POR KUKULKAN
EN POLÍTICA internacional, como en las cantinas, siempre hay alguien que compara la botella actual con la de los años dorados. El problema es cuando la nostalgia se usa como argumento diplomático. Esta semana, el inquilino de la Casa Blanca soltó la frase con filo: que no estaba tratando con Winston Churchill. Traducción libre: en Bruselas y Londres no hay gigantes, sino burócratas.
EL DETALLE es que, cuando uno invoca a Churchill, inevitablemente aparece en la escena su contraparte histórica: Franklin D. Roosevelt. Y ahí es donde la comparación deja de ser épica y empieza a ser incómoda. Roosevelt gobernó con el agua al cuello: la Gran Depresión primero y la Segunda Guerra Mundial después. No tuiteaba bravatas; encendía la radio y, con sus “charlas junto a la chimenea”, le explicaba a un país en ruinas por qué el Estado debía intervenir, regular, invertir y proteger. Amplió el tamaño del gobierno federal sin pedir disculpas y construyó el andamiaje del orden internacional que dominaría la segunda mitad del siglo XX.
ENFRENTE tenemos a Donald Trump, empresario antes que político, devoto del lema America First y convencido de que las alianzas se pesan en la báscula del déficit comercial. Donde Roosevelt veía arquitectura institucional, Trump ve contratos. Donde uno hablaba de sacrificio compartido, el otro habla de facturas pendientes. FDR entendía el poder como responsabilidad histórica; Trump lo ejerce como negociación permanente. Roosevelt expandió el Estado para rescatar a los bancos y luego regularlos; Trump recorta regulaciones y presume la desconfianza hacia el aparato federal. El primero diseñó un tablero global; el segundo prefiere dinamitarlo si no le favorece la jugada.
ASÍ QUE cuando desde Washington se desliza la queja de que ‘no estamos tratando con Churchill’ ante la actitud de Reino Unido de no colaborar con la guerra en Medio Oriente, la ironía se escribe sola. Porque en la residencia oficial de Downing Street tampoco es que esté despachando el viejo león británico, sino Keir Starmer, abogado de modales sobrios, más técnico que incendiario, que llegó al poder prometiendo estabilidad tras años de turbulencia conservadora. Starmer no fuma puros ni declama discursos de guerra; administra daños, recompone puentes y habla el lenguaje gris de la gestión pública. Pero quizá alguien en Londres debió responder con la misma moneda retórica: “Y nosotros tampoco estamos hablando con Roosevelt”.
Y ES QUE si la comparación es con la generación que derrotó al fascismo y diseñó el orden multilateral, la vara es altísima para todos. Churchill y Roosevelt no eran almas gemelas; eran aliados por necesidad histórica. Uno aportaba resistencia moral; el otro, músculo industrial y visión institucional. De esa dupla nació un sistema de reglas, organismos y equilibrios que, con todos sus defectos, evitó una tercera guerra mundial entre potencias. No fue magia: fue cálculo, pragmatismo y conciencia del momento.
EL TONO es otro hoy. La política exterior se parece más a una sala de juntas que a una conferencia de Yalta. Se habla de aranceles, de contribuciones insuficientes, de ventajas desiguales. El lenguaje de la épica ha sido sustituido por el de la contabilidad. Y en ese cambio de registro se asoma la verdadera diferencia de perfiles. Roosevelt pensaba en décadas; Trump en ciclos electorales y balances comerciales. FDR buscaba cimentar instituciones; Trump prefiere renegociarlas —o abandonarlas— si no le resultan favorables.
UNO HABLABA de libertades frente a la tiranía; el otro de fronteras frente a la competencia. Nada de esto convierte a uno en santo ni al otro en villano. Roosevelt también tomó decisiones polémicas y concentró poder en tiempos extraordinarios. Trump, por su parte, conecta con una parte del electorado que se siente olvidada por la globalización que aquel orden ayudó a crear. Por eso la diferencia de estilos importa, y las comparaciones históricas son armas de doble filo. Invocar a Churchill es invocar también a Roosevelt.
Y SI EL RECLAMO es que en Europa ya no hay titanes, en Washington tampoco gobierna el arquitecto del New Deal. Tal vez la diplomacia contemporánea necesite menos fantasmas ilustres y más realismo sin nostalgia. O, al menos, un poco de memoria antes de repartir certificados de grandeza histórica. En este Nido de Víboras la moraleja es simple: cuidado con citar a los gigantes del siglo XX para medir a los políticos del XXI. A veces el eco devuelve una pregunta incómoda: ¿de verdad estamos a la altura de aquellos con quienes nos comparamos?


