POR KUKULKAN
POR MÁS que se esfuercen los alquimistas de la opinión pública, hay realidades que no pueden transformarse con un trending topic ni con una granja de bots trabajando horas extra. Y eso parece ser precisamente lo que tiene desesperados a ciertos sectores de la derecha mexicana, que han encontrado en el Mundial de Futbol 2026 la nueva estación de su viacrucis político: cualquier protesta, cualquier inconformidad, cualquier reclamo legítimo se convierte automáticamente en la prueba irrefutable de que México vive al borde del colapso y que el gobierno de Claudia Sheinbaum está a punto de derrumbarse como castillo de naipes.
LA FÓRMULA ya la conocemos. Si la CNTE protesta, no se trata de un conflicto magisterial histórico, sino del síntoma terminal de un país ingobernable. Si las madres buscadoras marchan para exigir verdad y justicia por sus desaparecidos, entonces no es la expresión de un dolor legítimo, sino la evidencia de una supuesta crisis que, según los propagandistas de ocasión, debería avergonzar a México ante los ojos del mundo.
DE PRONTO, los mismos personajes que durante años guardaron un prudente silencio frente a tragedias nacionales hoy se presentan como los más fervientes defensores de los derechos humanos. Los mismos que minimizaron desapariciones, masacres y abusos de autoridad durante los gobiernos neoliberales ahora descubren una sensibilidad extraordinaria por las causas sociales. Qué conmovedor. Casi dan ganas de creerles.
PERO el problema para ellos es que la memoria colectiva sigue funcionando, aunque les incomode. Todavía hay millones de mexicanos que recuerdan perfectamente los tiempos en que las protestas sociales se resolvían con toletes, gases lacrimógenos o simplemente con el silencio institucional. Todavía hay quienes recuerdan Atenco, Ayotzinapa, Tlatlaya y una larga lista de episodios donde la respuesta oficial no fue precisamente el diálogo.
POR ESO resulta curioso observar cómo algunos comentaristas y opinadores profesionales intentan construir la narrativa de un supuesto autoritarismo morenista mientras olvidan convenientemente quiénes fueron los verdaderos especialistas en la materia. Es como ver a un pirómano impartiendo conferencias sobre prevención de incendios. La realidad política que más les duele no es una marcha de maestros ni una manifestación de buscadoras. Lo que verdaderamente los atormenta es que, después de ocho años de oposición, siguen sin poder construir una alternativa política creíble.
MORENA podrá tener errores, contradicciones y desafíos enormes, pero la oposición tradicional continúa atrapada en un laberinto del que no encuentra salida. No ofrece un proyecto distinto. No presenta una visión de país. No articula una propuesta económica, social o política capaz de entusiasmar a las mayorías. Su principal estrategia sigue siendo apostar al desgaste del gobierno en turno y esperar que el descontento haga el trabajo que ellos no han podido hacer en las urnas.
DE ESA MANERA, cualquier conflicto es recibido como maná del cielo. Cada protesta es magnificada. Cada discrepancia se convierte en crisis nacional. Cada tendencia en redes es presentada como si fuera el inicio de una rebelión popular. Y cuando la realidad no coopera, siempre queda el recurso de fabricar percepciones digitales.
DESDE luego, nadie puede ni debe descalificar las demandas legítimas de los maestros o de los familiares de personas desaparecidas. Son causas serias que merecen atención, diálogo y soluciones. Lo que resulta cuestionable es el intento de ciertos actores políticos y mediáticos por utilizar esos reclamos como combustible para una narrativa catastrofista cuyo objetivo final poco tiene que ver con la justicia social y mucho con la disputa por el poder.
QUIZÁ por eso la campaña permanente de descrédito parece avanzar con más ruido que resultados. Porque fuera de las burbujas digitales y de los estudios de televisión donde algunos comentaristas viven instalados, existe un país real que todavía recuerda quién gobernó durante décadas y cómo lo hizo. Y ese es el detalle que los estrategas de la nostalgia neoliberal siguen sin comprender. Los mexicanos pueden estar inconformes con muchas cosas; pueden exigir mejores resultados y mayores respuestas gubernamentales. Pero una cosa es demandar cambios y otra muy distinta querer regresar a un pasado que la mayoría ya conoce demasiado bien.
MIENTRAS la oposición continúe confundiendo la crítica legítima con la construcción de una alternativa política, seguirá celebrando tendencias efímeras como si fueran victorias históricas. Y así, entre hashtags, escándalos prefabricados y pronósticos apocalípticos que nunca llegan, continuará disputando el campeonato mundial de la desesperación.




