Rodolfo, El Negro Montes
Lo que está sucediendo en la frontera sur, entre México y Guatemala, no es un simple reacomodo de plazas. Es una guerra abierta, brutal y despiadada, que tiene un nombre y un apellido: Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG). Y de este lado, el gobierno, otra vez, llega tarde y a medias, como si no entendiera que la línea divisoria es ya un polvorín.
Hace tiempo que la hegemonía del Cártel de Sinaloa (CDS) en el corredor de Chiapas y Guatemala —esa ruta estratégica para la cocaína que sube desde el sur— se vio desafiada. Hoy, el CJNG está jugando a la “limpieza” con una fiereza que recuerda las épocas más oscuras de Los Zetas. Y no sólo se confrontan con sus rivales; la sangre ya manchó el uniforme de las fuerzas de seguridad de ambos países.
El modus operandi del CJNG es el que ya conocemos: violencia extrema, intimidación directa y el despliegue de su músculo armado en territorios donde antes el poder se ejercía de forma más sutil. Avistamientos y Retenes: Las autoridades guatemaltecas, con cautela (por no decir miedo), han alertado sobre la presencia de sicarios del CJNG operando ya en su territorio.
No es sólo un cruce ocasional; se han detectado casas de seguridad y hasta la instalación de retenes para revisar vehículos y personas a plena luz del día en sitios cercanos a la línea divisoria. Esto ocurrió en el límite de Chiapas y Huehuetenango, a vista de todos.
Ataques Directos: La tensión escaló a la confrontación directa. Reportes recientes (que manejan cifras que van al alza, hasta ocho muertos) confirman choques armados donde ha habido bajas del lado guatemalteco, incluyendo un militar herido. Los grupos armados mexicanos no dudan en disparar contra los puestos de control del Ejército de Guatemala si se interponen en su camino.
Archivos de la Guerra: La propia cultura popular se ha convertido en bitácora criminal. Los narcocorridos que se difunden en plataformas digitales no son sólo música: son crónicas que exponen jerarquías, alianzas con estructuras locales (como el denominado Cártel Chiapas-Guatemala) y la brutalidad de la disputa por el control territorial de Frontera Comalapa, Mazapa y otros puntos clave.
El gobierno mexicano ha tenido que reforzar el despliegue militar en la zona. Vemos ahora a Marinos y soldados peinando los caminos estrechos que conectan hacia Centroamérica. Pero el problema es de fondo: la respuesta es reactiva, no preventiva. Se actúa cuando la crisis humanitaria ya desplazó a cientos de personas de sus hogares, y cuando las tensiones diplomáticas se avivan porque los sicarios cruzan la línea como si fuera un paso de banqueta.
El crimen organizado no pide permiso para expandirse. Ya lo vimos con Los Zetas, y ahora el CJNG está repitiendo el patrón con la misma o mayor saña, usando a la frontera como un trampolín para controlar la ruta más importante de la cocaína hacia Norteamérica. Es la historia de siempre, pero con un nuevo actor aún más violento. O se les frena de tajo y con coordinación binacional efectiva, o esa frontera seguirá siendo un campo de exterminio silenciado por la geografía.


