Sergio León Cervantes
Mientras México debate sobre elecciones, seguridad, reformas judiciales y crecimiento económico, existe una realidad que pocas veces ocupa los titulares: millones de familias mexicanas dependen de decisiones que se toman a más de 2,000 kilómetros de distancia, en Washington.
Las remesas se han convertido en uno de los pilares silenciosos de la economía nacional. Durante 2024, México recibió cerca de 64,700 millones de dólares enviados por mexicanos que trabajan principalmente en Estados Unidos. Para dimensionar la magnitud de la cifra, las remesas ya generan más divisas que la inversión extranjera directa anual, más ingresos que las exportaciones petroleras y equivalen aproximadamente al 3.5% del Producto Interno Bruto nacional.
Detrás de estos recursos existen más de 12 millones de mexicanos nacidos en México que viven en Estados Unidos y cerca de 38 millones de personas de origen mexicano. Son ellos quienes sostienen el consumo de millones de hogares, financian vivienda, educación, salud y alimentación, y mantienen activas economías completas en cientos de municipios del país.
Por ello resultó tan relevante la decisión impulsada por el presidente Donald Trump de establecer un gravamen a determinadas transferencias internacionales de dinero. Aunque la propuesta original contemplaba una tasa considerablemente mayor, el proceso legislativo terminó reduciéndola a alrededor del 1%. La afectación económica inmediata para México es limitada. Sin embargo, el verdadero mensaje enviado por Washington va mucho más allá de la recaudación.
Lo que estamos observando es el fortalecimiento de una estrategia de trazabilidad financiera. Hoy las instituciones bancarias, empresas remesadoras y plataformas digitales poseen información detallada sobre quién envía dinero, cuánto envía, con qué frecuencia lo hace y hacia dónde se dirige cada transferencia. Esa información puede utilizarse para fines fiscales, migratorios, de combate al lavado de dinero, seguridad nacional y persecución del crimen organizado.
La pregunta no es si Estados Unidos puede hacerlo. La pregunta es hasta dónde está dispuesto a llegar.
México debería observar con atención al menos cuatro escenarios. El primero es el aumento gradual de impuestos o cargos a determinados envíos internacionales. El segundo es el endurecimiento de requisitos de identificación para quienes realizan transferencias. El tercero es una mayor integración entre bases de datos financieras, fiscales y migratorias. El cuarto, y posiblemente el más importante, es una política migratoria más restrictiva que reduzca la capacidad de millones de trabajadores para generar ingresos y permanecer legalmente en territorio estadounidense.
Las implicaciones económicas serían significativas. Una reducción de apenas 5% en las remesas significaría una pérdida cercana a 3,200 millones de dólares anuales para México. Una caída de 10% representaría más de 6,400 millones de dólares. Una disminución de 20% superaría los 12,900 millones de dólares, una cifra superior al presupuesto anual de varios estados de la República y comparable con grandes proyectos nacionales de infraestructura.
Pero el riesgo no termina ahí. Menos remesas significan menor consumo, menor actividad comercial, menor construcción de vivienda, menor capacidad de ahorro familiar y menor dinamismo económico en miles de comunidades. El efecto multiplicador impactaría desde pequeños comercios hasta cadenas de suministro regionales completas.
Por eso la respuesta no debe centrarse únicamente en defender las remesas. La verdadera estrategia debe consistir en reducir nuestra dependencia de ellas.
México necesita acelerar la atracción de inversión productiva, fortalecer el Estado de derecho, brindar certidumbre jurídica, aprovechar plenamente las oportunidades del nearshoring, impulsar la manufactura de alto valor agregado, desarrollar infraestructura logística y generar empleos mejor remunerados. Cada dólar que logremos producir dentro del país será un dólar menos que dependa de decisiones tomadas fuera de nuestras fronteras.
Las remesas son motivo de orgullo. Representan el sacrificio, el trabajo y el amor de millones de mexicanos que nunca olvidaron a sus familias. Pero también son un recordatorio incómodo de una realidad que no podemos ignorar.
La discusión de fondo no es cuánto dinero envían nuestros paisanos desde Estados Unidos.
La verdadera discusión es por qué seguimos necesitando que lo hagan.
¡Hasta la próxima semana, con nuevos retos y oportunidades!
Sin miedo a la cima, que el éxito ya lo tenemos.
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