POR KUKULKAN
LA NOTICIA que llegó desde California tiene ese olor rancio que desprenden los escándalos cuando ya son costumbre. Otra sotana en problemas. Otro pastor en líos con el dinero. Otro recordatorio de que en ciertos despachos eclesiásticos la austeridad cristiana se practica más en el sermón que en la contabilidad.
ESTA VEZ el protagonista no fue un sacerdote cualquiera sino el obispo Emanuel Hana Shaleta, líder de la diócesis caldea que atiende a comunidades católicas de origen iraquí y de Medio Oriente en el oeste de Estados Unidos, y cuya renuncia fue aceptada por el Papa León XIV después de que autoridades estadounidenses lo acusaran de malversación y lavado de dinero.
SEGÚN las investigaciones, el religioso habría utilizado donaciones y limosnas de los fieles para financiar gastos bastante menos espirituales. La escena de su detención en el aeropuerto —cuando intentaba abandonar discretamente el país— tiene algo de parábola moderna: un pastor tratando de escapar con la caja de las ovejas.
NADA nuevo bajo el sol. El episodio se suma a la ya larga colección de escándalos que han convertido la autoridad moral de la Iglesia en un objeto de discusión pública cada vez más frecuente. Durante décadas el Vaticano ha tenido que explicar —a veces con más fe que argumentos— denuncias por abusos sexuales, encubrimientos institucionales, misterios financieros y guerras internas dignas de cualquier corte renacentista.
EL CASO de San Diego no es el primero ni, probablemente, será el último. Lo curioso es que los propios textos bíblicos que la Iglesia proclama cada domingo parecen haber anticipado este tipo de deslices humanos con una precisión casi profética.
EN UNO de sus pasajes, Jesús dedica una de sus reprimendas más feroces a las autoridades religiosas de su tiempo: “¡Ay de ustedes, escribas y fariseos, hipócritas!”, acusó a ciertos líderes de convertir la fe en un cómodo sistema de privilegios.
NO ERA exactamente una homilía diplomática. El reproche se repite a través de las páginas sagradas, donde se advierte que algunos devotos profesionales “devoran las casas de las viudas”. Traducción contemporánea: gente muy piadosa… cuando se trata del dinero ajeno.
LA BIBLIA incluso ofrece antecedentes administrativos bastante incómodos. En otro pasaje, los hijos del sacerdote Elí son descritos como hombres que aprovechaban su posición para quedarse con las ofrendas del templo. Un problema de corrupción clerical… hace más de tres mil años.
Y PARA rematar, la Santa Palabra recuerda una verdad que atraviesa los siglos de los siglos con una serenidad casi resignada: el poder humano, incluso cuando se ejerce en nombre de Dios, siempre está a un paso de la tentación. Por eso, cuando un obispo termina arrestado por presunto lavado de dinero, el escándalo no golpea únicamente a una diócesis o a una comunidad religiosa.
GOLPEA directamente a una institución que durante siglos ha reclamado para sí la autoridad de orientar la conducta moral de millones de creyentes. La Iglesia católica ha sobrevivido a imperios, guerras, cismas y revoluciones. Tiene una notable experiencia en administrar crisis.
PERO su desafío contemporáneo parece mucho más terrenal: explicar por qué, con tanta frecuencia, algunos de sus pastores terminan apareciendo en expedientes judiciales. Y es que cada nuevo caso —cada sotana convertida en investigación financiera— vuelve a recordar una vieja advertencia bíblica. La de los famosos “sepulcros blanqueados”: impecables por fuera… y bastante problemáticos por dentro.


