POR KUKULKAN
POCAS cosas resultan tan incómodas en política como tragarse las propias palabras. Y si alguien hoy está haciendo un visible esfuerzo por digerir discursos pasados, ese es Alejandro Moreno Cárdenas, mejor conocido como “Alito”, quien ha pasado de acusar traiciones a extender una mano —temblorosa, por cierto— a aquellos mismos priistas que hace no mucho señalaba como responsables de la debacle tricolor.
EL LLAMADO a ‘regresar a casa’ no es un gesto de nobleza política ni un acto de reconciliación histórica. Es, más bien, un grito que resuena en los pasillos vacíos de un partido que alguna vez fue maquinaria imbatible y hoy parece más bien una estructura en renta, con letrero de ‘se busca militancia’. Y es que seamos claros: cuando un dirigente que durante años descalificó a quienes abandonaron el barco ahora les pide volver —y hasta ofrece disculpas— no estamos frente a una estrategia, sino ante una urgencia. Una urgencia que tiene nombre y fecha: elecciones de 2027.
ESTA vez el PRI no compite; sobrevive. Y lo hace en un escenario cada vez más adverso, donde sus antiguos aliados comienzan a marcar distancia con una claridad que raya en la cortesía diplomática… o en el descaro político, según se mire. El PAN y Movimiento Ciudadano han dejado ver, sin demasiado rodeo, que no están dispuestos a cargar con el lastre tricolor en la próxima contienda.
NADA de alianzas automáticas, nada de salvavidas electorales. Cada quien por su cuenta, como si el PRI fuera ese pariente incómodo al que ya no se le invita a las reuniones familiares. Ante ello, la reacción de “Alito” no se hizo esperar. Fiel a su estilo, ha interpretado estas decisiones no como cálculos políticos legítimos, sino como una suerte de traición mayor: no al PRI, sino —según su narrativa— al pueblo de México.
PORQUE en el universo retórico del dirigente priista, todo aquel que no se alinea con su proyecto, automáticamente fortalece a Morena. La lógica es simple, aunque no necesariamente convincente: si no estás conmigo, estás contra el país. Más allá de los discursos inflamados, lo cierto es que el PRI enfrenta una realidad difícil de maquillar. La fuga de cuadros históricos, la pérdida de estructuras locales y la disminución de su peso electoral no son producto de conspiraciones externas, sino de un desgaste acumulado durante años.
BAJO ese contexto, el llamado al regreso de los ‘exiliados’ suena menos a reconciliación y más a rescate desesperado. No hay autocrítica interna, ¿qué ha cambiado realmente? ¿Las condiciones internas del partido? ¿El estilo de liderazgo? ¿O simplemente el nivel de urgencia? Para muchos de los que se fueron, la respuesta parece evidente. Y por eso, figuras relevantes han optado por mantener su distancia, dejando claro que las heridas no se cierran con una invitación pública ni con una disculpa a destiempo.
AHORA el PRI intenta reconstruirse con piezas que ya no encajan del todo, apelando a una nostalgia que difícilmente se traduce en votos. Si algo ha cambiado en la política mexicana, es que el electorado ya no responde con la misma fidelidad de antaño. Y en medio de este escenario, “Alito” lanza su mensaje como quien arroja una botella al mar: esperando que alguien, en algún lugar, decida regresar.
EL PROBLEMA es que, en política, los regresos no suelen darse por romanticismo, sino por conveniencia. Y hoy, esa conveniencia parece estar en otra parte. Así, el PRI se encuentra en una encrucijada donde el pasado pesa más que el futuro, y donde los llamados a la unidad suenan más a eco que a convocatoria real.
LA LECCIÓN ha sido que cuando los aliados se alejan, los militantes se van y el discurso se contradice, lo que queda no es un partido en reconstrucción… sino uno que lucha, con creciente dificultad, por no volverse irrelevante. Y en ese intento, “Alito” no sólo pide que regresen los que se fueron. Pide, en el fondo, que el PRI vuelva a ser lo que ya no es.


