El cinismo de la ATF: 4 mil armas aseguradas frente a un río de sangre

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Zósimo Camacho

La Oficina de Alcohol, Tabaco, Armas de Fuego y Explosivos de Estados Unidos (ATF, por su sigla en inglés) ha querido verter un mensaje de eficacia en medio de la tormenta que significa el tráfico de armas hacia México. En un comunicado fechado este miércoles 18, que huele más a propaganda que información, la agencia presume haber asegurado 4 mil 359 armas de fuego y 648 mil 975 rondas de munición en poco más de un año, desde que Donald Trump inició su segundo periodo. El dato, presentado como un gran logro, pretende demostrar que el nuevo esfuerzo por desmantelar redes criminales está dando frutos. ¿Es realmente para sentirse orgullosos?

La aritmética elemental desnuda la falacia. Si diariamente ingresan a México 500 armas de manera ilegal procedentes del vecino del norte, las poco más de 4 mil armas aseguradas en más de un año representan apenas una gota en el océano. En ese mismo periodo, mientras la ATF celebraba sus incautaciones, más de 180 mil armas adicionales habrían cruzado la frontera para engrosar los arsenales de los cárteles. Es como pretender apagar un incendio forestal con un vaso de agua y luego convocar a una rueda de prensa para felicitarse por la humedad que se ha generado en el ambiente.

El problema adquiere dimensiones grotescas cuando se observa de este lado de la frontera. En México, mientras la ATF se congratula, las cifras del horror se acumulan. El programa Sí al Desarme Sí a la Paz, que depende de la voluntad ciudadana para entregar las armas, ha recolectado en el mismo periodo 9 mil 128 armas de fuego. Pero es el aseguramiento realizado por las fuerzas federales mexicanas el que revela la verdadera magnitud de la tragedia: 22 mil 832 armas de fuego arrebatadas a las organizaciones criminales, todas de uso exclusivo de las Fuerzas Armadas. No estamos hablando de pistolas de bajo calibre para protección personal, sino de más de 20 mil fusiles de asalto AK47, R15 y pistolas 9 milímetros o superiores a calibre .38; 215 fusiles Barret; 20 lanzagranadas; 13 lanzacohetes, y 273 ametralladoras… Un arsenal para un ejército paralelo equipado como si se preparara para una guerra convencional.

Y estos aseguramientos representan sólo marginalmente la cantidad de armas que circulan por territorio mexicano.

Lo más grave, y lo que la ATF omite convenientemente en sus boletines triunfalistas, es el origen de este armamento. El 78 por ciento de las armas largas aseguradas en México proviene de Estados Unidos. Pero el dato más escandaloso, el que debería avergonzar a cualquier funcionario estadunidense con un mínimo de decencia, es que el 47 por ciento de las municiones calibre .50 incautadas a los cárteles son fabricadas por una empresa que opera directamente para el Ejército de Estados Unidos: Lake City Army Ammunition Plant. Por lo que vemos, no se trata de una falla en el sistema sino de una operación deliberada, una cadena de suministro perfectamente engrasada que conecta las fábricas de armamento estadunidenses con los brazos armados del narcotráfico mexicano.

El gobierno de Estados Unidos, en lugar de mirarse al espejo y reconocer su corresponsabilidad en la violencia que desangra a México, prefiere maquillar la realidad con cifras de incautaciones que resultan ridículas frente al tamaño del problema. Presumen de mil 600 rondas de munición aseguradas por día, cuando México ha confiscado más de 3 millones en un año, es decir 8 mil 300 a día.

El territorio mexicano se ha convertido en un polvorín, y ese polvorín lleva escrito en cada bala “Made in USA”. Lo asegurado, tanto por autoridades mexicanas como estadunidenses, es apenas una mínima parte de lo que realmente poseen los cárteles. Detrás de cada fusil Barret y de cada lanzacohetes decomisados hay decenas o acaso cientos que siguen operando. Y mientras tanto, la ATF pide que le aplaudan por haber interceptado lo que los traficantes consideran, probablemente, apenas un gasto operativo menor.

Estados Unidos no puede seguir lavándose las manos. No puede pretender que el problema se resuelve con operativos esporádicos y comunicados triunfalistas mientras sus fábricas de armamento alimentan una guerra que no les cuesta vidas en su territorio, pero que desangra a su vecino del sur. La hipocresía tiene un límite, y cuando se mide en cuerpos y en violencia, ese límite ya se ha rebasado hace mucho tiempo.

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