Entre el pecado y el delito

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POR KUKULKAN

EN MÉXICO ha existido una vieja frontera moral que a veces parece más bien una línea de gis: la que separa el pecado del delito. Y pocas historias la ilustran mejor que la larga y sinuosa relación entre el narcotráfico y la Iglesia católica. Mientras el Estado castiga delitos, la Iglesia absuelve pecados. Y en ese pequeño detalle jurídico-teológico cabe buena parte del drama nacional.

DESDE hace décadas, el narco mexicano ha cultivado una religiosidad peculiar. No la de los místicos ni la de los teólogos, sino una fe práctica, casi utilitaria: rezar antes de la operación, agradecer después del cargamento y, de ser posible, financiar la fiesta patronal del pueblo. Así, entre ráfagas de AK-47 y procesiones de Semana Santa, se ha tejido una relación tan incómoda como persistente.

LOS CAPOS pueden ser sanguinarios en el negocio, pero sorprendentemente devotos en lo privado. El caso más célebre es el de Joaquín ‘El Chapo’ Guzmán, antiguo líder del Cártel de Sinaloa, quien en varias de sus propiedades tenía capillas y altares donde, según testimonios, se detenía a rezar con disciplina casi monástica. Una paradoja muy mexicana: dirigir uno de los imperios criminales más grandes del mundo… y al mismo tiempo pedir protección divina antes de cada jornada.

PERO esa mezcla de pólvora y rosarios no surgió de la nada. Desde los años setenta, cuando el narcotráfico comenzó a consolidarse en regiones rurales del país, muchos capos crecieron en comunidades profundamente católicas. La iglesia del pueblo no era sólo un templo: era el centro social, moral y simbólico de la comunidad. Cuando algunos de esos jóvenes terminaron convertidos en traficantes, no dejaron atrás su universo religioso. Simplemente lo adaptaron a su nueva vida criminal.

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EL RESULTADO fue una especie de religiosidad paralela: narcotraficantes que financian iglesias, pagan peregrinaciones o levantan capillas privadas en sus ranchos. En algunos casos, incluso desarrollaron devociones propias. El fundador de La Familia Michoacana, Nazario Moreno González, llegó a redactar textos pseudo-religiosos que mezclaban moral cristiana con disciplina criminal, una especie de catecismo armado para sus sicarios.

SIN EMBARGO la relación con la Iglesia institucional siempre ha sido más compleja. Por un lado, el clero sostiene —con razón doctrinal— que su misión es atender espiritualmente a todos los pecadores, incluso a los más graves. El confesionario no distingue entre un ladrón de gallinas y un jefe de cártel. Por otro lado, esa misma lógica ha permitido que narcotraficantes encuentren en el ámbito religioso un espacio de legitimidad social.

EN PUEBLOS donde el Estado apenas aparece, el capo que dona para restaurar la iglesia o pagar la fiesta del santo patrono puede convertirse en benefactor comunitario. Nadie pregunta demasiado de dónde salió el dinero. Al fin y al cabo, se trata de una obra para Dios. La línea moral vuelve a difuminarse. Y así, mientras los fiscales persiguen delitos, el sacerdote escucha pecados. El problema es que, en el universo del narcotráfico, la diferencia entre ambos puede ser apenas semántica.

Y ES QUE cuando un capo entra al confesionario y enumera sus culpas —violencia, tráfico, corrupción— lo que en el mundo civil sería información criminal, dentro del sacramento se vuelve secreto absoluto. El sacerdote no puede revelarlo. Ni siquiera para evitar otro crimen.

LA IGLESIA defiende este principio como inviolable, una regla milenaria del sacramento de la confesión. Pero en el contexto mexicano, donde el narcotráfico ha penetrado todos los niveles sociales, la escena adquiere un tono inquietante.

EL CRIMEN organizado puede encontrar absolución espiritual sin enfrentar necesariamente consecuencias terrenales. De ahí que algunos obispos hayan reconocido en años recientes que han sostenido encuentros o diálogos con narcotraficantes, argumentando que la Iglesia debe actuar como mediadora para reducir la violencia. Para sus defensores, es una labor pastoral. Para sus críticos, es una peligrosa zona gris.

LA RELACIÓN entre narco e Iglesia nunca ha sido simple complicidad ni simple condena. Más bien se mueve en un territorio ambiguo donde conviven la fe genuina, la necesidad social y el pragmatismo institucional. Un terreno donde el narcotraficante puede arrodillarse ante el altar por la mañana… y ordenar una ejecución por la tarde. Entre el pecado y el delito. Y en ese estrecho espacio moral —tan mexicano como el mariachi o la procesión— la Iglesia sigue intentando salvar almas, mientras el país intenta, con menos éxito, salvarse de sus criminales.

@Nido_DeViboras

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