José Réyez
La guerra que Washington lanzó contra Irán lleva casi un mes y, lejos de resolverse según los planes fulminantes soñados por Trump, se ha convertido en un pantano estratégico, económico y político.
Desde la óptica del materialismo histórico, este conflicto no es un simple error de cálculo ni un despliegue de la “locura” de un mandatario.
Es, ante todo, la expresión agónica de un imperialismo en decadencia sistémica, cuyas contradicciones internas —la búsqueda desesperada de rentabilidad del capital, la necesidad de asegurar rutas energéticas y el debilitamiento relativo de su hegemonía— estallan a la vista de todos.
El imperialismo estadounidense no ataca por capricho; lo hace porque su base material —la acumulación de capital— requiere el control de recursos estratégicos como el petróleo y el estrecho de Ormuz, por donde transita un tercio del suministro mundial de fertilizantes y una porción clave de los hidrocarburos.
Pero el poderío militar, por sí solo, no garantiza la dominación cuando las condiciones objetivas se le vuelven adversas.
Estados Unidos ha gastado 11,300 millones de dólares en apenas seis días —11,500 dólares por segundo— y necesita 200,000 millones más para sostener la campaña. El Pentágono ni siquiera conoce el costo real de una operación que, si se prolonga ocho semanas, rondaría los 250,000 millones.
Esa sangría fiscal no es casual: refleja la contradicción entre los intereses del complejo militar-industrial y la capacidad real del Estado para financiar aventuras imperiales sin quebrar la economía doméstica.
Mientras tanto, la guerra reconfigura los mercados energéticos a favor de los rivales. Irán y Rusia —este último recientemente liberado de sanciones petroleras por el propio Washington para abaratar el crudo— obtienen ganancias inesperadas.
Teherán ha embolsado unos 8,700 millones de dólares adicionales por el alza del petróleo, y hasta las sanciones contra su petróleo fueron levantadas en pleno conflicto.
El materialismo histórico enseña que el capital no tiene patria: la necesidad de estabilizar los precios y evitar una crisis inflacionaria global obliga al imperio a traicionar sus propias medidas coercitivas. Es la lógica del mercado imponiéndose sobre la lógica del dominio geopolítico.
Pero el verdadero fracaso imperial se asienta en la sobrestimación de su propia fuerza y la subestimación de la resistencia material y subjetiva de Irán.
El régimen iraní no sólo cuenta con misiles capaces de ahuyentar al portaaviones más grande del mundo —el USS Gerald R. Ford— o de perforar la supuesta “cúpula de hierro” israelí; cuenta con un respaldo popular masivo.
Desde el materialismo histórico, la conciencia de clase y el sentimiento nacionalista, cuando están anclados en una tradición milenaria y en instituciones político-religiosas que distribuyen cierto bienestar y cohesión social, se convierten en una “cúpula de hierro ideológica” que ninguna bomba puede destruir.
A diferencia de las guerras coloniales del siglo XIX, hoy el imperialismo se enfrenta a Estados nacionales con alta densidad organizativa y capacidad de movilización popular, producto de su propia historia de luchas antiimperialistas.
Los aliados europeos se niegan a secundar la invasión. España prohíbe el uso de sus bases, Alemania denuncia la violación del derecho internacional, Turquía condena el ataque.
No es por virtud moral, sino por cálculo objetivo: el poderío militar iraní los mantiene a prudente distancia.
El imperio se queda solo, igual que en sus peores derrotas históricas (Vietnam, Afganistán). La base material de la alianza trasatlántica se resquebraja cuando los costos superan los beneficios esperados.
Trump, desesperado, inventa falsas negociaciones mientras Irán exige indemnizaciones y la retirada incondicional.
En casa, la popularidad de Trump se hunde: sólo el 36% aprueba su gestión, y los propios militares se resisten a ser “peones políticos” de Israel. El exdirector de la CIA, Panetta, admite que el presidente está “entre la espada y la pared”. Y el exjefe del MI6 reconoce que Irán ha tomado la iniciativa.
¿Qué nos dice el materialismo histórico sobre todo esto? Que el imperialismo no es invencible; es un sistema que, en su fase de declive, genera crisis cada vez más profundas, errores estratégicos sistemáticos y reveses que parecen “casualidades” pero que son la forma que adopta la necesidad histórica.
La derrota anunciada de EE.UU. e Israel en esta guerra —salvo un giro imprevisto— reconfigurará Medio Oriente: Irán emergerá como potencia hegemónica, reforzará su alianza con Rusia y los BRICS, y se convertirá en un bastión antiimperialista que, lejos de ser un factor de caos, puede impulsar la liberación de Palestina.
No porque Irán sea una sociedad socialista, sino porque el curso objetivo de la lucha interimperialista y de resistencia nacional abre grietas en el sistema mundial.
La humanidad, una vez más, aprende que la soberanía y la paz no se mendigan: se conquistan cuando los pueblos se organizan y el imperio tropieza con sus propias contradicciones. Esa es la materialidad de la historia.
Así, el conflicto, desde el materialismo histórico. evidencia contradicciones de clase, intereses económicos, decadencia imperialista, lucha de clases, imperialismo como etapa superior del capitalismo, crisis de hegemonía, resistencia popular como expresión de conciencia de clase, y reconfiguración geopolítica



