POR KUKULKAN
DICEN que cuando una mentira es muy grande, lo mejor es no explicarla demasiado. En Chihuahua decidieron lo contrario: explicarla tanto… que terminó por desmoronarse sola. Primero fueron “funcionarios de la embajada”. Luego “instructores de drones”. Después “pasajeros que pidieron un aventón”. Y al final, como siempre ocurre cuando la realidad se abre paso, resultaron ser lo que desde el inicio parecía evidente: agentes de la CIA.
PERO lo verdaderamente interesante no es la presencia de estos agentes —que en el fondo nadie ingenuo duda— sino la forma en que intentaron justificar lo injustificable: su operación en territorio mexicano sin autorización del gobierno federal. Y es que mientras el gobierno de Estados Unidos apelaba al viejo libreto de la “cooperación”, desde la Casa Blanca se exigía incluso “empatía” por las muertes, como si el problema fuera de sensibilidad y no de legalidad.
DEL OTRO lado, en Chihuahua, la narrativa mutaba a velocidad de escándalo: que no operaban, que no participaban, que sólo capacitaban… que prácticamente estaban de turistas en la sierra. Una coreografía discursiva digna de mejor causa. Lo que ha quedado claro en este episodio es que nadie quiere hacerse responsable de lo esencial: ¿quién autorizó que agentes extranjeros participaran —directa o indirectamente— en un operativo contra el narcotráfico en México?
EN RESPUESTA, la presidenta Claudia Sheinbaum fue tajante: no puede haber agentes extranjeros operando en campo sin autorización federal, y menos en tareas de seguridad. Y ahí es donde la historia deja de ser un incidente para convertirse en síntoma. Porque lo que asoma en el fondo no es un accidente, sino una práctica peligrosa: la normalización de acuerdos paralelos entre autoridades locales mexicanas y agencias estadounidenses, al margen del Estado mexicano.
TRADUCIDO al lenguaje menos diplomático: una puerta trasera a la intervención. Y aquí es donde la ironía se vuelve grotesca. Los mismos sectores políticos que hoy guardan silencio —o ensayan explicaciones torpes— son los que desde hace meses vienen coqueteando abiertamente con la idea de una intervención extranjera en México. Ahí está el caso de la senadora Lilly Téllez, quien no ha tenido empacho en pedir la participación directa de Estados Unidos en territorio nacional, ignorando olímpicamente lo que dice la Constitución sobre la traición a la patria.
MORALEJA: cuando la intervención deja de ser discurso y empieza a tomar forma en los hechos… entonces vienen las maromas. Una cosa es pedirla desde la tribuna, y otra muy distinta explicar por qué ya está ocurriendo —aunque sea de manera encubierta. Mientras tanto, desde Washington, el tono no ayuda. Donald Trump ha vuelto a su narrativa favorita: México como país fallido que necesita ser “rescatado”. Un discurso que no es nuevo, pero que cobra otro peso cuando coincide con la presencia real —y no autorizada— de agentes estadounidenses en operaciones sensibles. ¿Cooperación? Tal vez. ¿Intervención? Depende de quién cuente la historia.
LO CIERTO es que la línea entre ambas nunca ha sido tan delgada… ni tan conveniente. Conviene recordarlo: a Estados Unidos no lo mueve la filantropía democrática. Lo mueve el interés. Y en América Latina, ese interés históricamente ha tenido nombre y apellido: recursos, control y seguridad estratégica. Lo demás es narrativa. Y en ese tablero, México vuelve a aparecer dividido: un gobierno federal que reclama soberanía, un gobierno estatal que ofrece explicaciones inconsistentes, y una oposición que parece más interesada en capitalizar el escándalo que en aclararlo.
DESDE luego que también hay cálculo político. El caso Chihuahua no sólo abre un conflicto diplomático; abre también una oportunidad para quienes llevan años buscando debilitar al gobierno en turno por la vía que sea. Si no es en las urnas, que sea en la crisis. Al final, lo que queda no es sólo la duda sobre qué hacían los agentes de la CIA en Chihuahua.
LA VERDADERA pregunta es otra: ¿Quién les abrió la puerta… y por qué ahora fingen que no saben cómo entraron? En política, como en las víboras, lo más peligroso no siempre es el veneno. A veces, es la simulación.


