POR KUKULKAN
HAY PREMIOS que cambian el curso de una carrera política… y otros que desatan guerras santas entre los egos más inflamados del planeta. El Nobel de la Paz, ese trofeo que en ocasiones ha decorado las repisas más inesperadas, cayó en manos de la venezolana María Corina Machado en 2025, y desde entonces ha sido más un misil diplomático que una paloma blanca.
MACHADO, la eterna aspirante a liderar una Venezuela liberada del chavismo, fue galardonada por su lucha democrática, por su resistencia civil y por su capacidad de sobrevivir más elecciones inhabilitada que votos contados. Pero el premio no cayó en gracia a todo el mundo. En particular, a cierto presidente de los Estados Unidos que lleva su apellido bordado en toallas, edificios y—por qué no—aspiraciones divinas.
SÍ, HABLAMOS de Donald Trump, el magnate, el showman, el exmandatario y, al parecer, el eterno pretendiente al Nobel de la Paz. Ese mismo que bombardeó Medio Oriente, reconoció Jerusalén como capital israelí, y aun así exigía que Oslo le mandara su medalla por DHL. Años de diplomacia estilo bulldozer, y ni un diploma nórdico para colgar junto a su foto con Kim Jong-un.
Y AHORA, ¡zas!, llega una política latinoamericana, de voz aguda y verbo afilado, y se lo arrebata de las manos con la misma cortesía con la que ella suele decirle “dictador” a Maduro. Para Trump, esto fue más que un desaire: fue una traición al guion donde él siempre es el héroe. Y como buen protagonista de reality show, no perdona cuando le roban cámara.
EN INSTANTES, su equipo de asesores en Miami—los mismos que confunden Caracas con Cancún—filtró versiones sabrosas: que Trump había considerado apoyar a Machado como figura de transición en Venezuela, que había habido conversaciones privadas, que la veía como “útil” (una palabra peligrosa en la diplomacia trumpista). Pero luego, el Nobel cayó, las cámaras giraron hacia Caracas, y Trump quedó como actor de reparto.
¿RESULTADO? Una declaración lapidaria: “Ella no tiene apoyo ni respeto dentro de Venezuela”. Traducción simultánea: “No me dedicaste suficientemente el premio, así que ahora no existes”. Porque ojo, Machado sí lo mencionó al recibir el Nobel, incluso lo llamó “defensor de la libertad”, pero claro… eso no bastó. Trump esperaba que le dijera: “Este Nobel es tuyo, Donald”, al mejor estilo de un Oscar compartido entre lágrimas.
LA ANÉCDOTA que ronda por los pasillos diplomáticos es de antología: que el equipo de Trump insinuó que, si Machado hubiera rechazado el Nobel o lo hubiera “cedido” simbólicamente a él, Estados Unidos la habría respaldado como futura presidenta. ¡Qué ternura! Como si los premios Nobel fueran botines de campaña y no reconocimientos internacionales. Aunque, conociendo al presidente, probablemente ya está planeando lanzar su propia versión del Nobel con su cara en medalla dorada.
PERO el problema no es sólo de orgullo herido. Es geopolítico. La disputa entre Trump y Machado no es por Venezuela. Es por el foco, el flash, la narrativa. Para él, ella tomó el papel estelar sin su permiso. Para ella, es evidente que no necesita el visto bueno de un presidente estadounidense para liderar la transición venezolana. Y eso, para Trump, es imperdonable.
ASÍ QUE aquí estamos: con una Nobel sin padrino y un padrino sin Nobel. Ella, más fuerte ante la comunidad internacional. Él, herido en su vanidad más profunda. En vez de aliados, tenemos ahora una telenovela con sabor a revancha diplomática. Y mientras tanto, Venezuela sigue esperando que alguien mire más allá de los premios y los egos, y piense en el país. Pero eso, para estos protagonistas, parece ser solo escenografía de fondo.


