¡Quieren volar!… Y volaron sin salir de prisión

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  • Ni la humedad ni el calor implacable impidieron la algarabía durante la final del Mundialito 2026, disputada en el Centro de Reinserción Social de la capital yucateca.
LORENZO HERNÁNDEZ

MÉRIDA, YUC.- Ni la humedad ni el calor implacable impidieron la algarabía durante la final del Mundialito 2026, disputada en el Centro de Reinserción Social de la capital yucateca.

Las gradas improvisadas lucieron repletas. Esposas, hijos e hijas rompieron la rutina del encierro. Por unas horas, los muros parecieron desvanecerse. El futbol fue la llave.

Bosnia impuso condiciones desde los primeros minutos. Su orden táctico enfrió el ánimo de la afición. Un contundente 2-0 parecía una sentencia definitiva. Las miradas del conjunto mexicano se dirigían al suelo, mientras la frustración amenazaba con adueñarse del encuentro.

Pero este equipo conocía la resiliencia. El encierro también enseña a resistir.

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Con el cronómetro cerca del final, cuando todo parecía perdido, México reaccionó con determinación. Llegó el primer gol y, poco después, el empate agónico 2-2, que desató la euforia colectiva antes del silbatazo final. La lógica quedó fuera de la cancha.

La definición se trasladó al punto penal. Los nervios jugaron su propio partido. México falló el primer cobro y el silencio se apoderó del penal. Sin embargo, el guardameta tricolor se agigantó bajo los tres postes y devolvió la esperanza. La confianza se reconstruyó disparo tras disparo.

Los siguientes cobradores no fallaron. La tanda terminó 4-2.

El dorsal número 10 tomó el balón, acomodó el cuerpo y sacó un disparo raso, abajo y a la derecha. El balón terminó en la red. La celebración se extendió por los pasillos del penal como si se tratara del mismísimo Estadio Azteca. México se proclamó campeón de un torneo que reunió a 48 equipos, mientras Paraguay concluyó en el tercer lugar.

En el presídium, las autoridades encabezaron la ceremonia de premiación. El secretario general de Gobierno, Omar Pérez Avilés, en representación del gobernador Joaquín Díaz Mena, entregó los trofeos junto con el director del penal, Antonio Ramón González Zetina, y el subsecretario Miguel Ángel Trujillo Ortiz. Uniformes completos, arbitraje profesional y respaldo institucional dieron marco al acto. El discurso oficial destacó el fortalecimiento del tejido social, la disciplina y la reinserción comunitaria.

Sin embargo, la verdadera victoria no fue la del trofeo ni la del protocolo.

Cuando el sudor comenzó a secarse y la euforia perdió intensidad, permaneció el eco de los festejos. Durante el tiempo en que rodó el balón, las personas privadas de la libertad lograron romper, al menos simbólicamente, sus candados invisibles. Por unas horas no hubo rejas, solo juego. En Mérida, el futbol volvió a demostrar una de sus mayores virtudes: ofrecer un instante de libertad incluso a quienes permanecen tras los muros.

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