¿Jefa de Estado o espectadora?

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Rodolfo El Negro Montes

La silla presidencial siempre ha tenido un peso específico, pero en los últimos días, ese peso parece estar aplastando la narrativa de mando de Claudia Sheinbaum Pardo.

La pregunta que recorre los pasillos de la política nacional y los cuarteles militares no es qué está haciendo la presidenta, sino qué tanto le están ocultando.

Dos episodios recientes han dejado al descubierto una desconexión alarmante entre la Comandante Suprema de las Fuerzas Armadas y los operativos de alto impacto en el país.

El guion se repite con una frase que ya empieza a erosionar la investidura: “No estaba enterada”.

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Hace apenas unos días, el Ejército Mexicano encabezó una ofensiva quirúrgica para abatir a Nemesio Oseguera Cervantes, líder del CJNG.

Mientras el estruendo de las balas y los helicópteros sacudía el territorio, en la Ciudad de México el silencio era sepulcral.

Que la presidenta admita, por omisión o declaración, que el operativo se gestó a sus espaldas, no es un error de comunicación; es un síntoma de insubordinación informativa.

El segundo golpe llegó desde la Sierra Tarahumara.

Agentes de Estados Unidos, en coordinación con el gobierno estatal de Chihuahua, ejecutaron un operativo contra el narcotráfico que dejó a la Federación mirando desde la barrera.

Nuevamente, el Palacio Nacional y Sheinbaum desde Barcelona, España -en donde está de gira-, amanecieron con la noticia en los periódicos y no en la mesa de seguridad de las 6:00 AM.

La óptica pública es implacable.

Si Sheinbaum no sabía, es porque no le tienen confianza o porque existe un juego sucio dentro de territorio nacional para mantenerla al margen.

Un mandatario que se entera por la prensa del abatimiento de un capo como el Mencho o la participación de agentes de Estados Unidos en suelo mexicano, minuto a minuto pierde el control real sobre el Estado.

Se percibe una inercia donde las fuerzas castrenses y gobiernos estatales parecen seguir operando bajo códigos propios, o peor aún, respondiendo a lealtades que no necesariamente pasan por el filtro de la primera mujer presidenta.

En política, los vacíos se llenan.

Si la presidenta no ocupa el espacio de mando informativo, otros —sean gobernantes de oposición o agencias extranjeras— lo harán por ella.

¿Le resta poder? Sin duda.

La soberanía no sólo se defiende en los discursos de las plazas públicas; se ejerce en el control de las instituciones.

Que Chihuahua y Washington operen por su cuenta en suelo mexicano sin que la jefa del Ejecutivo valide la estrategia es una bofetada a la coordinación federal.

Claudia Sheinbaum se enfrenta a un dilema de hierro: o pone orden en su gabinete de seguridad y en los gobiernos estatales, y exige que la información fluya sin filtros, o acepta el rol de una presidenta que administra las formas mientras otros ejecutan el fondo.

La frase “no sabía nada” suena más a una confesión de debilidad que a una explicación válida.

Sin medias tintas: a la presidenta la están dejando fuera de la jugada.

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