Sheinbaum invoca la historia en Europa

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  • Con un discurso cargado de simbolismos, Claudia Sheinbaum trazó una línea histórica que presenta la democracia como resultado de luchas sociales, no como una concesión institucional.
FELIPE VILLA

CIUDAD DE MÉXICO.- En Barcelona, Claudia Sheinbaum no se limitó a participar en una cumbre internacional: construyó un discurso donde la historia de México funcionó como eje central para proyectar una postura política global.

Su intervención combinó propuestas concretas con una narrativa cargada de simbolismo, en la que los referentes históricos no fueron ornamentales, sino piezas clave para dotar de legitimidad y profundidad a su mensaje.

Al definirse como “una mujer de paz” y representante de un país que valora la libertad, la justicia y la fraternidad, estableció un tono que contrastó con el contexto internacional marcado por conflictos armados y tensiones geopolíticas.

Sin embargo, el momento más significativo llegó con la evocación de Benito Juárez y su principio de que “con el pueblo todo, sin el pueblo nada”. Esta cita no solo remitió al pasado, sino que funcionó como una declaración política contemporánea: la democracia, en su visión, no puede entenderse desde las élites, sino desde la voluntad popular.

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En ese mismo sentido, la referencia a Juárez adquiere un peso particular al situarse en un foro internacional. Juárez encarna la defensa de la soberanía frente a intervenciones extranjeras, por lo que su mención refuerza la postura de México en favor de la autodeterminación de los pueblos, un principio que Sheinbaum retomó al proponer una declaración contra la intervención militar en Cuba.

La presidenta amplió esta narrativa al invocar a figuras como Miguel Hidalgo, José María Morelos, Emiliano Zapata y Francisco Villa. Con ello trazó una línea histórica que presenta la democracia como resultado de luchas sociales, no como una concesión institucional.

Hidalgo simboliza el inicio de la ruptura con el orden colonial; Morelos, la articulación de un proyecto social; Zapata, la exigencia de justicia agraria; y Villa, la fuerza del movimiento popular.

En conjunto, estos personajes construyen una idea de nación que se define por su capacidad de resistencia y transformación.

A este recorrido histórico se suman figuras femeninas como Leona Vicario, Josefa Ortiz, Hermila Galindo, Adela Velarde y Frida Kahlo. Su inclusión no es menor: introduce una dimensión de género que conecta con el presente político de México, particularmente con el hecho de que, por primera vez, una mujer encabeza la presidencia.


De esta forma, el discurso no solo reivindica el pasado, sino que también plantea una continuidad histórica en la lucha por la inclusión y la igualdad. El bloque de personajes se completa con figuras como Francisco I. Madero, Venustiano Carranza y Lázaro Cárdenas, quienes representan la construcción del Estado moderno mexicano.

A través de ellos, Sheinbaum vincula la democracia electoral, el orden constitucional y el desarrollo social con su propuesta actual de un modelo internacional basado en la cooperación, la justicia y el bienestar.

Uno de los momentos más representativos del discurso fue la propuesta de destinar el 10 por ciento del gasto mundial en armamento a un programa global de reforestación. La frase “sembrar vida en lugar de guerra” sintetiza no sólo una política pública, sino una visión ética del mundo: sustituir la lógica de destrucción por una de regeneración. Esta idea cobra mayor relevancia en un escenario global donde el gasto militar continúa en aumento y los conflictos armados siguen marcando la agenda internacional.

En este contexto, México es presentado no sólo como un actor político, sino como un referente moral que ofrece principios claros: no intervención, solución pacífica de controversias, respeto a los derechos humanos y cooperación internacional. Estos principios, anclados en la Constitución mexicana, son proyectados como una alternativa frente a un orden internacional fragmentado.

El discurso, en su conjunto, revela una estrategia clara: utilizar la historia nacional como herramienta diplomática. Al citar a próceres, revolucionarios y figuras culturales, Sheinbaum construye una narrativa donde la democracia es inseparable de la justicia social, la soberanía y la memoria colectiva. En lugar de apoyarse exclusivamente en conceptos abstractos, recurre a símbolos concretos que refuerzan la legitimidad de su postura.

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