- Más que modelos idénticos, se trata de proyectos distintos, surgidos de contextos diferentes y con consecuencias que no pueden medirse con la misma vara
FELIPE VILLA
CIUDAD DE MÉXICO.- La comparación entre el gobierno de Hugo Chávez en Venezuela y la llamada Cuarta Transformación en México se ha convertido en un recurso recurrente del debate político.
Desde tribunas opositoras, columnas de opinión y redes sociales se insiste en que ambos proyectos son equivalentes y que México transita por la misma ruta que llevó a Venezuela a una crisis institucional, económica y social.
Sin embargo, un análisis detallado de los hechos, las decisiones de gobierno y el contexto histórico de cada país muestra que, aunque existen similitudes discursivas, los procesos y resultados son sustancialmente distintos.
Hugo Chávez llegó al poder en 1999 en un país marcado por el colapso del sistema político tradicional, una severa crisis económica y una profunda deslegitimación de las instituciones. Su triunfo electoral fue la antesala de un proceso de ruptura con el orden previo. Apenas iniciado su mandato, impulsó una Asamblea Constituyente que dio origen a una nueva Constitución, con la cual se redefinieron las reglas del juego político, se ampliaron las facultades del Ejecutivo y se modificó la estructura de los poderes públicos. A partir de ese momento, el chavismo comenzó una concentración progresiva del poder político y administrativo.
En los años siguientes, el gobierno venezolano avanzó en la intervención directa del Estado en sectores estratégicos de la economía, particularmente en la industria petrolera, que se convirtió en la principal fuente de financiamiento del proyecto político. Se nacionalizaron empresas, se establecieron controles de precios y de cambio, y se redujo de manera significativa el margen de acción del sector privado. Paralelamente, los programas sociales se expandieron con un fuerte componente clientelar y con escasos mecanismos de rendición de cuentas.
En contraste, la llegada de la Cuarta Transformación al poder en México en 2018 se produjo en un contexto institucional distinto. Andrés Manuel López Obrador asumió la Presidencia tras una elección competitiva, validada por las autoridades electorales y con alternancia pacífica. A diferencia del caso venezolano, no se impulsó una nueva Constitución ni se desmantelaron formalmente los contrapesos institucionales existentes. El Congreso, el Poder Judicial y los organismos autónomos continuaron operando, aunque bajo una relación tensa y en ocasiones confrontacional con el Ejecutivo.
En materia económica, el gobierno mexicano mantuvo el modelo de economía mixta y la apertura comercial. No hubo nacionalizaciones generalizadas ni controles de precios, y se respetaron los compromisos internacionales, incluidos los tratados de libre comercio. La política social se reorientó hacia programas de transferencias directas, con énfasis en adultos mayores, jóvenes y sectores vulnerables, financiados a través del presupuesto público y bajo un discurso de austeridad fiscal.
Otro punto de contraste clave se encuentra en la relación con los medios de comunicación y la oposición política. En Venezuela, durante el gobierno de Chávez se documentaron cierres de medios, restricciones a concesiones y un uso sistemático del aparato estatal para limitar la crítica. En México, aunque el discurso presidencial ha sido abiertamente confrontativo con periodistas y opositores, los medios continúan operando, se publican investigaciones críticas y existen resoluciones judiciales que han frenado decisiones del Ejecutivo.
El papel de las Fuerzas Armadas también muestra diferencias relevantes. En Venezuela, los militares se integraron de manera directa al proyecto político, ocupando cargos civiles, controlando empresas estatales y convirtiéndose en un actor central del poder. En México, si bien el Ejército y la Marina han ampliado su participación en tareas de seguridad pública, infraestructura y administración de proyectos estratégicos, no ejercen funciones de gobierno ni controlan el sistema político.
Los resultados de ambos procesos refuerzan estas diferencias. Venezuela enfrenta una crisis prolongada caracterizada por hiperinflación, colapso productivo, migración masiva y debilitamiento institucional. México, pese a sus problemas estructurales y a las críticas sobre seguridad, militarización y concentración de poder, mantiene estabilidad macroeconómica, alternancia política y vigencia formal del Estado de derecho.
La revisión de los hechos permite concluir que la equiparación automática entre el chavismo y la Cuarta Transformación responde más a una estrategia retórica que a un análisis riguroso. Ambos gobiernos comparten una narrativa de justicia social y crítica al modelo neoliberal, pero difieren en el alcance de sus reformas, en su relación con las instituciones y en el impacto de sus decisiones. Más que modelos idénticos, se trata de proyectos distintos, surgidos de contextos diferentes y con consecuencias que no pueden medirse con la misma vara.


