Sergio León Cervantes
La captura de Nicolás Maduro no fue un acto impulsivo ni una escena de fuerza improvisada. Fue una decisión fría, jurídica y profundamente política: Estados Unidos dejó de tratar a Venezuela como un problema diplomático y comenzó a tratarla como un expediente penal de seguridad nacional.
El giro es sutil, pero brutal. Washington ya no habla de un presidente incómodo; habla de un líder de una organización criminal transnacional. Bajo esa narrativa, Maduro deja de ser jefe de Estado y se convierte en imputado. Y cuando el enemigo se redefine como terrorista, la política exterior se transforma en aplicación de la ley.
La base legal que invoca Estados Unidos no está en la ONU, está en su derecho interno. Cargos por narcotráfico agravado, conspiración para introducir cocaína, delitos de armas y, sobre todo, narco-terrorismo. Esta figura permite extender jurisdicción fuera de sus fronteras cuando la amenaza impacta directamente a su seguridad. El marco legal no es nuevo; lo nuevo es la decisión política de usarlo sin complejos.
¿Por qué nadie hace nada? Porque el derecho internacional tiene un talón de Aquiles: no tiene policía. La ONU actúa sólo cuando las grandes potencias coinciden, y aquí no coinciden. El mundo no guarda silencio por aprobación, sino por cálculo.
Estados Unidos sostiene que durante años el régimen venezolano protegió rutas de narcotráfico, toleró redes criminales y permitió que la migración masiva se convirtiera en un problema de seguridad regional. Bajo esa lógica, la captura no es intervención: es contención. Justicia, no guerra. Orden, no invasión.
Y aquí aparece una señal que en México no deberíamos ignorar.
En los últimos meses hemos visto cómo funcionarios públicos de alto rango han perdido visas estadounidenses. No es un castigo menor ni un trámite administrativo. Es, en términos geopolíticos, la primera capa de presión. Antes de las sanciones vienen las restricciones; antes del señalamiento público, el aislamiento silencioso. Las visas no se retiran por cortesía diplomática, se retiran cuando hay alertas, expedientes o riesgos reputacionales que Washington decide activar.
Ese es el preámbulo.
Si el mundo empieza a normalizar que el crimen organizado sea tratado como terrorismo, y que los Estados incapaces de contenerlo sean vistos como amenazas transnacionales, el debate deja de ser ideológico y se vuelve preventivo. México enfrenta una crisis de seguridad evidente: territorios fragmentados, economías criminales robustas y organizaciones con capacidad financiera, logística y armamentista.
El riesgo no es una intervención mañana. El riesgo es el precedente. Que la narrativa cambie: de “problema interno” a “amenaza regional”. De cooperación bilateral a presión extraterritorial. No con tanques, sino con designaciones, cierres financieros, cancelaciones de visados y decisiones unilaterales.
¿Qué sigue ahora? En Estados Unidos, un proceso judicial complejo que pondrá a prueba jurisdicción, debido proceso e inmunidades. En Venezuela, una nación en pausa: continuidad institucional cuestionada, legitimidad fracturada y una transición incierta.
Los beneficios potenciales existen, pero son condicionales. En el mejor escenario: estabilización política, reactivación económica y menor presión migratoria. En el peor: fragmentación, violencia y un nuevo manual de cómo el poder global administra a los Estados débiles.
El dilema no es Maduro. Es el mensaje.
Entramos a una era donde la soberanía ya no se pierde con ejércitos, sino con acusaciones penales. Donde la guerra no se declara, se judicializa. Y donde ignorar los problemas de seguridad interna deja de ser sólo un error doméstico… para convertirse en un riesgo internacional.
¡Hasta la próxima semana, con nuevos retos y oportunidades!
Sin miedo a la cima, que el éxito ya lo tenemos.
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