La nueva receta de Claudia: capital sin rendición

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POR KUKULKAN

ALGO extraño está ocurriendo en Palacio Nacional: a la iniciativa privada ya no la reciben en la puerta como al cobrador que llegó en la quincena equivocada. Ahora le ofrecen silla, café y, si trae suficiente dinero, hasta proyecto de infraestructura. Claudia Sheinbaum parece haber entendido algo elemental que durante el sexenio anterior se decía con bastante menos entusiasmo: para transformar un país también hace falta capital, y si el presupuesto público no alcanza para carreteras, electricidad, gasoductos y demás juguetes caros del desarrollo, habrá que buscar quién abra la cartera.

NO SIGNIFICA que la presidenta haya amanecido neoliberal ni que haya escondido debajo del escritorio una fotografía de Carlos Salinas. El modelo que impulsa mantiene la rectoría del Estado y limita las viejas concesiones donde el privado se quedaba hasta con las llaves del edificio. Pero el cambio de acento existe. Para 2026-2030, el Gobierno plantea movilizar 5.6 billones de pesos en infraestructura pública y mixta, mientras que sólo en electricidad y gasoductos proyecta casi 1.2 billones durante el sexenio. En generación eléctrica, alrededor de 452 mil millones vendrían mediante proyectos mixtos y casi 200 mil millones de inversión privada directa.

DURANTE su administración, Andrés Manuel López Obrador también utilizó algunos esquemas de participación privada —conviene decirlo para que nadie saque el escapulario ideológico—, pero lo hizo entre desconfianzas hacia concesiones, asociaciones público-privadas y contratos heredados. Sheinbaum está institucionalizando y ampliando esa colaboración, aunque insiste en que la concesión, el control estratégico y buena parte de los activos permanezcan en manos públicas. Dicho de otra manera: no cambió de iglesia; simplemente descubrió que para reparar el campanario también puede convenir que coopere el vecino rico.

Y SOBRAN razones para ponerse pragmática. Del otro lado del Río Bravo gobierna Donald Trump, quien convirtió los aranceles en herramienta favorita de política exterior y comercial y mantiene sobre México exigencias permanentes en seguridad, narcotráfico, migración y comercio. Inclusive dentro de Estados Unidos esta receta comienza a cobrar factura: una encuesta reciente encontró que 64 por ciento de los estadounidenses considera que Trump ha ido demasiado lejos con los aranceles. México, mientras tanto, hace algo que en Washington suele resultar incómodo: coopera, pero insiste en soberanía.

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LA DIFERENCIA parece semántica hasta que uno mira hacia el sur. Javier Milei convirtió a Argentina en uno de los aliados latinoamericanos más cercanos a Trump. Y Washington sí correspondió: utilizó su influencia para respaldar un programa de 20 mil millones de dólares del FMI y puso otros 20 mil millones disponibles mediante un swap. Generosidad considerable, ciertamente. Pero eso confirma otra cosa: Estados Unidos ayuda cuando sus propios intereses coinciden; no porque reparta certificados de amistad eterna.

EN ECUADOR, Daniel Noboa profundizó todavía más la cooperación. Su gobierno y Washington han acumulado decenas de compromisos bilaterales, principalmente en seguridad. Sin embargo, esa estrechísima alianza no ha conseguido borrar la violencia que continúa golpeando al país y, además, ha provocado cuestionamientos por operaciones de seguridad y derechos humanos. Y Venezuela ofrece una lección todavía más pintoresca. Sectores opositores que durante años esperaron que Washington les extendiera la alfombra descubrieron que la Casa Blanca tiene prioridades propias.

EL GOBIERNO de Trump ha impulsado conversaciones con chavistas, privilegiado estabilidad y negocios petroleros y mantenido diferencias con María Corina Machado sobre los tiempos de la transición. Moraleja del serpentario: en geopolítica nadie regala flores; entrega facturas. Quizá por eso Sheinbaum ha optado por algo mucho menos romántico que las consignas: conseguir inversión, conservar control estatal y fortalecer la economía antes de que desde Washington llegue la siguiente exigencia. No parece traición a la 4T. Parece algo todavía más peligroso para los puristas: pragmatismo. Y ya se sabe que en política los principios son importantísimos… hasta que llega la cuenta de la luz.

@Nido_DeViboras

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