Arde Morena por dentro

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  • Los perfiles de “huéspedes incómodos” que avergüenzan a la militancia de Morena y representan un peligro para la 4T.
FELIPE VILLA

CIUDAD DE MÉXICO.- En los pasillos de Morena ya no se habla sólo de estrategias electorales ni de reformas constitucionales. Hay un murmullo cada vez más intenso, casi un grito contenido, que exige coherencia y congruencia. En el partido que surgió con la promesa de renovar la política mexicana, la presencia de ciertos perfiles ha comenzado a incomodar incluso a sus militantes más fieles. El movimiento de sacudirse a los “infiltrados del viejo régimen” ha comenzado a tomar forma.

La llegada —o reincorporación— de figuras con pasados controvertidos ha encendido los ánimos dentro del partido guinda. Para muchos, personajes como Cuauhtémoc Blanco y Sergio Mayer representan todo lo que Morena prometió combatir: improvisación, escándalos personales, y una relación laxa con los principios de la Cuarta Transformación.

Blanco, exgobernador de Morelos y ahora diputado federal, enfrenta graves acusaciones, incluida una denuncia por violación en grado de tentativa, interpuesta por su propia media hermana. A pesar de ello, la mayoría morenista en la Sección Instructora de la Cámara de Diputados optó por desechar el juicio de desafuero, y la votación en el Pleno apoyó esa resolución.

La reacción fue inmediata: diputadas del propio partido protestaron airadamente en el Pleno, exigiendo una postura más firme. La imagen de Morena que defiende a las mujeres y combate la impunidad se vio profundamente cuestionada.

El caso de Sergio Mayer fue menos escandaloso en lo legal, pero igual de ruidoso en lo simbólico. El actor, que durante años criticó al propio expresidente Andrés Manuel López Obrador, se manifestó en contra del Tren Maya y participó en marchas a favor del INE, fue reinsertado como diputado plurinominal en 2024.

La decisión encendió las redes sociales y provocó abucheos en eventos públicos. En el Centro Cultural Los Pinos, los gritos de “¡Fuera Mayer!” revelaron una base militante que no olvida.

La fractura interna quedó expuesta. Citlalli Hernández, entonces secretaria general del partido, no escondió su disgusto y atribuyó la decisión directamente a Mario Delgado, quien era el dirigente nacional de Morena.

En contraste, Rafael Barajas “El Fisgón”, justificó la inclusión como una jugada estratégica para asegurar votos clave en la aprobación de reformas. El mensaje entre líneas fue claro: la unidad importa más que la historia personal de los cuadros que se suman.

El entonces presidente López Obrador evitó profundizar en el tema. Su respuesta fue tibia: elogios a “El Fisgón” y un llamado a la unidad, sin mencionar a Mayer por nombre.

La presidenta Claudia Sheinbaum, por su parte, ha sido más cauta, aunque no ha desestimado las críticas que estos casos generan en la base morenista.

El caso de Miguel Ángel Yunes Márquez, proveniente de una de las dinastías más identificadas con la derecha panista, ha encendido alarmas en Veracruz y más allá. Su afiliación a Morena fue rechazada de inmediato por figuras como la gobernadora Rocío Nahle, quien anunció una impugnación formal por considerar que Yunes no representa ni los valores ni el proyecto del movimiento. Las bases en Veracruz también han reaccionado con molestia, acusando a la dirigencia nacional de abrir la puerta a perfiles incompatibles con la Cuarta Transformación.

Algo similar ocurre con Pedro Haces, exsenador y líder sindical vinculado a prácticas de viejo cuño. Su incorporación ha sido defendida por Sheinbaum bajo el argumento de una “política de alianzas” necesaria para ganar elecciones.

Pero entre los cuadros duros del partido, la inclusión de Haces ha sido vista como una señal preocupante de pragmatismo desbordado, que pone en riesgo la credibilidad del movimiento.

Para una parte creciente de la militancia, este tipo de decisiones no sólo contradicen los principios éticos que dieron origen a Morena, sino que alimentan el desencanto y el desapego ciudadano.

Si Morena fue concebido como la alternativa a los vicios del pasado, preguntan muchos, ¿cómo justificar hoy el cobijo a quienes encarnan justamente esos vicios? La tensión entre pragmatismo y convicción ya no es una disputa de cúpulas: es un debate que hierve en las entrañas del partido.

Mientras tanto, la militancia empieza a moverse. Grupos internos, especialmente jóvenes y mujeres, han comenzado a articular discursos y acciones que buscan evitar que Morena se transforme en un “frente sin rostro”. Para ellos, no se trata solo de ganar elecciones, sino de preservar la esencia ética y política que dio origen al partido.

La tensión crece. El dilema está planteado: ¿hasta dónde está dispuesto Morena a sacrificar coherencia por pragmatismo? ¿Y cuántos “invitados incómodos” más resistirá su base antes de que el movimiento decida depurarse desde adentro?

El problema ya no es solo quién entra al partido. Es lo que cada uno representa. Y en Morena, cada vez más voces advierten: no se puede hablar de transformación verdadera con el pasado sentado en primera fila.

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