contó que durante sus reuniones en Estados Unidos algunos interlocutores le recuerdan que México debería estar agradecido por todo lo que logra venderles. Y el funcionario, con la cortesía que exige la diplomacia, respondió que sí, muchas gracias. Pero también recordó un pequeño detalle que parece perderse entre los discursos de superioridad comercial: los estadounidenses no compran productos mexicanos por caridad.

LOS COMPRAN porque les sirven, tienen calidad, resultan competitivos y forman parte de cadenas productivas que llevan décadas integrándose a ambos lados de la frontera. Según las cifras expuestas por Ebrard, Estados Unidos adquiere alrededor de 600 mil millones de dólares en productos mexicanos, mientras México compra aproximadamente 350 mil millones de dólares en mercancías estadounidenses. Una relación que, evidentemente, no cabe en el discurso simplón del benefactor y el beneficiario.

Y AQUÍ conviene revisar la mercancía antes de repartir medallas de agradecimiento. México exporta automóviles, autopartes, computadoras, televisores, dispositivos médicos, maquinaria, frutas, verduras y alimentos que terminan en fábricas, hospitales, supermercados y hogares estadounidenses. El aguacate mexicano no cruza la frontera para recibir un reconocimiento diplomático. Cruza porque alguien quiere comprarlo.

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LO MISMO ocurre con los vehículos ensamblados en México, los componentes electrónicos y las piezas que necesitan las industrias estadounidenses para mantener funcionando sus líneas de producción. Pero la carretera comercial también tiene carril de regreso. México importa maquinaria industrial, equipos electrónicos, combustibles, gas natural, productos químicos, componentes automotrices y granos estadounidenses, entre muchos otros bienes.

ES DECIR, mientras una fábrica mexicana vende autopartes a Estados Unidos, puede estar utilizando maquinaria, tecnología o insumos adquiridos precisamente en ese país. Y mientras un consumidor estadounidense compra una camioneta fabricada en México, una empresa mexicana puede estar pagando por gas natural estadounidense para mantener encendida su producción. Curiosa manera de hacer favores: ambas partes cobran.

TAMBIÉN conviene mirar al consumidor, ese personaje que rara vez aparece en las fotografías de las negociaciones comerciales, pero que finalmente paga las cuentas. El estadounidense compra productos mexicanos porque encuentra opciones de precio, calidad y disponibilidad. El mexicano consume bienes estadounidenses porque los necesita, los prefiere o porque forman parte de los procesos productivos nacionales. Ninguno está obligado a agradecer eternamente por ejercer su derecho a comprar.

POR SUPUESTO, la relación no es perfectamente equilibrada. México depende considerablemente del mercado estadounidense, y esa concentración representa un riesgo económico que no desaparece por mucho que se presuma el volumen de exportaciones. Pero Estados Unidos también obtiene beneficios: consumidores abastecidos, empresas proveedoras, mercados para sus productos y cadenas industriales conectadas con territorio mexicano. No se trata de negar las diferencias de tamaño y poder entre ambas economías. Se trata de recordar que una relación comercial no es una ceremonia de entrega de limosnas.

EBRARD aprovechó el episodio para hablar de capacidad productiva, desarrollo y autonomía económica. Objetivos razonables, aunque todavía queda un largo camino entre celebrar las exportaciones y lograr que sus beneficios se traduzcan en mejores salarios, mayor valor agregado nacional y menos pobreza. Porque vender mucho tampoco garantiza, por sí solo, que todos vivan mejor. Y comprar mucho no convierte automáticamente a un país en potencia industrial.

LA VERDADERA discusión debería concentrarse en cuánto valor se produce, quién se beneficia, qué empleos se generan y cuánto depende cada economía de la otra. Pero esas preguntas son menos vistosas que exigir gratitud frente a las cámaras. Así que, para evitar futuros malentendidos diplomáticos, quizá convendría colocar un letrero en las oficinas comerciales de ambos países: «Aquí nadie hace favores: unos venden, otros compran y todos pasan por caja».

DESPUÉS de todo, si Washington quiere que México agradezca cada dólar que recibe por sus exportaciones, también podría ensayar un modesto «gracias» por los miles de millones que las empresas estadounidenses cobran a sus clientes mexicanos. Ninguno debe olvidar que hasta en el comercio internacional la cortesía debería viajar en ambos sentidos.

@Nido_DeViboras

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