Musk y el arte de arruinar un imperio en tiempo récord

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Por KUKULKÁN

SE DICE que el que mucho abarca, poco aprieta. Pero Elon Musk, fiel a su estilo mesiánico, quiso abarcar el sector aeroespacial, el automotriz, el digital, el energético… y también el gobierno de los Estados Unidos, cual emperador del emprendimiento reconvertido en burócrata estelar. El resultado: un descalabro digno de estudio en Harvard, aunque sea en la sección de “errores garrafales”.

DURANTE su brevísima pero incendiaria incursión en el gabinete de Donald Trump —como jefe del flamantemente inventado Departamento de Eficiencia Gubernamental (DOGE)— Musk descubrió que gobernar no es lo mismo que programar cohetes. En apenas tres meses, su protagonismo político provocó un desplome del 71% en las ganancias de Tesla, con ventas en Europa que se precipitaron un 49%, justo cuando el mercado de autos eléctricos iba viento en popa.

LEYÓ bien: mientras Europa abrazaba la movilidad verde, los consumidores decidieron que mejor no con una marca liderada por alguien que despide empleados públicos a ritmo de tuit y cierra agencias como quien cierra changarros. La ironía, por supuesto, es tan potente como una batería de Tesla: Musk, que llegó a EE. UU. con una visa estudiantil y se quedó trabajando sin permiso hasta que los inversionistas lo obligaron a legalizarse, ahora funge de azote contra la inmigración ilegal. ¿Cinismo? ¿Amnesia selectiva? ¿Ambas?

PERO el show continúa. Ante la catástrofe bursátil, el magnate sudafricano-canadiense-estadounidense anunció que recortaría su tiempo como zar de la eficiencia trumpista. No por principios, claro, sino porque los accionistas lo veían más como un riesgo que como un activo. Si algo tiene el capitalismo, es que le duele cuando el dinero deja de entrar.

Y MIENTRAS Musk hace malabares para contener la hemorragia económica, no podemos evitar mirar hacia atrás y ver que no es el único empresario que ha patinado estrepitosamente al pisar el terreno político. Carly Fiorina, ex CEO de HP, quiso ser senadora y luego presidenta de EE. UU.; no logró ninguna de las dos. Francisco Hernando, alias “El Pocero” en España, fundó su propio partido, pero acabó enterrando más proyectos que votos. Y Arturo Torró, exalcalde de Gandía, pasó del mundo óptico al jurídico tras ser condenado por malversación.

SIN EMBARGO nadie, absolutamente nadie, ha puesto en jaque su propio emporio multimillonario en tan poco tiempo como Musk. Dejó que la política le estallara en las manos mientras se fotografiaba con Trump como si fuera una versión futurista de Steve Bannon con traje de Tesla. Y eso, en un contexto donde cada palabra pesa y cada foto se convierte en boicot. El fenómeno tiene nombre y apellido: síndrome del empresario omnipotente. El mismo que hace creer que dirigir una compañía es igual que dirigir un país. Spoiler: no lo es.

EL CLIENTE puede tener siempre la razón, pero el votante no siempre tiene paciencia. Y cuando el CEO actúa como emperador sin toga, las acciones se desploman, los consumidores se rebelan y los accionistas exigen cabezas. Así que ahí lo tienen: Elon Musk, el hombre que quiso reordenar la burocracia estadounidense como si fuera una línea de producción en SpaceX, termina, como otros antes que él, dándose de bruces contra el muro de la política. Un muro que, por cierto, él mismo podría haber propuesto construir… con autos reciclados.

@Nido_DeViboras

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