“No soy la señora de la casa”… ni el responsable del espionaje

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Por KUKULKÁN

NO HAY forma más elocuente de retratar la tragicomedia política mexicana que recordar a Enrique Peña Nieto. El hombre que alguna vez tuvo el botón nuclear, pero que no sabía cuánto costaba el kilo de tortillas. “No soy la señora de la casa”, dijo en 2012, creyendo que era sarcasmo fino y no la bofetada de clase que se convirtió en meme instantáneo. Pues bien, don Enrique ha vuelto a brillar —y no precisamente por su agudeza intelectual— sino por su peculiar manera de lavarse las manos con declaraciones que harían sonrojar al mismísimo Poncio Pilato.

ESTA VEZ, el escenario es el escándalo Pegasus. Sí, ese sistema de espionaje israelí que su administración compró por 32 millones de dólares para, supuestamente, combatir al crimen organizado. Porque, claro, todos sabemos que espiando a periodistas, activistas y opositores es como se desmantela un cártel. Pero Peña, fiel a su estilo, dice que él no sabe nada, que no da línea ni dio línea, que eso no era “su tarea”. ¡Faltaba más! Él sólo era Presidente.

“YO FUI Presidente y Gobernador, no asigno contratos”, dijo con esa mezcla de evasión y candidez que ya es marca registrada. Como si ser jefe del Estado Mexicano no implicara ni tantita responsabilidad sobre lo que hace —o deja de hacer— su gobierno. Si alguien firmó, fue otro. Si se espió, fue sin querer. Si se sobornó, él ni enterado. Peña se presenta como un gerente de condominio al que le pasaban cosas sin consultarle. Todo un espectador privilegiado de su sexenio.

PERO el chiste se cuenta solo. Cuando los medios retomaron una nota del diario israelí The Marker, que relataba un pleito entre empresarios por una supuesta “inversión” (eufemismo para soborno) hacia el entonces presidente, Peña reaccionó indignado. “¡Dolo! ¡Mala fe! ¡Difamación!” clamó desde la distancia (y desde un campo de golf, quizá). Asegura que la nota fue tergiversada y que, como buen patriota, lleva a México “tatuado en el corazón”. ¿Será al lado de las iniciales de Videgaray?

ABUNDAN los tropiezos lingüísticos de nuestro expresidente cuando recurre al humor involuntario como estrategia de defensa. Ya antes nos había regalado joyas retóricas como aquella vez que confundió a Carlos Fuentes con otro autor y no pudo recordar ni el nombre de los libros que supuestamente lo marcaron. ¿Quién no ha leído “La silla del águila” de Shakespeare? En otra ocasión, nos regaló un instante de física cuántica aplicada a la aviación: “Estamos a un minuto de aterrizar, a menos, yo creo como a cinco minutos.” La lógica del espacio-tiempo peñanietista aún es materia de estudio en universidades de ciencia ficción.

VOLVIENDO a Pegasus, Peña se escuda en que las empresas proveedoras ya estaban desde antes, que él no sabe qué hacían, que no las conoce. Y uno no puede evitar pensar: ¿Entonces, para qué queríamos Presidente? ¿Para que dijera discursos entrecortados en fechas patrias y se le olvidaran los nombres de los estados? La cereza del pastel la puso al decir que ya no regresa a México porque su tiempo ya pasó, que mantiene “una prudente distancia”. Claro, más que prudencia, lo suyo parece precaución con tintes de exilio dorado. Mientras juega golf en España, los mexicanos siguen esperando justicia, memoria y algo de dignidad institucional.

POR lo pronto, Peña sigue en lo suyo: negando responsabilidades con una sonrisa de “yo qué voy a saber”. Y nosotros, desde este Nido de Víboras, sólo podemos constatar que a veces el humor más negro no lo escribe un guionista, sino la realidad política mexicana. Porque en el país donde los expresidentes se dicen inocentes con discursos de concurso escolar, lo único que queda claro es que seguimos pagando muy caro ese kilo de tortillas.

@Nido_DeViboras

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