José Réyez
Durante décadas, asociamos el crimen organizado y el terrorismo con el control de la tierra. Carteles, milicias y grupos insurgentes dominaban montañas, selvas y barrios pobres para sembrar coca, cobrar impuestos, traficar armas y someter poblaciones. Pero ese modelo territorial, laborioso y costoso, se está derrumbando.
En las próximas dos décadas, la delincuencia será más letal, más silenciosa y, paradójicamente, más barata, según Analistas de Seguridad y Tecnología del Brookings Institution organización de políticas públicas sin fines de lucro con sede en Washington
Grupos criminales transnacionales ya no necesitarán miles de sicarios ni extensas fronteras. Sólo necesitarán un algoritmo, una impresora 3D y una conexión a internet.
El dinero ya no está en la tierra, sino en la nube.
El documento “Futuro Criminal” (de próxima publicación) revela una tendencia imparable: las estafas con inteligencia artificial, el ransomware y el lavado con criptomonedas generan cientos de miles de millones de dólares al año.
Mientras tanto, producir drogas sintéticas como fentanilo o metanfetamina ya no requiere hectáreas de cultivo: basta con un sótano, precursores químicos y un manual descargado de internet. La tierra ya no es sinónimo de poder financiero. Los grupos criminales descubrieron que pueden extorsionar, estafar y saquear sin tener que disparar un tiro.
Violencia sin bombas, ataques sin combatientes.
Los drones comerciales modificados ya se usan para lanzar explosivos contra comisarías en México o para asesinar desde el aire. Pero eso es sólo el comienzo.
Los hackers pueden sabotear vehículos, electrodomésticos inteligentes o infraestructuras críticas con sólo pulsar una tecla. Un termostato, una aspiradora robot o un auto conectado pueden convertirse en un arma.
El terror ya no necesita reivindicación ni cadáveres expuestos: basta con que una familia sepa que su propia casa puede ser vulnerada. Y lo más inquietante: un pequeño equipo operando enjambres de drones puede tomar el control de un barrio o una carretera sin necesidad de decenas de sicarios.
La violencia se vuelve remota, masiva y anónima. Adiós al empleo criminal. El modelo tradicional de crimen territorial requería ejércitos de base: campesinos que cultivaran hoja de coca, traficantes que cruzaran fronteras, centinelas, recaudadores, jueces paralelos. Eso generaba empleo —ilegal, pero empleo— y con él, lealtad y control social.
Sin embargo, con la automatización de estafas, el uso de deepfakes para suplantar identidades y los drones de contrabando, los grupos criminales ya no necesitan miles de personas.
Un puñado de técnicos puede hacer el trabajo que antes requería un batallón. Esto tiene una consecuencia paradójica: los criminales perderán el capital político que ganaban como empleadores de los excluidos.
Al reducir su fuerza laboral, también perderán influencia en los barrios marginales y zonas rurales. El vacío que dejen será un desafío enorme para los Estados.
¿Qué territorios siguen siendo valiosos?
Aunque la desterritorialización avanza, no todo territorio pierde sentido. Los grupos seguirán necesitando refugios físicos fuera del alcance de la ley (como los hackers rusos o chinos protegidos por sus Estados).
También codiciarán las costas para el contrabando con drones marinos, y sobre todo, las zonas ricas en minerales críticos, agua, energía e infraestructura de datos. Porque en esta nueva era, el activo más preciado no es la tierra: son los datos.
Quien controle la información, quien pueda falsificar geolocalizaciones, robar identidades de drones legítimos o corromper custodios de datos, tendrá la ventaja decisiva. El dilema final: vigilancia o privacidad. Frente a esta amenaza difusa, las fuerzas de seguridad se verán forzadas a integrar las mismas tecnologías: IA predictiva, monitoreo digital, rastreo de criptomonedas.
Pero eso abrirá una herida profunda: ¿cuánta vigilancia estamos dispuestos a tolerar dentro de nuestros hogares para protegernos de criminales que ya no respetan fronteras? La respuesta determinará no sólo el futuro del crimen, sino el de nuestras libertades.
Bienvenidos a la era del crimen sin trabajo, sin tierra y sin límites. La única certeza es que el próximo gran golpe no lo dará un capo con ametralladora, sino un programador con acceso a tus datos.


