Sergio León Cervantes
Durante décadas, México ha debatido si necesita más mercado o más Estado, si debe gobernar la izquierda, la derecha o el centro. Sin embargo, el verdadero problema nunca ha sido únicamente quién gobierna, sino que cada administración redefine el rumbo, modifica prioridades y vuelve a comenzar.
Mientras nosotros cambiábamos de dirección cada seis años, las naciones que hoy lideran los indicadores de competitividad mantuvieron un mismo proyecto durante décadas.
One México 2050 parte de una idea distinta: construir un modelo económico de Estado que trascienda gobiernos y convierta la prosperidad en una consecuencia institucional, no en un accidente político.
Esta propuesta no nace de una sola corriente de pensamiento. Integra la economía institucional de Douglass North; las instituciones inclusivas de Daron Acemoglu y James Robinson; el modelo de crecimiento de Robert Solow; la teoría del crecimiento endógeno de Paul Romer; el capital humano de Gary Becker; la competitividad de Michael Porter y la evidencia acumulada por organismos como la OCDE, el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional.
No pretende inventar una nueva teoría económica. Pretende integrar las que han demostrado mejores resultados.
De toda esa evidencia surge una conclusión consistente: las naciones que han logrado un desarrollo sostenido fortalecieron primero un pequeño grupo de variables estructurales. No son las únicas que importan, pero sí las que permiten que las demás funcionen. Éstos son los cinco cimientos sobre los que descansa el modelo One México 2050.
1. Estado de derecho. Douglass North demostró que las instituciones reducen la incertidumbre y permiten el crecimiento económico. Hoy, esa afirmación sigue respaldada por la evidencia internacional.
México ocupó en 2025 el lugar 121 de 143 países en el Índice de Estado de Derecho del World Justice Project, con una calificación de apenas 0.40. La inseguridad y la debilidad institucional costaron a los hogares mexicanos aproximadamente 269 mil 600 millones de pesos durante 2024, equivalentes a 1.07% del PIB.
Ese dinero dejó de destinarse al consumo, la inversión, la educación y el patrimonio familiar. Ninguna economía puede aspirar a ser competitiva cuando la confianza en sus instituciones permanece debilitada.
2. Certeza jurídica. Toda inversión representa una apuesta sobre el futuro. Cuando las reglas cambian constantemente o los contratos generan incertidumbre, el capital simplemente busca otro destino.
Las economías que durante los últimos treinta años han captado mayores flujos de inversión —como Irlanda, Singapur o Estonia— construyeron primero instituciones confiables.
La certeza jurídica no es únicamente un principio constitucional; es uno de los activos económicos más valiosos de una nación. Cada punto adicional de confianza institucional reduce el costo del financiamiento, facilita la creación de empresas y permite inversiones de largo plazo que generan empleo y riqueza.
3. Gobierno digital. La burocracia también tiene un costo económico. México obtuvo 0.54 puntos en el Índice de Gobierno Digital de la OCDE, por debajo del promedio de 0.61. Miles de empresas continúan destinando tiempo y recursos a trámites que podrían resolverse electrónicamente.
La digitalización integral del Estado no significa solamente modernizar oficinas públicas; significa reducir costos de transacción, disminuir espacios para la discrecionalidad, aumentar la transparencia y devolver millones de horas productivas a ciudadanos y empresas.
Estonia demostró que un Estado digital puede ahorrar cerca del 2% de su PIB anual en tiempo y eficiencia administrativa.
4. Productividad. Éste es probablemente el indicador más importante de todo el modelo. En el cuarto trimestre de 2025, el índice de productividad laboral de México permanecía por debajo de los niveles registrados en 2018, mientras el crecimiento económico anual apenas alcanzó 0.6%.
La diferencia entre una economía cuya productividad aumenta 1% anual y otra que logra incrementarla 3% durante tres décadas no es marginal: significa prácticamente duplicar el ingreso por habitante respecto al escenario de bajo crecimiento.
Los países que hoy encabezan la innovación mundial no trabajan necesariamente más horas; producen mucho más valor por cada hora trabajada.
5. Educación para crear riqueza. Gary Becker demostró que la educación constituye una inversión en capital humano, mientras Paul Romer explicó que el conocimiento es el principal motor del crecimiento de largo plazo. Sin embargo, los resultados muestran el tamaño del desafío.
En PISA 2022, sólo 34% de los estudiantes mexicanos alcanzó el nivel mínimo de competencia en matemáticas, frente a un promedio cercano al 69% entre los países de la OCDE. En ciencias lo consiguió 49%, frente a 76%, y en lectura 53%, frente a 74%.
La consecuencia es directa: una economía con menor capacidad para desarrollar ingenieros, científicos, programadores, especialistas en inteligencia artificial y técnicos altamente calificados pierde competitividad frente a las economías que sí invierten estratégicamente en talento.
Los cinco pilares no fueron elegidos por intuición. Fueron seleccionados porque la evidencia internacional demuestra que, cuando se fortalecen simultáneamente, generan un efecto multiplicador.
Instituciones sólidas atraen inversión; la inversión incorpora tecnología; la tecnología incrementa la productividad; la productividad eleva los salarios; una mejor educación acelera la innovación; y una economía más dinámica genera mayores ingresos públicos para financiar salud, infraestructura, seguridad y desarrollo social.
El costo de no haber construido estos cimientos durante décadas es visible. México ha crecido, en promedio, muy por debajo de su potencial, la productividad permanece estancada, la movilidad social avanza lentamente, millones de personas continúan en la informalidad y la incertidumbre institucional sigue elevando el costo de hacer negocios.
El impacto no sólo se refleja en el PIB. También se refleja en la salud mental de las familias, en la frustración de los jóvenes que no encuentran oportunidades, en empresas que deciden no invertir y en talento que termina emigrando.
Pero también existe una enorme oportunidad. Si México lograra consolidar estos cinco pilares como una política de Estado y sostener un crecimiento cercano al 4% anual durante las próximas décadas, el tamaño de su economía podría duplicarse antes de 2050.
Millones de personas podrían incorporarse a empleos de mayor productividad y el país tendría una capacidad fiscal muy superior para financiar educación, salud, infraestructura y seguridad sin comprometer la estabilidad macroeconómica.
No es una promesa; es la consecuencia lógica de fortalecer las variables que históricamente han explicado el desarrollo de las naciones más exitosas.
ONE MEXICO 2050 no propone un proyecto de izquierda, de derecha o de centro. Propone algo mucho más ambicioso: que México deje de cambiar de destino cada seis años y comience a construir un rumbo compartido durante las próximas décadas.
Porque los gobiernos administran un sexenio.
Los Estados construyen generaciones.
¡Hasta la próxima semana, con nuevos retos y oportunidades!
Sin miedo a la cima, que el éxito ya lo tenemos.
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