POR KUKULKAN
SOBRE el diamante de la geopolítica, hay jugadores que creen que todo se resuelve a batazos. Que basta con pararse en la caja de bateo, inflar el pecho, mirar al pitcher con desprecio y soltar el swing como si el mundo entero fuera una pelota lenta flotando en zona de confort. Donald Trump es, sin duda, uno de esos peloteros que se sienten Babe Ruth… aunque a veces terminen más cerca del ponche que del jonrón.
LA RECIENTE victoria de Venezuela sobre Estados Unidos en el Clásico Mundial de Beisbol cayó como una recta bien colocada en el orgullo del Tío Sam. Un 3-2 que no sólo se anotó en la pizarra deportiva, sino que resonó en los dugouts de la política internacional. Y es que cuando el gigante pierde ante uno de los países que suele mirar por encima del hombro, el juego deja de ser sólo juego.
Y ENTONCES apareció Trump, fiel a su estilo de comentarista de cantina con micrófono global, sugiriendo —con esa mezcla de ironía involuntaria y soberbia habitual— que Venezuela podría convertirse en el estado 51 de Estados Unidos. Un chascarrillo, dicen algunos. Una provocación, responden otros. Pero en realidad, una jugada bastante predecible en su repertorio: minimizar al rival cuando te acaba de conectar un hit al jardín izquierdo.
EL PROBLEMA con ese tipo de discurso es que confunde fuerza con mérito. En el beisbol —como en política— no es lo mismo ganarle a un equipo débil que enfrentar a uno que te juega de tú a tú. Y Estados Unidos, acostumbrado a dominar ligas enteras con su músculo económico, militar y mediático, parece olvidar que el verdadero tamaño de un equipo no se mide por cuántos partidos gana contra novatos, sino por cómo responde cuando alguien le pelea cada lanzamiento.
VENEZUELA, con todas sus crisis, con todas sus contradicciones, se plantó en el terreno y jugó pelota. Y ganó. Sin drones, sin sanciones, sin discursos grandilocuentes. Con bateo oportuno, pitcheo disciplinado y, sobre todo, con algo que no se compra en Wall Street: hambre de victoria.
AUNQUE claro, hay quienes no entienden ese lenguaje.
TRUMP, como buen slugger de discursos simplistas, insiste en jugar en una liga donde el rival siempre es más pequeño. Donde el triunfo se mide en intimidación y no en estrategia. Donde invadir países, presionar economías o lanzar amenazas es equivalente a batear jonrones… aunque el estadio esté vacío de legitimidad.
Y AHÍ ES donde la analogía beisbolera se vuelve incómoda.
PORQUE de nada sirve ser el más fuerte en un juego donde eliges siempre a los más débiles como oponentes. Es como presumir promedio de bateo enfrentando sólo pitchers novatos. Como celebrar un campeonato ganado en una liga sin competencia. Como gritar home run cuando la pelota ni siquiera salió del infield.
HAY UNA vieja máxima —no escrita en ningún reglamento, pero evidente en cualquier dugout—: el verdadero jugador se mide contra iguales. Contra quien te exige, te reta y te obliga a mejorar. Lo demás es puro espectáculo para la tribuna.
LO MISMO ocurre en la política internacional. Estados Unidos, bajo discursos como el de Trump, ha construido una narrativa donde su poder se valida enfrentando a naciones debilitadas por conflictos internos, crisis económicas o aislamiento diplomático.
EN REALIDAD, esa fuerza es una ilusión estadística: un récord inflado contra rivales que ni siquiera están en la misma categoría. Ser fuerte ante débiles no es grandeza. Es comodidad. Como tampoco es virtud ser sabio entre tontos, ni cuerdo entre lunáticos. No hay mérito en dominar un juego donde nadie te exige. No hay honor en ganar cuando el resultado ya estaba escrito antes del primer lanzamiento.
POR ESO la victoria de Venezuela, más allá del marcador, tiene un valor simbólico que incomoda. Rompe la narrativa del gigante invencible. Demuestra que, al menos en el terreno —ese espacio donde no valen los discursos ni las sanciones—, el juego sigue siendo de nueve entradas y cualquier equipo puede dar la sorpresa.
Y ESO, para ciertos jugadores acostumbrados a dictar las reglas, resulta difícil de digerir.
AL FINAL, el beisbol tiene una virtud que la política a veces pierde: la honestidad del resultado. La pelota entra o no entra. El strike se canta o no se canta. El juego se gana o se pierde. Sin discursos. Sin imposiciones. Sin convertir derrotas en chistes. Quizá por eso algunos prefieren jugar fuera del diamante. Ahí donde los jonrones se inventan… y las derrotas se niegan.


