Inteligencia compartida, soberanía blindada: la apuesta de Sheinbaum

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  • Acuerdo en seguridad entre EU y México no implica intervencionismo, el mayor reto para Sheinbaum será el mantener la rectoría del territorio nacional.
FELIPE VILLA

CIUDAD DE MÉXICO.- El nuevo acuerdo de seguridad entre México y Estados Unidos, que la presidenta Claudia Sheinbaum dijo que está a punto de firmarse, marca un precedente histórico en la relación bilateral, pero también abre la puerta a un delicado equilibrio: el de fortalecer la cooperación sin comprometer la soberanía.

Aunque aún no se firma formalmente, el pacto ya genera expectativas y comparaciones inevitables con otros acuerdos de seguridad que ha establecido Washington en el mundo.

De acuerdo con lo expuesto por Sheinbaum, el convenio incluye la colaboración para frenar el ingreso de precursores de fentanilo, limitar el tráfico de armas desde Estados Unidos hacia México, compartir inteligencia bilateral y atender las adicciones con campañas escolares y comunitarias.

“Son cuatro los ejes que rigen este acuerdo: respeto a la soberanía, confianza mutua, respeto a nuestro territorio y colaboración”, señaló.

Este enfoque podría parecer inédito, pero en realidad responde a una fórmula ya ensayada en distintos rincones del planeta. Basta mirar a Filipinas, Japón, Australia, o más recientemente Ucrania, donde Estados Unidos ha suscrito acuerdos similares con resultados mixtos.

Filipinas, por ejemplo, firmó el EDCA (Enhanced Defense Cooperation Agreement) que le permite a Estados Unidos usar bases militares estratégicas y almacenar armamento. El acuerdo fortaleció su posición frente a China, pero a cambio generó críticas internas por una supuesta pérdida de soberanía y autonomía militar.

Si bien ha mejorado la capacidad de respuesta ante desastres y amenazas regionales, sectores políticos y sociales filipinos lo perciben como una subordinación encubierta.

En Japón, el Tratado de Seguridad con Estados Unidos ha servido como escudo disuasivo en Asia Oriental, pero a un costo social elevado. Las bases militares, particularmente en Okinawa, han provocado décadas de protestas ciudadanas por su impacto ambiental y las tensiones con las comunidades locales.

En el caso de Ucrania, el acuerdo de seguridad firmado este año, en plena guerra con Rusia, consolidó el respaldo occidental. Washington y otras 23 naciones ofrecen entrenamiento, producción armamentista y defensa conjunta. El beneficio es claro: una mayor capacidad de defensa. Pero también implica una dependencia crítica de la ayuda extranjera y una participación más profunda en una guerra prolongada.

México, sin embargo, ha dejado claro que su convenio con Washington será de otra naturaleza. No contempla presencia militar extranjera, ni bases ni despliegues tácticos. Es, en palabras de Sheinbaum, una colaboración basada en inteligencia compartida, control de flujos ilícitos y prevención social.

Aquí es donde radica la singularidad y el desafío. El gobierno mexicano busca posicionarse como socio estratégico sin renunciar al control interno, algo que ni Filipinas ni Afganistán lograron sostener en su momento. Según expertos, el éxito del acuerdo dependerá de la capacidad del Estado mexicano para mantener la rectoría sobre el territorio y evitar una subordinación disfrazada de cooperación.

Marcelo Ebrard, secretario de Economía y uno de los arquitectos del acuerdo, calificó la negociación como “ejemplar”. Subrayó que no hubo concesiones y que México se mantiene como interlocutor en condiciones ventajosas.

“No se entregó soberanía ni se permitió intervención. Es un acuerdo en pie de igualdad, que busca fortalecer nuestras capacidades desde adentro”, aseguró.

Además, el componente de prevención de adicciones y salud pública representa un giro importante respecto a tratados anteriores, que priorizaban el enfoque punitivo.

“Trump se interesó particularmente en nuestras campañas escolares contra el fentanilo y metanfetaminas. Incluso preguntó por su impacto”, relató Sheinbaum tras la llamada con el presidente estadounidense.

En prospectiva, si el acuerdo logra cumplir sus objetivos sin abrir la puerta a nuevas formas de injerencia, México podría convertirse en un modelo de cooperación hemisférica.

Pero si los mecanismos de inteligencia compartida derivan en acciones unilaterales o presión sobre decisiones internas, el acuerdo podría encender las mismas alarmas que hoy suenan en otros países aliados de Washington.

Por ahora, la firma del documento está prevista para la próxima semana. Será entonces cuando se conozcan los detalles finos del texto y se pueda evaluar con mayor precisión si este pacto marca el inicio de una etapa de corresponsabilidad madura, o si terminará siendo otro capítulo en la larga historia de los acuerdos asimétricos entre el norte y el sur.

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