Deambularon Gabo y el coronel Aureliano Buendía entre diputados

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  • Este 6 de marzo se conmemora el 97° aniversario del natalicio de Gabriel García Márquez.
STAFF / LUCES DEL SIGLO

CIUDAD DE MÉXICO.- Desde las entrañas del tiempo, donde las almas de los escritores vagan por los recovecos de su propia inmortalidad, Gabriel García Márquez, con sus bigotes de eterno soñador, observaba desde el más allá cómo el mundo seguía danzando al ritmo de su pluma. La noticia de la celebración post mortem de su natalicio que le organizaron los diputados mexicanos traspasó el umbral de lo terrenal para llegar a sus oídos en una mañana donde el sol parecía detenerse, justo como aquel día en que decidió dar vida a Macondo, su reflejo de Aracataca, en las páginas de “Cien años de soledad”.

En Macondo, el tiempo se había detenido para honrar al hijo pródigo de Colombia, el narrador de sueños y realidades entrelazadas, en el 97° aniversario de su natalicio. Los fantasmas de los Buendía, encabezados por el coronel Aureliano, se reunieron en la plaza principal, rodeados por mariposas amarillas que parecían susurrar las palabras del discurso pronunciado en su honor por los vivos, lejos de allí, en la Cámara de Diputados.

‘Aquí yace un hombre que desentrañó el alma de un continente y lo pintó con colores de ensueño y pesadilla’, declaraba la vicepresidenta en funciones de presidenta, Joanna Alejandra Felipe Torres, mientras su voz se mezclaba con el viento que recorría las calles polvorientas de Macondo. Los habitantes del pueblo, con los ojos cerrados, escuchaban atentos, como si las palabras vinieran del mismo Gabo, narrando una historia inédita.

En este acto de memoria, los ecos de su vida y obra reverberaban entre las paredes de la realidad y la ficción. García Márquez, el joven que se nutrió de las historias de sus abuelos en Aracataca, había transformado aquellos relatos en un tejido de historias que ahora formaban parte del patrimonio cultural de la humanidad. Su capacidad para fusionar lo real con lo fantástico había renovado las técnicas narrativas, convirtiéndose en una figura fundamental del Boom latinoamericano.

Desde su rincón en el más allá, Gabo no podía evitar sentir una mezcla de nostalgia y gratitud. Recordaba los días de escritura febril, los sueños premonitorios que plasmó en “Cien años de soledad”, las apariciones que dieron vida a un Macondo eterno, y su pasión por una América Latina vibrante, compleja y soñadora.

La celebración de su natalicio en la Cámara de Diputados fue un recordatorio de que, aunque su cuerpo ha partido, su espíritu y su obra siguen vivos, inspirando a generaciones. Las palabras de la legisladora invitaban a todos a sumergirse de nuevo en las páginas de su obra maestra, a acompañar al coronel Aureliano Buendía frente al pelotón de fusilamiento, y a perderse en la magia de un mundo donde la realidad se entrelaza con la fantasía.

En Macondo, las mariposas amarillas continuaban revoloteando, como si celebraran la eternidad de su creador. Y en algún lugar, entre las sombras y la luz, Gabriel García Márquez sonreía, sabiendo que mientras se siguiera recordando a Macondo, él nunca moriría del todo.