POR KUKULKAN
ALGO debió pasar en las bóvedas de Correos de México. Quizá alguien abrió el enorme catálogo de estampillas acumuladas durante 170 años y descubrió que ya habían desfilado por ahí Miguel Hidalgo, Benito Juárez, Emiliano Zapata, Sor Juana, Frida Kahlo, Diego Rivera, las mariposas monarca, la vaquita marina, las pirámides, los Pueblos Mágicos, los volcanes, las universidades, los Juegos Olímpicos, las causas sociales, las flores, los murales, los ferrocarriles, la gastronomía y prácticamente cualquier símbolo susceptible de caber en un rectángulo de papel engomado.
Y ENTONCES alguien lanzó la pregunta inevitable: ¿Ahora qué ponemos? La respuesta sorprendió hasta a los filatelistas más veteranos: el Puente Nichupté. Sí, ese gigantesco puente que todavía no termina de escribirse en la historia de Quintana Roo y ya acaba de escribir una página en la historia postal de México. El dato no es menor. Es enorme. En 170 años de existencia de Correos de México, jamás una estampilla había sido dedicada a una obra de infraestructura de esta magnitud. Nunca. Ni una presa, ni una autopista, ni un aeropuerto, ni un puerto, ni un puente. Hasta ahora.
NO DEJA DE ser una curiosa evolución de la memoria nacional. Durante décadas las estampillas fueron pequeños altares donde se rendía homenaje a los héroes patrios, a los artistas que construyeron la identidad mexicana, a la riqueza natural o a los monumentos históricos. Eran una especie de museo portátil que viajaba pegado en un sobre. Hoy ese museo incorpora otra pieza: una obra pública. Y no cualquier obra. El Puente Nichupté será la imagen que viajará en 300 mil estampillas distribuidas por todo México y que, gracias a la Unión Postal Universal, podrán llegar a 192 países. En otras palabras, Cancún comenzará a recorrer el mundo… por correo.
PARA nada es poca cosa. Hay quienes dirán que el puente se ganó ese espacio por su importancia estratégica para la movilidad de Cancún. Otros sostendrán que representa la nueva narrativa del desarrollo impulsada desde el sureste mexicano. Ambas explicaciones son perfectamente válidas. Pero también es inevitable sonreír al pensar que la filatelia mexicana, después de siglo y medio de héroes, monumentos y efemérides, terminó encontrando inspiración en una obra de ingeniería. Tal vez sea una señal de los tiempos. Las naciones también cambian los símbolos con los que desean ser recordadas. Antes eran los hombres ilustres. Hoy son las grandes obras.
NO DEJA de ser paradójico que una estampilla —ese objeto creado para transportar correspondencia— termine transportando también un mensaje político. Toda estampilla cuenta una historia. Lo hace desde hace 170 años. Cada emisión responde a una decisión institucional sobre qué vale la pena inmortalizar. En esta ocasión, la respuesta fue clara: el Puente Nichupté merece ocupar un lugar en ese álbum donde antes convivían próceres nacionales, las zonas arqueológicas, los muralistas y las especies endémicas. Algunos celebrarán el reconocimiento como un acto de justicia hacia una infraestructura que cambiará la movilidad de Cancún. Otros pensarán que el catálogo de personajes históricos finalmente se tomó unas vacaciones.
LO CIERTO es que la noticia ya quedó sellada. Y nunca mejor dicho. Mientras miles de cartas y paquetes crucen fronteras con la imagen del Puente Nichupté, Correos de México habrá confirmado que la historia también puede escribirse en concreto, acero… y un pequeño pedazo de papel de 11 pesos con 50 centavos. Después de todo, las estampillas siempre han servido para decirle al mundo quiénes somos. Ahora, además de héroes y monumentos, México decidió enviar un mensaje del desarrollo en el sureste del país tras décadas de olvido.




