POR KUKULKAN
EN ZACATECAS no hay reelección, pero sí hay pretensión de relevo… sanguíneo. Si algo ha quedado claro en los albores del Siglo XXI es que el apellido Monreal ha logrado lo que muchas marcas quisieran: posicionamiento, permanencia y renovación del producto sin cambiar la etiqueta. Hoy, el senador Saúl Monreal insiste en que su aspiración a la gubernatura no es un capricho familiar, sino un derecho político. Y en eso tiene razón: el derecho existe. Lo que chirría es la coreografía.
Y ES QUE si algo ha distinguido a las dinastías es su capacidad de convencerse de que el poder no se hereda… simplemente ‘coincide’ en la misma sangre. Ahí están los Bush en Estados Unidos, que con padre e hijo en la Casa Blanca lograron convertir el Despacho Oval en oficina alterna del álbum familiar. O los Kirchner en Argentina, donde el poder conyugal fue presentado como proyecto histórico. Más atrás en el tiempo, los Borbón fueron el ejemplo de haber perfeccionado el método: cambiar de generación sin cambiar de apellido.
LA DIFERENCIA es que en aquellos casos nunca se fingió que la sangre era mera coincidencia estadística. En cambio, en Zacatecas la narrativa es otra: aquí no se trata de dinastía, se trata —según el discurso familiar— de vocación de servicio replicada genéticamente. Desde finales del Siglo XX, el gobierno estatal ha orbitado en torno a la familia. Primero fue Ricardo Monreal quien en 1998 asumió la gubernatura y poco tiempo después su hermano David hizo lo propio, de tal forma que la influencia política del clan ha sido constante.
ELLO, descontando las presidencias municipales, diputaciones y senadurías que se han vendido rolando entre los hermanos, no una sino en repetidas ocasiones. Y justo ahora, cuando apenas comienza a asomar el calendario de 2027, el senador Saúl levanta la mano con una convicción que haría sonrojar a cualquier genealogista: los Monreal no son de Zacatecas, sino que Zacatecas es de los Monreal. Pero para el aspirante en turno se trata simple y llanamente de continuidad, esa palabra tan noble que, en ciertos contextos, significa estabilidad, y en otros, simple permanencia.
AL INTERIOR de Morena, partido que nació prometiendo combatir el nepotismo y las herencias políticas, la necedad del senador de que sólo se le mida en la encuesta morenista para ver lo que opinan los zacatecanos, ha provocado urticaria. No tanto por la legalidad —que siempre encuentra vericuetos— sino por la estética. Porque hay imágenes que pesan más que los artículos constitucionales, y ver a un hermano suceder a otro en la misma silla no luce como transformación; luce como tradición.
EN ESTE Nido de Víboras no somos ingenuos: México ha tenido sus propias dinastías, desde cacicazgos regionales hasta familias que convierten el servicio público en empresa familiar. Lo novedoso aquí no es la aspiración, sino el contexto. Se trata de un movimiento que ha hecho del combate a los privilegios su bandera moral. Y pocas cosas evocan más privilegio que la posibilidad de heredar el poder como si fuera rancho.
LA DEFENSA de Saúl Monreal es previsible: 27 años de trayectoria, experiencia legislativa, trabajo territorial. Todo cierto. El problema es que el árbol genealógico también tiene trayectoria, presencia territorial y una innegable capacidad de supervivencia política. Cuando el apellido antecede al currículum, el mérito empieza a parecer accesorio.
EN LAS monarquías clásicas, la sucesión estaba clara: el primogénito al trono y asunto resuelto. En las democracias modernas, al menos se guarda la cortesía de simular competencia abierta.
LO PARADÓJICO es que, en Zacatecas, la insistencia del senador no ha generado tanto escándalo por ilegal como por simbólica. Porque en política, los símbolos matan más que las reformas. Comparar a los Monreal con los Borbones puede sonar exagerado; con los Bush, pretencioso; con los Kirchner, incómodo. Pero toda dinastía comienza con la misma frase: ‘No es herencia, es proyecto’. Y todo proyecto que pasa de hermano a hermano sin pausa termina pareciéndose peligrosamente a una tradición familiar.
TAL VEZ el senador tenga razón y su aspiración sea legítima. Tal vez incluso gane una eventual contienda interna. Pero en el espejo de la historia, insistir en suceder al hermano después de años de permanencia familiar en los principales cargos de gobierno no se lee como derecho conquistado, sino como costumbre consolidada. Y en política, cuando la costumbre huele a herencia, el discurso de transformación empieza a oler… a rancio.


