La fragilidad del gigante turístico

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Marco Antonio Barrera

A pesar de la fortaleza turística del gigante del Caribe mexicano, Cancún sigue siendo una ciudad sumamente frágil en infraestructura.

Lo que la hace grande al destino es su imán para atraer turismo casi todo el año, y su capacidad de sobreponerse a tiempos difíciles.

Algo de lo que debemos sentirnos orgullosos es que Cancún es la puerta de entrada del turismo extranjero al país.

Tiene una infraestructura instalada de 216 hoteles con 47 mil 386 habitaciones, solo superada por la Riviera Maya. Cuenta también con 6 mil 220 rentas vacacionales.

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Su fortaleza radica también en su fuerza trabajadora de aproximadamente 500 mil personas que la mantienen a flote y dan brillo al destino.

Para dimensionar su capacidad de atracción turística, hay que citar su conectividad aérea de 35 aerolíneas con 22 destinos nacionales, 28 ciudades de Estados Unidos y 8 ciudades de Canadá.

Además, con 13 ciudades de centro, Caribe y Sudamérica, con 12 países de la región de Latinoamérica, 15 ciudades de Europa y 9 países de la región Europa.

Hay que reconocer, sin embargo, que a pesar de esta gran fortaleza, es una ciudad sumamente frágil y muy expuesta a las lluvias.

En Cancún basta un aguacero de mediana intensidad, de media hora, para que algunas de sus avenidas, calles y zonas habitacionales queden como lagunas urbanas. Es una realidad, aunque no guste.

El problema es que se ha convertido en una escena recurrente que afecta movilidad, actividad económica, vida cotidiana y la tranquilidad de miles de familias.

Culpar únicamente a la lluvia sería insuficiente e injusto. La planeación, políticas públicas y decisiones de gobierno y habitantes contribuyen, todos tienen mérito.

Este balneario tiene una condición geográfica particular. La ciudad se encuentra sobre un terreno de naturaleza kárstica, formado principalmente por roca caliza compuesta principalmente por carbonato de calcio, que es más blanda que el cobre.

Tiene una red subterránea de fracturas, cavernas y conductos por donde circula el agua. Aquí no existen ríos superficiales que conduzcan rápidamente el agua pluvial hacia el mar o a los ríos.

Una parte del desfogue pluvial depende de la infraestructura de captación y absorción del subsuelo mediante pozos y otras instalaciones hidráulicas.

Cuando cae una lluvia de no más de 30 minutos la situación colapsa y los llamados pozos de captación son insuficientes para desalojar con la velocidad que se requiere.

Aparecen calles inundadas, automóviles descompuestos, caos vial y zonas habitacionales que quedan bajo el agua durante horas o hasta días.

El desfogue del agua pluvial es muy lento. Mejor no hablar si la intensidad de agua es constante o que sea parte de una tormenta tropical o un huracán.

Otro problema que contribuye es el crecimiento urbano. Cada vez que se construye una calle, avenida, plaza comercial o zona habitacional se pierde terreno para la absorción natural del agua.

La ciudad ha sustituido progresivamente superficies naturales por infraestructura impermeable y, en consecuencia, una mayor cantidad de lluvia termina dependiendo del sistema pluvial.

Una de las soluciones no basta solamente en limpiar pozos de absorción cuando se aproxima una temporada de lluvias, ni tampoco atender los puntos críticos después de cada inundación.

Se debe conocer la capacidad real del sistema sanitario, identificar los sitios donde se concentra el agua, determinar cuáles pozos funcionan correctamente y establecer dónde resulta necesario construir infraestructura adicional.

Otro factor que contribuye es la gran cantidad de basura que existe. Aunque nos duela, esta es una ciudad que se ensucia mucho, por hábitos de la gente y por la falta de botes de basura en la vía pública.

La recolecta comercial se cobra y poner depósitos públicos arruinaría el negocio. Esa ha sido la mentalidad y ha prevalecido durante mucho tiempo, hay que decirlo.

La gran cantidad de basura en las calles, incluidos los residuos vegetales, ocasiona también coladeras obstruidas o registros saturados de residuos.

Igualmente, contribuye un pozo de absorción sin mantenimiento que reduce su capacidad de respuesta cuando más se necesita.

Al principio se dijo que no todo era culpa de una sola causa, no sería acertado ni tampoco justo. Cada inundación es también una radiografía de la ciudad.

Cuando se anega se culpa a las zonas bajas. Si ese fuera el criterio cada parte de la ciudad estaría hundida, no solo zonas habitacionales como Bahía Azul, La Donceles o Lombardo Toledano, según el Atlas de Riesgo municipal.

Las lluvias de la semana anterior mostraron que avenidas principales u otras zonas están igualmente expuestas a quedar anegadas, sin ser zonas bajas.

Una ciudad como Cancún no puede depender de que la lluvia sea moderada para mantener la tranquilidad de sus habitantes o que funcionen sus vialidades.

Tampoco podemos acostumbrarnos a que cada aguacero veamos automóviles atrapados, calles anegadas y ciudadanos atrapados en el agua.

Mucho menos podemos aceptar que cientos de familias viven en zozobra ante el temor de que en unas horas puedan perder su tranquilidad, y de paso todas sus pertenencias. Eso debería de dejar de repetirse cada que llueve. La preocupación escala al tratarse de una tormenta tropical o de huracán, ya se sabe lo que puede ocurrir.

El desafío entonces puede ser la prevención, revisar la capacidad de pozos de absorción, ampliar la infraestructura y construir la que haga falta, aunque eso no se vea ni deje votos.

Hay que mantener también libres los sistemas de captación, ordenar el crecimiento urbano y establecer criterios más estrictos para las construcciones. Y, sobre todo, constatar y estar al tanto del mantenimiento a la red pluvial.

Cancún no puede evitar la lluvia ni los fenómenos hidrometeorológicos, pero sí puede prepararse para recibirlos.

Los habitantes tienen derecho a conocer las acciones y los recursos que se destinan a cada labor. Debe ser una cuestión de transparencia, conocer cuánto se dispone y cómo se gasta, es igual de importante.

Mientras cada aguacero siga convirtiendo determinadas zonas de la ciudad en puntos de inundación, el problema no será únicamente meteorológico, será también urbano.

Y ya es tiempo que reconozcamos que falló la planeación de Cancún. Ya no es momento de sentirnos orgullosos y voltear la vista ante los problemas.

Hay que corregir lo que se hizo mal y poner manos a la obra a lo que hace falta. Debemos jalar la carreta y recomponer el rumbo, por muy pesada que sea la carga. El destino lo vale.

En X: @mabtirado1

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