NIDO DE VÍBORAS

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Por KUKULKÁN

EN EL BANQUETE de la federación, donde el pastel presupuestario es más codiciado que el último trozo de pizza en una reunión de adolescentes, los estados han demostrado un apetito insaciable por una porción cada vez mayor. Pero, ¡oh sorpresa!, cuando el reloj marca la hora de asumir responsabilidades, todos parecen haber desarrollado repentinamente una dieta estricta de inacción y desentendimiento.

CON LA MORDACIDAD de un chef que sabe que sus ingredientes están a punto de caducar, el Congreso, en un arrebato de ‘responsabilidad compartida’, decide que ya es hora de que los estados y municipios se pongan el delantal y empiecen a cocinar por su cuenta, especialmente cuando se trata de desastres naturales. ‘No es que nos lavemos las manos’, aclara el Ejecutivo federal, ‘es que les damos la oportunidad de demostrar que pueden preparar algo más que excusas’.

RECORDEMOS el melancólico adiós al Fonden, esa alcancía mágica que se esfumó en octubre de 2020, dejando tras de sí no más que el recuerdo de los buenos tiempos y una montaña de deudas. “El Fonden no tiene recursos; lo que tiene son deudas”, declamaba entonces Arturo Herrera, como quien recita un epitafio en el funeral de la eficiencia gubernamental.

LA SAGRADA bolsa de dinero, como la denomina el presidente López Obrador, no era más que el botín de una selecta cofradía de proveedores, quienes, en un acto de altruismo desbordante, inflaban precios para ‘ayudar’ en momentos de crisis. La corrupción, ese invitado que nunca falta en la fiesta del desperdicio gubernamental, se paseaba por el salón, brindando con copas llenas de ineptitud administrativa.

Y CÓMO olvidar los ejemplos emblemáticos de este desfile de despropósitos financieros. Nuevo León, con su sed de obtener 7 mil 500 millones para apaciguar la tempestad de Fernando (septiembre de 2019), que al final resultó ser más un chaparrón que un huracán cuyos daños reales no pasaron de 250 millones de pesos. O Mapastepec, en Chiapas, donde los 250 millones solicitados para el desastre de obras hidráulicas que resultaron ser tan reales como las predicciones mayas de la Cruz Parlante. Una investigación comprobó la inexistencia de obras de tal alcance presupuestario.

ENTRE Felipe Calderón y Enrique Peña Nieto, los dineros destinados a desastres naturales fluyeron como si se tratase de una fuente de vino en una boda griega, con promedios anuales que harían sonrojar a cualquier administrador consciente. La cantidad de 81 mil millones de pesos (13 mil 550 millones en promedio anual) con el mandatario panista; y 118 mil millones (19 mil 500 millones en promedio anual) con el priista.

DURANTE el sexenio de Calderón, se registraron 561 declaraciones de desastre y emergencia emitidas (94 al año), mientras que con Peña Nieto la cifra fue de 754 (126 al año en promedio). Pero bajo la 4T, la fiesta parece haberse calmado, reduciendo el presupuesto a meras migajas (mil 70 millones de pesos con casi 80 declaraciones de desastre y emergencia), en un esfuerzo por poner a dieta a este insaciable apetito por el gasto, hasta ahora que esa responsabilidad recaerá en estados y municipios.

EN LA ERA de la autogestión, donde cada quien debe cocinar su propia cena, el mensaje es claro: no más banquetes a costa del erario. Los estados, ahora con la sartén por el mango, deberán demostrar que pueden más que llenarse la boca con pedidos de auxilio. ¿Serán capaces de digerir esta nueva receta de responsabilidad, o seguirán añorando los días en que la cena era cortesía de la federación? En el nido de víboras de la política mexicana, el menú acaba de cambiar, y todos estamos invitados a degustar el resultado.

@Nido_DeViboras