POR KUKULKAN
DURANTE más de siete décadas, México fue gobernado por una élite política que perfeccionó un arte: hablar de justicia social mientras repartía privilegios; invocar al Estado fuerte mientras lo adelgazaba para entregarlo en cómodas concesiones. Ese régimen —hoy nostálgicamente rebautizado como “democracia institucional”— aplaudió, encumbró y protegió a un grupo empresarial que creció al calor de privatizaciones, contratos y relaciones aceitadísimas con el poder.
ERAN los tiempos del neoliberalismo, aunque entonces no se le llamaba así: se le decía “modernización”.
HOY, paradójicamente, esos mismos actores políticos que gobernaron bajo esa lógica levantan la ceja, se llevan la mano al pecho y gritan escándalo porque algunos de aquellos empresarios —los mismos, sin cambios de apellido ni de fortuna— hacen negocios con los gobiernos de la llamada Cuarta Transformación. El problema, al parecer, no es el contrato, sino quién lo firma desde Palacio.
EL DISCURSO opositor acusa a la izquierda en el poder de “traicionar” su narrativa anti-neoliberal por entenderse con figuras como Carlos Slim. Se habla de incongruencia, de simulación, de continuidad disfrazada. Lo curioso es que quienes formulan estas críticas son los mismos que durante décadas gobernaron con esos empresarios sin que la palabra “conflicto de interés” les provocara urticaria. Entonces no era connivencia: era visión de Estado.
SLIM es el ejemplo perfecto para esta tragicomedia política. Forjado en la era de las privatizaciones, símbolo del México que apostó por vender activos públicos a precio de ganga y celebrar la concentración económica como éxito nacional, hoy es presentado como prueba irrefutable de que la 4T no rompió con el pasado. Pero Slim no cambió. Cambió el gobierno. Y ahí radica la incomodidad.
PORQUE la izquierda propositiva —esa que llegó al poder prometiendo desmontar el andamiaje neoliberal— no encontró, ni parece buscar, una ruptura frontal con el empresariado. Optó por el pragmatismo: obras, infraestructura, inversión. El mensaje fue claro: aquí no se expropia, se negocia. Y el empresariado entendió el idioma a la perfección. No hubo fuga de capitales ni rebelión abierta. Hubo acuerdos, contratos y, sobre todo, continuidad en las ganancias.
ESA REALIDAD desarma el relato de quienes sueñan con una cruzada empresarial contra López Obrador primero y Claudia Sheinbaum después. El gran bloque económico no salió a las calles, no financió abiertamente una resistencia épica, no jugó a la desestabilización. Al contrario: se sentó a la mesa, firmó convenios y siguió haciendo negocios. Con menos estridencia ideológica y más hojas de cálculo.
AHÍ ESTÁ la contradicción que incomoda a la oposición: el empresariado que supuestamente debía temerle a la izquierda no sólo sobrevivió, sino que prosperó. No hay comunicados airados ni rupturas públicas. Hay silencio, que en política suele significar acuerdo. Un acuerdo que no se presume, pero se disfruta. La ironía es brutal. Quienes gobernaron México durante más de setenta años no logran hoy articular un proyecto alternativo que seduzca, siquiera en público, a ese mismo poder económico que antes los respaldaba.
PERO no porque el empresariado se haya vuelto ideológicamente progresista, sino porque aprendió la lección más antigua del poder: adaptarse al que manda. La 4T y su continuidad con Sheinbaum no derrotaron al neoliberalismo en el sentido doctrinario. Lo despojaron de su retórica grandilocuente y lo redujeron a lo que siempre fue: un método para hacer negocios con el Estado. Cambió el discurso, no el tablero. Y en ese tablero, los jugadores fuertes siguen moviendo fichas con precisión quirúrgica.
Y MIENTRAS la oposición denuncia una izquierda “vendida” y sueña con un empresariado insurgente que nunca llega, los grandes capitales practican su deporte favorito: el pragmatismo. No juran lealtad eterna, no militan en discursos, no se inmolan por ideologías. Se acomodan. Y les va bien. Tal vez el verdadero veneno de este nido no esté en los contratos ni en los nombres propios, sino en la hipocresía de quienes hoy se escandalizan por un sistema que ellos mismos diseñaron. Lo que más les duele no es que el modelo continúe, sino que ya no lo administran ellos.


