El Mundial del ICE

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POR KUKULKAN

A LOS GRINGOS siempre les ha gustado eso de matar dos pájaros de un tiro. Esta vez intentaron meter tres en la misma jugada: organizar el Mundial, presumir su músculo económico y, de paso, acelerar la maquinaria de deportaciones. El problema es que la pelota terminó rebotándoles en la cara.

Y ES QUE mientras la FIFA seguía vendiendo comerciales donde el futbol une pueblos, derriba fronteras y hace llorar hasta al más frío de los escandinavos, en Estados Unidos otro uniforme también salía a la cancha. No era el del árbitro. Era el del ICE. Esos sí jugaron con tarjeta libre.

EN APENAS cinco días, las autoridades migratorias estadounidenses detuvieron a más de diez mil personas. Diez mil. Una cifra que duplicó el ritmo habitual de arrestos. Mientras los comentaristas hablaban de goles, las camionetas oficiales hablaban otro idioma: el de las redadas. Qué oportuno, ¿no?

LA VERDAD es que cuesta creer que semejante despliegue ocurriera justamente cuando millones de personas cruzaban aeropuertos, carreteras y ciudades sede. Oficialmente nadie dirá que el Mundial sirvió para facilitar operativos migratorios. Oficialmente tampoco reconocerán que el torneo ofrecía una concentración inédita de población flotante y comunidades migrantes. Pero las casualidades también tienen departamento de prensa.

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LA ALIANZA de Derechos Humanos en el Futbol documentó detenciones de jugadores, entrenadores, padres de familia y aficionados relacionados con actividades mundialistas. No fueron incidentes aislados. Fueron suficientes para sembrar un mensaje muy claro: el balón rueda… pero los agentes también. Y cuando el miedo entra por la puerta principal, el turismo suele salir por la de emergencia.

DURANTE años Washington vendió la Copa del Mundo como un negocio monumental. Se esperaban miles de millones de dólares circulando. Hoteles repletos. Restaurantes haciendo su agosto en pleno verano. Aerolíneas sin un asiento libre. Sólo olvidaron un pequeño detalle. Los turistas también leen noticias. 

Y CUANDO las portadas internacionales empiezan a llenarse de historias sobre interrogatorios, cancelaciones de visas, revisiones exhaustivas y redadas migratorias, más de uno hace cuentas y descubre que existe una alternativa bastante cómoda. Dormir en México; comen aquí, se hospedan aquí, gastan aquí y únicamente cruzan la frontera el tiempo indispensable para entrar al estadio y regresar unas horas después.

EL RESULTADO tiene algo de poesía geopolítica. Estados Unidos puso los estadios. México se quedó con las habitaciones de hotel, las cenas, los bares, los taxis y buena parte del consumo turístico. Negocio redondo… pero para el vecino. Mientras Washington endurecía el discurso migratorio, Cancún, Monterrey y la capital del país hacían caja sin necesidad de organizar tantos partidos.

NO DEJA DE ser una ironía deliciosa. Durante años, políticos estadounidenses repitieron que construir muros protegería su economía. Hoy esos mismos muros, aunque sean burocráticos y no de concreto, parecen estar desviando millones de dólares hacia el otro lado de la frontera. El turismo funciona exactamente al revés de la política. El turista no busca autoridad. Busca tranquilidad. No compra discursos. Compra experiencias. Y si una nación transmite la sensación de que cualquiera puede terminar varias horas respondiendo preguntas migratorias, la cartera encuentra destinos mucho más hospitalarios.

LA FIFA seguramente hablará de récords de asistencia. La Casa Blanca presumirá seguridad. El ICE celebrará estadísticas. Pero hay otra estadística mucho menos cómoda: los dólares que nunca llegaron. Porque el Mundial debía convertirse en la gran vitrina del poder estadounidense y terminó exhibiendo una contradicción imposible de esconder: no es sencillo invitar al mundo entero mientras al mismo tiempo le recuerdas que primero tendrá que pasar por el filtro del sospechosismo.

EL FUTBOL siempre ha vendido la ilusión de que las fronteras desaparecen durante noventa minutos. Estados Unidos decidió recordar que las suyas siguen muy vivas. Y bastante ocupadas. Al final, el único que realmente levantó la copa fue el ICE. Aunque, viendo cómo parte de la derrama económica terminó hospedándose en México, quizá el trofeo traía grabado el nombre equivocado.

@Nido_DeViboras

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