POR KUKULKÁN
ENVUELTO en abrigo grueso y bufanda, Adán Augusto López llegó al Senado como quien se prepara no para una sesión legislativa, sino para una faena en plaza fría. Ya no era el jefe de la tropa, ya no el general de la bancada guinda, sino —según su propia definición— un humilde “soldado de la Cuarta Transformación”. Y como todo buen torero veterano, se plantó en el ruedo sabiendo que los pitones no venían del Pleno, sino de la prensa.
EL ‘DOMINGAZO’ había dejado a Morena desconcertada, a la oposición suspicaz y a la justicia federal —siempre atenta— tomando nota. Y ahí apareció Adán Augusto, puntual, sin cargo, pero con tablas. Porque si algo ha demostrado el tabasqueño es que puede dejar una coordinación parlamentaria sin despeinarse y convertir una renuncia en acto de mística política. —“Finalmente sí se aparece como soldado, senador”— le soltaron los reporteros, como pase cambiado. —“Pues lo dije desde el domingo”— respondió él, seco, sin enganchar el capote.
LA ESCENA fue de manual. El político que deja el mando, pero no el control del relato. El excoordinador que insiste en que no lo empujaron, no lo bajaron, no lo sacrificaron. Él decidió. Siempre decide. Porque en Morena, renunciar también puede ser una forma de mandar.
Las versiones sobre su supuesto encargo para operar la campaña de Andy López Beltrán fueron despachadas con una estocada cargada de veneno añejo: “eso sólo existe en la imaginación retorcida de Roberto Madrazo”.
GOLPE directo al pasado priista, recordatorio de que Adán Augusto no olvida de dónde viene ni contra quién juega. El toro quedó tendido; la prensa tomó nota. Y cuando le preguntaron si avisó a Gobernación, la respuesta fue quirúrgica: sí, habló con Rosa Icela Rodríguez; hubo respeto, amistad, compañerismo. Nada de reclamos, nada de jaloneos.
EN EL RELATO oficial todo fue terso, institucional y fraternal, como si dejar la coordinación de Morena fuera apenas mover una ficha menor en el tablero del poder. Pero el colmillo apareció cuando tocó hablar del desconcierto interno. Que sólo uno o dos sabían. Que Ignacio Mier estaba enterado. Que Laura Itzel Castillo “se sacó de onda”, pero entendió. Traducción víbora: nadie estaba preparado, pero nadie se atreve a decirlo en voz alta. Porque en la 4T, la sorpresa también se disciplina.
DESDE su nuevo cargo, el tabasqueño promete arrastrar la suela en el trabajo territorial, como buen soldado. Puebla el viernes, otro estado el sábado. Le apasiona, dijo. Y uno imagina al exsecretario de Gobernación —ese que negociaba con gobernadores, militares y opositores— tocando puertas como militante de base, con la misma naturalidad con la que otros cambian de traje. La épica no se cuestiona; se aplaude.
PERO la faena no estaría completa sin hablar de Chihuahua. Ahí Adán Augusto se puso traje de apoderado. Defendió a Andrea Chávez con la firmeza de quien sabe que las candidaturas se cocinan mucho antes de que el horno electoral se encienda. Dijo que los ataques son infundios, que ella es la mejor posicionada y que será gobernadora. Palabras mayores. Dichas no por cualquier senador, sino por alguien que, aun sin cargo, sigue pesando. Ahí está la clave del espectáculo. Adán Augusto dejó la coordinación, pero no dejó el poder. Se bajó del caballo, pero sigue marcando el ritmo.
SE DICE soldado, pero habla como general retirado con tropa leal. La prensa pregunta, él esquiva, sonríe y remata. Toreo limpio, sin despeinarse. En el Nido de Víboras la lectura es clara: no todos los políticos saben renunciar sin parecer derrotados. Adán Augusto convirtió la salida en narrativa, la narrativa en control de daños y el control de daños en mensaje interno: aquí nadie cae, sólo se reacomoda. Al final, el toro no embistió. Los micrófonos se quedaron con ganas. Y el “soldado” salió del ruedo caminando, sin prisa, sabiendo que en la política —como en la tauromaquia— lo importante no es cuántas veces entras a la plaza, sino cuántas sales por tu propio pie.


