Rodolfo El Negro Montes
La escena en Miami no pudo ser más elocuente del tiempo que vive el continente: un Donald Trump pletórico, asumiendo de nuevo el papel de gendarme regional, rodeado de una corte de 17 mandatarios que, con la sonrisa ensayada y la columna vertebral de plastilina, han acudido a firmar el acta de nacimiento del llamado “Escudo América”.
Bajo el seductor empaque de una “coalición contra el narcotráfico”, lo que en realidad se ha cocinado es una patente de corso para que Washington decida, cuándo y dónde, la soberanía de una nación deja de existir en nombre de la “seguridad nacional” estadounidense.
Trump, fiel a su estilo de capataz, no se anduvo con rodeos. Para él, México es el “epicentro” del mal, el laboratorio donde se gesta el veneno que consume su sociedad.
Pero en su diagnóstico, convenientemente miope, olvida —u omite con dolo— que ese “epicentro” se alimenta con las armas que fluyen legalmente desde sus armerías y con los dólares que lavan sus bancos en Wall Street.
Lo que busca el republicano no es una colaboración entre iguales, sino el aval de sus “aliados” —entre los que destacan personajes como Javier Milei o Nayib Bukele, siempre prestos a la genuflexión ante el poder del norte— para justificar incursiones militares.
Trump ya lo advirtió con esa ligereza que hiela la sangre: ofrece misiles “de precisión” para eliminar objetivos en territorio ajeno. “¡Bum!”, dice, como quien juega un videojuego, mientras los presidentes presentes asienten, ignorando que hoy el blanco es un criminal, pero mañana puede ser cualquiera que estorbe a los intereses de la Casa Blanca.
El “Escudo América” no es una defensa colectiva; es el andamiaje retórico para una intervención que México, por fortuna, ha rechazado de tajo.
En Palacio Nacional, la presidenta Claudia Sheinbaum ha tenido que marcar una raya en el fango. Su respuesta ha sido seca y digna: ni tropas ni armas extranjeras.
Mientras Trump la describe con un paternalismo rancio como una “mujer bella” con “voz bonita”, ella le responde con la Constitución en la mano. Cooperación en inteligencia, sí; subordinación militar, jamás.
La trampa del “Escudo” es clara: si 17 naciones firman que el narcotráfico es una “amenaza terrorista” que requiere la intervención de la potencia hegemónica, México queda cercado diplomáticamente.
Es el regreso de la Doctrina Monroe, pero ahora con drones y retórica de guerra contra el fentanilo.
Habrá que ver cuánto tiempo resiste la presión de los aranceles y las amenazas de cierre de frontera, pero por ahora, el mensaje es nítido: México no es el patio trasero donde Trump pueda jugar a los soldaditos con el aval de sus dóciles vecinos del sur.
La soberanía, como bien ha dicho la mandataria, no es negociable, por más que en Miami se haya subastado al mejor postor.


