‘América Primero, el mundo después’

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José Réyez

La Casa Blanca presenta una estrategia de seguridad nacional que entierra el intervencionismo liberal, prioriza la fuerza militar, el control migratorio y una reindustrialización agresiva.

El mundo, dividido en esferas de influencia, deberá adaptarse a un Estados Unidos que ya no quiere ser el “Atlas” del orden global.

“Los días en que Estados Unidos apuntalaba el orden mundial como Atlas han terminado”. La frase sintetiza el alma del documento National Security Strategy of the United States of America.

Un Estados Unidos que se retira de su rol de garante omnicomprensivo para convertirse en un actor implacablemente pragmático, centrado en sus fronteras, su economía y su soberanía.

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El texto, presentado bajo la firma del presidente Donald J. Trump, no es una actualización menor de la política exterior.

Es, según sus redactores, “la corrección necesaria” a décadas de lo que califican como errores estratégicos: globalización desmedida, guerras eternas, migración masiva y una dependencia tecnológica e industrial de sus adversarios.

Un nuevo “Corolario Trump” para el continente americano. El capítulo más contundente del documento es, sin duda, el dedicado al hemisferio occidental.

Bajo el título de “El corolario Trump a la Doctrina Monroe”, la administración anuncia que no tolerará la presencia de potencias no hemisféricas en la región.

“Negaremos a competidores no hemisféricos la capacidad de posicionar fuerzas u otras capacidades amenazantes, o de poseer o controlar activos estratégicamente vitales en nuestro hemisferio”, señala el texto.

En la práctica, esto significa una militarización creciente de la frontera sur, operativos navales para controlar la migración y los cárteles, y una ofensiva diplomática para desplazar la influencia china y rusa en América Latina.

La era de la migración masiva, sentencia el documento, “ha terminado”. La seguridad fronteriza es elevada a “elemento primordial de la seguridad nacional”.

Adiós al libre comercio, hola a la reindustrialización. Económicamente, la estrategia entierra el consenso de Washington de las últimas décadas.

El “comercio justo y recíproco” reemplaza al libre comercio. Los aranceles se convierten en herramienta de política exterior, y la reindustrialización doméstica, en un imperativo de seguridad nacional.

“El futuro pertenece a los creadores”, afirma el documento, que propone un agresivo plan para repatriar cadenas de suministro, especialmente en sectores críticos como semiconductores, minerales raros y defensa.

La dependencia de cualquier potencia externa, se lee, es una vulnerabilidad inaceptable.

En este punto, Asia se convierte en el tablero central de la competencia. La estrategia reconoce que el Indo-Pacífico genera casi la mitad del PIB mundial y será “el principal campo de batalla económico y geopolítico del próximo siglo”.

Frente a China, la postura es clara: fin de la ingenua apertura, y paso a la disuasión militar combinada con una presión económica sostenida.

Paz a través de la fuerza, pero sin “construcción de naciones”

Uno de los pasajes más sorprendentes del documento es la lista de conflictos que, según la Casa Blanca, la administración Trump logró resolver en sólo ocho meses:

Desde la guerra en Gaza hasta disputas entre India y Pakistán, pasando por Armenia-Azerbaiyán y Etiopía-Egipto.

“El presidente Trump ha demostrado que la fuerza es el mejor elemento disuasorio”, se justifica. Pero la estrategia es explícita en rechazar el intervencionismo tradicional.

La nueva doctrina tiene una “predisposición al no intervencionismo” y rechaza las guerras de “construcción nacional” que, según el texto, empantanaron a Estados Unidos en Oriente Medio durante décadas.

Eso no implica un abandono total de la región. Oriente Medio es redefinido como un espacio de colaboración económica e inversión, no como un pozo sin fondo para el gasto militar.

La prioridad será contener a Irán, mantener el flujo energético y expandir los Acuerdos de Abraham, pero sin misiones prolongadas.

La OTAN deberá pagar (mucho) más. Europa recibe un tratamiento incómodo. La Casa Blanca critica abiertamente lo que llama la “desaparición civilizatoria” del continente: caída de natalidad, pérdida de identidad nacional, censura política y migración masiva.

“No es evidente si ciertos países europeos contarán con economías y ejércitos lo suficientemente fuertes como para seguir siendo aliados fiables”, advierte el texto.

La exigencia es concreta: el compromiso de La Haya, promovido por Trump, eleva del 2% al 5% del PIB el gasto en defensa de los miembros de la OTAN. “Los días en que Estados Unidos asumía la carga principal han terminado”, reitera el documento.

Críticas: ¿realismo o aislacionismo disfrazado? Las primeras reacciones internacionales no se han hecho esperar.

Analistas de la Brookings Institution calificaron la estrategia como “un manual de realismo ofensivo envuelto en retórica nacionalista”.

Mientras que el Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales (CSIS) advirtió que la retirada de roles tradicionales podría crear vacíos de poder que terminen siendo llenados por China o Rusia.

Dentro de la Unión Europea, varios diplomáticos han expresado “preocupación” por el tono de abandono condicional.

Un país reconfigurado para un mundo en fragmentación. Más que una estrategia de seguridad nacional, el documento de 2025 es una declaración de identidad.

Estados Unidos ya no se ve como el administrador benevolente del orden global, sino como una fortaleza republicana en un mundo de naciones soberanas en competencia.

“Queremos una América que atesore sus glorias pasadas y a sus héroes, y que anhele una nueva era dorada”, concluye el texto, en un lenguaje que evoca más un manifiesto cultural que una doctrina geopolítica tradicional.

El mundo, al menos el que se construyó después de 1945, se enfrenta a un socio que cambia las reglas. Y la nueva regla, en esencia, es una sola: Estados Unidos primero. El resto, si acaso, vendrá después.

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