ALESSANDRO PAGANI
En un mundo saturado de fake news, la posverdad trasciende el mero error informativo para erigirse como pilar de una guerra cognitiva sofisticada, que opera desde las profundidades del subconsciente colectivo con el fin de usurpar el imaginario social y recolonizar las fuerzas que luchan hacia un mundo multipolar.
Esta guerra cognitiva, entendida como un asalto sistemático a la percepción de la realidad, busca derrotar alternativas ideológicas al dominio hegemónico mediante técnicas de deslumbramiento, persuasión emocional y manipulación del inconsciente. No se trata sólo de distorsionar hechos, sino de construir narrativas que suplanten la realidad física con espejismos digitales, donde lo artificial se impone como verdad incuestionable.
Un ejemplo paradigmático es el hecho de que, desde que se descubrieron y desclasificaron los archivos de Jeffrey Epstein –revelando redes de corrupción elitista y abuso–, se ha intentado distraer a la opinión pública estadunidense y continental con el espectáculo de Bad Bunny como instrumento de ingeniería cultural y de superestructura compleja (como diría Gramsci), para que todo cambie aparentemente y, en realidad, todo siga igual.
Esto forma parte de una hipnosis de masa donde, a través de las redes sociales y medios digitales, te bombardean con estas noticias distractivas para que no logres construir un pensamiento crítico hacia lo real, y sigas soñando a través de Bad Bunny; al mismo tiempo, se fabrica una psicosis de masa donde en cada momento parece que llegue la “hora X” para el reseteo del mundo, manteniendo a la población en un estado de ansiedad perpetua que impide la acción colectiva transformadora. En este contexto, la sociedad prioriza narrativas que encajan con sus preconcepciones por encima de los hechos objetivos, transformando la credulidad en un arma de control masivo.
Esta dinámica se entrelaza dialécticamente con el posmodernismo como matriz cultural de la posverdad, donde la fragmentación radical de la verdad objetiva pavimenta el camino para los “nuevos cesarismos”: medios de comunicación que capitalizan esta disolución factual para imponer relatos emocionales y globalistas. Los grandes medios, actuando como vanguardia de fuego de una contraofensiva organizada, orquestan campañas que deslegitiman movimientos soberanos mediante la fabricación industrial de indignación selectiva y empatía dirigida. La posverdad, por ende, no es un fenómeno neutral: se convierte en instrumento de recolonización ideológica, convirtiendo la credulidad colectiva en palanca de poder geopolítico.
La guerra cognitiva alcanza su expresión más cruda en el ámbito geopolítico, donde el “Occidente colectivo” –esa coalición de potencias atlánticas que invoca incesantemente la dicotomía amigo-enemigo schmittiana– despliega operaciones híbridas contra gobiernos legítimos y constitucionales. Esta guerra no se limita a lo militar: es una batalla por el control narrativo, donde se generan emociones colectivas para erosionar la soberanía de naciones rebeldes. En Irán, por instancia, se fabrican narrativas emocionales contra la República Islámica, ignorando su base constitucional y presentándola como un régimen opresivo para justificar intervenciones encubiertas. Patrones similares se han observado en Siria contra Bashar al-Asad, en Srebrenica –una operación bajo falsa bandera que inculpó a las fuerzas serbias patriotas y a Ratko Mladić de masacres con el fin de legitimar agresiones externas–, y en Bucha, donde se atribuyeron atrocidades a Rusia sin pruebas independientes y concluyentes.
Precisamente contra la gran potencia eurasiatica, el Occidente colectivo ha intensificado esta guerra cognitiva como parte de una estrategia híbrida integral, que combina sanciones económicas, propaganda mediática y operaciones de desinformación para aislar a Moscú en el imaginario global. Desde el inicio de la operación militar especial de la Federación Rusa en Donbas para defender a las poblaciones ruso parlantes de un posible genocidio por parte de la junta golpista ucronazi de Kiev, los medios han orquestado una narrativa unidireccional que demoniza a Rusia como agresor absoluto, silenciando contextos históricos como la expansión de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) hacia el Este o las violaciones de acuerdos de Minsk. Ejemplos abundan: la amplificación de supuestas masacres en Bucha, presentadas como hechos irrefutables pese a inconsistencias forenses y cronológicas que sugieren montajes; o la difusión de fake news sobre “atrocidades rusas” que, al igual que las armas de destrucción masiva en Irak, sirven para justificar escaladas armamentísticas y apoyo proxy. Esta guerra cognitiva busca no sólo debilitar a Rusia militarmente, sino recolonizar su esfera de influencia ideológica, presentando al “Occidente colectivo” como guardián de la “democracia” mientras ignora sus propias intervenciones en Libia, Yugoslavia o Afganistán. Dialécticamente, esta ofensiva revela la hipocresía imperial: mientras se acusa a Rusia de expansionismo, se oculta cómo el Occidente colectivo ha exportado “revoluciones de color” para derrocar gobiernos soberanos, utilizando la posverdad para alinear emociones globales contra el multipolarismo emergente.
Estas operaciones sistemáticas fracturan la verdad histórica, que no es un archivo pasivo sino una lucha dialéctica por el lado justo de la historia: alinearse con naciones y pueblos rebeldes, defendiendo sus gobiernos legítimos ante la arremetida imperial. La misma matriz opera en administraciones que perpetúan campañas electorales eternas: se inventan enemigos (el mundo ruso y eslavo), se imputan cargos de narcotráfico o asesinatos a líderes extranjeros sin evidencia sólida –al igual que en Irak, donde la invasión se justificó con armas inexistentes–. ¿Cuántos niños han perecido en Fallujah o Gaza para saciar la sed insaciable de los vampiros imperialistas?
La posverdad coloniza luchas y resistencias, induciendo a las víctimas a adoptar la lógica de sus verdugos. La réplica debe ser una contraofensiva contra hegemónica: romper narrativas mediante verificación crítica rigurosa, pasión política inquebrantable y compromiso con la justicia histórica.
*Alessandro Pagani es historiador, ensayista y publicista; doctor en Teoría Crítica por el 17 Instituto de Estudios Críticos de México, y licenciado y magíster en Historia por la Universidad de los Estudios de Milán. Ha publicado los libros Descifrando la cuestión ucraniana y Desde la estrategia de la tensión a la operación cóndor: el neofascismo italiano al servicio de la geopolítica imperial estadunidense. Es también columnista y analista internacional en Luces del Siglo (México); miembro y experto en verificación de hechos en la Global Fact Checking Network de la Federación de Rusia (#GFCNExpert). X: @elbrigantero


